Cuando en 1853 en La Scala milanesa Giuseppe Verdi estrenó La traviata, quiso que esta fuera fiel reflejo de la sociedad contemporánea de la época, exigiendo, sin éxito, que los cantantes vistieran igual que el público que había acudido a la representación. La coproducción entre el Liceu el Teatro Real, la Scotish Opera y la Welsh Opera, dirigida por el escocés David McVicar, busca precisamente huir de los estereotipos de pomposidad y vida lujosa, para centrarse en el drama de una mujer y las luces y sombras de una sociedad que caminaba con paso firme hacia la modernidad. Así la acción transcurre en estancias desprovistas de elementos superfluos y acotada por gruesos telones que centran la atención del espectador en la historia de Violetta y Alfredo.

La soprano Anita Hartig como en el papel de Violetta © A. Bofill | Teatro del Liceu
La soprano Anita Hartig como en el papel de Violetta
© A. Bofill | Teatro del Liceu

Era noche de reencuentros y debuts a partes iguales. El inmenso verdiano que es el barítono Leo Nucci volvía con uno de sus mejores roles, Giorgio Germont, padre de Alfredo, a su vez interpretado por un Ismael Jordi que poco a poco va ganando enteros en el gran repertorio por todos los teatros importantes del mundo. Pero la mayor sensación la causó la joven soprano Anita Hartig en un doble debut, era su primera Violetta, y era su primera aparición en el Liceu de Barcelona, un reto que superó cosechando un gran y merecidísimo éxito. Desde el foso, Evelino Pidò estuvo al mando de la dirección musical.

Aunque en sus inicios La traviata era una ópera "de dos" (soprano y barítono), con la aparición de grandes tenores se hizo imprescindible contar también con un tenor capaz de acompañar al rol femenino de forma brillante. Quizá por ello, lo más difícil de esta ópera sea encontrar un reparto verdaderamente compensado en sus tres roles principales, y si bien no fue perfecto, sí había una clara apuesta por ello en el cast que se presentaba como segundo en las representaciones del mes de julio después de las primeras funciones de octubre en el coliseo barcelonés.

Hartig fue ante todo muy valiente al afrontar el personaje. El primer acto, más propio de una soprano belcantista con la escena de las famosas "É strano... Fors’è lui che l’anima" y el "Sempre libera", dio muestra de la técnica depurada de la soprano, y lo que es más importante, de las dotes dramáticas que tendría que desarrollar más ampliamente en los actos II y III. La voz sonaba fresca y con algún matiz "antiguo" en esas declamaciones que son los recitativi drammatici del maestro italiano. Tal vez en algún momento el uso del vibrato fue excesivo, pero sin llegar enturbiar su voz. Pero fue en el acto III, que es cuando Violetta, sabedora de que el final es inminente, se abandona al torrente de sentimientos del corazón de la mujer "traviata", donde la Hartig lució espléndida, con un aria del "Addio del passato..." que se recordará durante mucho tiempo. Quién sabe si la presencia en el público de una de las grandes Violettala también rumana Ileana Cotrubas, fue un acicate para motivar todavía más a la joven soprano.

Leo Nucci y Anita Hartig en una escena de <i>La traviata</i> en el Teatre del Liceu © A. Bofill | Teatre del Liceu
Leo Nucci y Anita Hartig en una escena de La traviata en el Teatre del Liceu
© A. Bofill | Teatre del Liceu

Ismael Jordi supo ponerse a la altura de la velada y tuvo en el buen gusto y un timbre bellísimo sus mejores aliados, no es poseedor de una voz potentísima, pero si sabe ser creíble como Alfredo y transmitió la evolución que sufre el joven Germont, del enamoramiento al desengaño y de este al perdón y la devoción. Muy emotiva fue su interpretación del dúo "Parigi, o cara…", que precede al fatal desenlace de la libertina. Un tenor a tener muy en cuenta.

Leo Nucci lleva décadas regalándonos su maestría, sobre todo en el repertorio verdiano, y su Giorgio Germont es a la vez el duro noble autoritario que trata de salvaguardar el honor de su familia y el anciano que, conmovido por su entrega y amor, ve en Violetta a una hija. Su aria "Di Provenza il mar, il suol", una de las más célebres de la obra de Verdi, fue muestra de ello. El público barcelonés le ofreció una cariñosa y larguísima ovación.

La dirección de Pidò fue efectiva, aunque más pendiente de desajustes graves que, por otra parte, no se produjeron que de vestir de belleza orquestal la magnífica prestación vocal. Controló, eso sí, el equilibrio entre orquesta y cantantes, sobre todo en las partes del tenor tan delicadas. Tal vez se echó de menos un poco más de follie tímbrica en el último acto. La orquesta estuvo a un buen nivel, estando siempre al servicio de la escena y ofreciendo una buena versión de la famosa Obertura, así como el coro, que realizó muy meritoriamente sus intervenciones.

Una función llena de alicientes que cumplió con las expectativas y confirmó a Anita Hartig como una gran Violetta.

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