En su cuarto concierto de esta temporada, la Orquesta Sinfónica de Tenerife ofreció un programa titulado Romanticismo clásico, en el que se interpretaron obras de Brahms y Schubert. La dirección corrió a cargo de Víctor Pablo Pérez, actual Director honorario de la entidad y un artista muy querido por el público tinerfeño, que no olvida sus años de titularidad con la orquesta y que siempre lo recibe calurosamente; algo que se justifica también por el muy buen nivel exhibido por Pérez en las últimas temporadas. Debutó con la orquesta la violinista moldava Alexandra Conunova, cuya intervención resultó muy satisfactoria.

Víctor Pablo Pérez al frente de la Orquesta Sinfónica de Tenerife
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

La velada se abrió con la Obertura trágica, op. 81, de Johannes Brahms, obra impactante que tuvo una buena versión en manos de Pérez y la orquesta. Después de un comienzo intenso (aunque con algún que otro desajuste) Pérez mostró dominio de la forma, atención a las transiciones y un fraseo convincente, además de extraer de la orquesta un sonido denso, pero flexible y nunca excesivamente pesante. Especialmente logrado estuvo el Molto più moderato, con un fugato espléndidamente planificado y realizado. La colocación de la orquesta fue muy peculiar (con los contrabajos al fondo del escenario) y Víctor Pablo Pérez dirigió sin batuta, con gran actividad de la mano derecha y gestos puntuales de la izquierda, además de muchos movimientos del cuerpo hacia los lados.

A continuación, asistimos a la maravillosa Sinfonía en si menor, “Incompleta”, D.759, de Franz Schubert, con un primer movimiento (Allegro Moderato) en el que Pérez se mostró especialmente inspirado. Después de un inicio lleno de misterio, la exposición fue muy bien concebida, estupendamente cantada, con atención a los contrastes y un balance orquestal cuidado. El nivel se mantuvo en el desarrollo y la reexposición, con momentos de gran drama y misterio. En el segundo (Andante con moto), el director destacó la intensidad de las secciones centrales y las diversas explosiones sonoras, mostrando control y sin concesiones. Faltó algo de magia al inicio de este movimiento y algunos acentos sonaron algo exagerados, pero fue magnífica la atmósfera en las modulaciones previas a la conclusión. En conjunto, fue una versión muy interesante y disfrutable, con buena prestación orquestal y excelentes solos.  

Víctor Pablo Pérez y Alexandra Conunova
© Miguel Barreto | Auditorio de Tenerife

La segunda parte de la velada nos reservaba el monumental Concierto para violín y orquesta, op. 77, de Brahms. Aquí, Alexandra Conunova soprendió por su madurez, gran seguridad técnica, espléndido dominio del arco y bello sonido en todos los registros, además de fuerza sonora y expresiva. Construyó muy bien el primer movimiento, sin puntos muertos, y deslumbró en una cadenza de gran calidad. Convenció también en los siguientes movimientos, un Adagio de gran vuelo expresivo y un Allegro giocoso donde dio rienda suelta al virtuosismo y la alegría. Director y orquesta cuidaron las dinámicas y prestaron mucha atención al balance con la solista, desarrollando un buen trabajo de planos sonoros, y solo en contadas ocasiones faltó algo más de peso en los graves (quizás esto se debió a la posición de los contrabajos). Después de un primer movimiento variado e intenso, en el comienzo del segundo se echó de menos una mayor tranquilidad, eso sí, hubo un excelente solo de oboe y los momentos más dramáticos resultaron convincentes. En el tercero, la orquesta triunfó con un sonido resplandeciente y una atención especial al ritmo. Como regalo, Conunova ofreció una magnífica versión de un Estudio de virtuosismo para violín solo compuesto por Ştefan Neaga y basado en temas moldavos, que la violinista –explicado en excelente castellano– dedicó a las víctimas de la guerra de Ucrania.

Fue un concierto que nos permitió escuchar tres obras emblemáticas en interpretaciones de alto nivel y que nos descubrió a una violinista importante. 

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