La llegada al auditorio catalán del séquito orquestal que dirige Valery Gergiev desde hace ya treinta años fue un regalo de los grandes. Casi se podría hablar de milagro, tal y como están las cosas. El moscovita y sus músicos son de los pocos que continúan siendo reticentes a la idea de confinar (de manera indefinida) la música; da muestra de ello, gracias a Ibercamara, de la gira que ha iniciado esta orquesta internacional por España durante este primer mes del año. “El miedo no puede ser nuestro aliado”. Palabras que el ya consagrado director resaltó durante el comienzo de esta, lo que podríamos llamar dada la situación pandémica fuera de sí, epopeya musical en la que él y los suyos se han embarcado. Tajante y concluyente, en todos los sentidos: la música se ha convertido en la quintaesencia del arte desde el inicio de esta crisis y los conciertos se viven con más fuerza que nunca. Y Gergiev tiene claro que su práctica es vital. Música siempre, con precaución, pero sin miedo.

Esa seguridad y determinación son lo que le define, y se encuentra tanto fuera como dentro del escenario. Dejando de lado esos espavientos característicos en él y ese ya famosísimo mondadientes en función de batuta, Gergiev es un maestro de las atmósferas, un artesano auténtico, un cirujano del detallismo, un bordador de relieves y un arquitecto del sonido. Posee, de todos estos gremios, las mejores cualidades. Y es difícil analizar el estado en el que una se queda después de haber presenciado una intervención suya, especialmente la que fue esa explosiva Sinfonía fantástica de Berlioz que recreó en la sala Pau Casals.

Valery Gergiev durante el concierto en L'Auditori
© May Zircus

Antes de ir al grueso del programa, la orquesta y la dirección de Gergiev dieron inicio a la tarde con la obertura de la ópera alemana Tannhäuser. Ya desde las primeras frases melódicas, la calidad del sonido se pudo apreciar; toda la sección de metales adquiría buena parte del protagonismo en este inicio de la tarde, y mostró también relevancia el tratamiento de los silencios que le confirió Gergiev. En esta primera toma de contacto de escasos minutos, como introducción a lo que vendría, la calidad instrumental la Orquesta del Mariinsky quedó patente y justificó así por qué se ha convertido en uno de los referentes internacionales del repertorio de la música sinfónica. No fue del todo lineal el desarrollo de la pieza ni completamente equilibrada, pero el resultado fue más de lo esperado (y de lo que se podía agradecer, ya que justamente ese mismo día el Liceu anunciaba la cancelación del Tannhäuser esperado para mayo).

El verdadero despliegue de recursos y virtudes con los que cuenta la orquesta de San Petersburgo se dio en la estrella del programa. La Sinfonía fantástica es una obra que cuenta con diferentes estados anímicos y mucha explosividad en intensidades y colores. La exigencia de calidad del sonido de todas las secciones, con especial atención a la sección de cuerda (impresionante el tour de force y la firmeza técnica incesante), así como conseguir el equilibrio y la integridad para cohesionar todos los pasajes en uno, es una necesidad para poder llevar a cabo esta maravillosa (y aún innovadora) partitura berlioziana felizmente.

Valery Gergiev al frente de la Orquesta del Teatro Mariinsky
© May Zircus

Más que directrices, fue un constante diálogo el que mantuvo el maestro con los músicos. Consiguió un conjunto íntegro y magnificente, y lo metamorfoseó durante las diferentes fases de este viaje, marcado por un romanticismo desmesurado y cargado de excesos. Destacaron, por puntualizar momentos concretos, el “Scène aux champs” en que el conocido coloquio entre el oboe y el corno inglés destacó como previa antes del final aclamado de la percusión, con una intervención nítida de las flautas y los clarinetes. Y la interpretación de “Songe d'une nuit de sabbat” fue, de principio a fin, magnética. Los dinamismos que comporta este último movimiento con los giros de contrastes, sumado con todo el potencial en su estado de máxima gracia y la explosividad energética que derrochaba toda la orquesta acabó generando los diez minutos de gloria final, en la que virtuosismo y equilibrio se chocaban los codos. Remarco el ejercicio maratoniano de las cuerdas, capitaneadas por el solista de Gergiev, Lorenz Nasturica-Herschcowici, que mostró un pulso de hierro y un rigor de manual.

Debo decir que si tuviese que definir con una palabra esa representación, dudaría. Por la seguridad, la euforia, la precisión y la calidad de todo el conjunto. Que de lo gigante que es, no sabes qué decir. No encuentro una definición que pueda acoger toda esa mole; de cómo se queda una cuando escucha la última nota de esa partitura. Quizás sea turbación. Ya me perdonarán, pero fue mi primer encuentro con el zar y su corte. 

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