El arte de la fuga, de Johann Sebastian Bach, es posiblemente una de las composiciones más controvertidas de la historia de la música. Desde el hecho de que el título no se lo dio el propio Bach, hasta la cuestión de si la fuga final a tres voces fue la última obra que escribió, pasando porque la abstracción de esta obra ha mantenido siempre a la comunidad de musicólogos, intérpretes y melómanos fascinados, y a lo que se suma el que Bach no especificó para qué instrumento la concibió (pero siempre se ha asumido que esta obra 'teórica' debía ser estudiada en un instrumento de tecla). El clavecinista italiano Ottavio Dantone presentaba en el Auditorio Nacional, de la mano del CNDM, su propia versión y manera de entender esta magna creación a la que Bach dedicó siete años de su vida (1742-1749).

El director de Accademia Bizantina Ottavio Dantone © Ribalta Luce Studio
El director de Accademia Bizantina Ottavio Dantone
© Ribalta Luce Studio
Uno de los grandes puntos de interés en las interpretaciones de El arte de la fuga es la instrumentación utilizada. En este caso, Dantone optó por una instrumentación muy italiana, constando de cuarteto de cuerda, clave y órgano positivo, y prescindiendo de instrumentos de viento, como el traverso, que se utiliza en otras versiones. El cuarteto formado por Alessandro Tampieri y Ana Liz Ojeda en los violines, Diego Mecca en la viola y Mauro Valli al violonchelo, mostró la gran técnica que posee y un entendimiento perfecto del contrapunto, así como la capacidad de traducir ese lenguaje a los instrumentos de cuerda. Dantone utilizó el orden de la edición de 1751, estructurando esta obra en 14 contrapunctus, 1 fuga, 4 cánones y la famosa fuga final a tres sujetos, que el autor dejó inacabada.

Si bien en los números de clave u órgano solos, o a dúo, el contrapunto se percibía de una manera muy clara, en las secciones en las que se unía el cuarteto, la interpretación gozaba de un nuevo aire, demostrando una vez más la genialidad del maestro nacido en Eisenach, al no perderse el estilo contrapuntístico y aportando una nueva sensación tímbrica. La cuerda frotada dotaba de un mayor rango dinámico (especialmente Mauro Valli al violonchelo, el gran motor dinámico del conjunto) ya que esta puede ser la mayor limitación de los instrumentos de tecla, que ganan mayor dinamismo añadiendo o quitando voces. Los violines y la viola dotaron a las voces de cierto lirismo, y crearon un ambiente muy especial, solemne diría, en la fuga final.

La interpretación de Accademia Bizantina rozó la perfección técnica durante la más de una hora de duración del concierto, y en la que prácticamente las únicas pausas fueron para la afinación de los instrumentos. Optaron por un tempo rígido y uniforme a lo largo de toda la obra, sin momentos de estiramiento del ritmo y jugando con el fraseo y la dinámica que la instrumentación ofrece. Posiblemente, las partes de mayor lucimiento de los intérpretes fueron las de Dantone al clave y Stefano Demicheli al órgano positivo, con una comunicación y entendimiento perfectos entre ellos, sensación que también se transmitía al público en los movimientos de tutti. En definitiva, una nueva y fresca forma de entender este legado de Johann Sebastian Bach, que consigue animar a seguir explorando las posibilidades de un corpus musical todavía lleno de misterio, El arte de la fuga.