Enmarcado dentro del Barcelona Obertura Spring Festival, la cita entre Kent Nagano, Jean-Yves Thibaudet y la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya para representar piezas estandartes del siglo pasado era uno de los platos fuertes que l’Auditori había anunciado para esta temporada. Grandes nombres para grandes hits. Nagano tenía por delante la interpretación de dos de las piezas que estrenaron los Ballets Rusos de Sergei Diaghilev: el Jeux: poème dansé de Debussy y la celebérrima Consagración de la primavera, de Stravinsky, ambas en 1913. Entre estas dos construcciones monumentales, el Concierto para piano y orquesta núm. 5, “Egipcio”, de Saint-Saëns, a cargo de Thibaudet. Obras para un público gustoso de pentagramas que aún conservan espíritu innovador, desafíos armónicos y visiones orientales.

La velada se inicia en el momento en que Nagano levanta su batuta para arrancar los primeros balbuceos de Jeux: poème dansé. Propuesta de complicada ejecución debido a la gran cantidad de secciones rítmicas que contiene la pieza, pero que la orquesta resolvió con integridad y unidad, logrando presentar la coherencia rítmica que esconde la pieza. El sector de cuerda fue el encargado de capturar los movimientos de cada momento (ese juego de pelota de jóvenes y de posibles amores inocentes), donde se hila todo el imaginario que contiene Jeux, haciendo de esta pieza debussiana un collage lleno de pequeños momentos sonoros y que evoca todo lo atmosférico que contiene la partitura. Resaltar el trabajo de una OBC capaz de atajar la complejidad armónica y la variedad cromática de un plumazo, haciendo ver que el reto de enfrentar esta obra sea más fácil de lo que realmente llega a ser.

El director Kent Nagano © Felix Broede
El director Kent Nagano
© Felix Broede

Los tres movimientos de la pieza de Saint-Saëns devolvió al público a la estructura clásica. Ya con Thibaudet en el escenario, los dos maestros consiguieron hacer del Concierto egipcio un paisaje sonoro. Los variados contrastes melódicos de Thibaudet fueron el núcleo de la propuesta. Transformó la música en células “pictórico-sonoras” que se desvanecieron en el auditorio a modo de pinceladas. Y es que fue así, porque Thibaudet hizo lo que quiso con el piano. Recreó a su manera la visión del Nilo, mostró una amplia gama de matices sin dejar nada suspendido de manera independiente. El nivel técnico que demostró, una vez más, no sólo hacía evidente la relevancia de su trayectoria, sino que revelaba algo mucho más importante, apreciado y poco encontrado: la preservación de identidad. Ese modo único y solamente suyo. Ese encanto que no es ahogado por los altos estándares de la alta ejecución técnica. Orquestación ávida y pulsante en los momentos más emotivos de la pieza, donde de nuevo destacaron cuerdas y vientos. Mención especial, también, al regalo que recibió el público de la mano de Thibaudet una vez acabado el concierto de Saint-Saëns. El francés no abandonó el auditorio sin antes tocar una pequeña pieza del compositor catalán Frederic Mompou, a modo de bis y de agradecimiento a la acogida barcelonesa.

A continuación, se vino el eclipse. El tour de force. Stravinsky y su Consagración se presentaron con ese ya mítico solo de fagot que dio inicio a media hora de catarsis musical. Sería absurdo entrar en el debate de las comparaciones en torno a las diferentes propuestas de interpretación de la Consagración y no ver que la magia desplegada por el director se mostró en la capacidad de mantener la descomunal orquesta dentro de una misma corporeidad. Sonidos y emociones que se congregaban, de más a menos. Equilibrio de la conducción de Nagano en los momentos más apoteósicos, toma de liderazgo y muestra de un dominio en hacer posible que la contención de la amalgama orquestal creciese de manera sistemática. Brava, de nuevo, el trabajo unitario de la orquesta, consiguiendo ganar una carrera de fondo a los desafíos rítmicos presentados por la partitura de Stravinsky (interpretación de la obra revisada, en este caso, del 47), resuelta más que con solvencia. Muy merecido reconocimiento al trabajo de metales y percusión especialmente, proporcionando esa evolución orgánica.

Ovación final larga y cerrada para el director, por la extrema sensibilidad y el manejo sensato sin replegar la pasión de las piezas. Mérito encomiable a la complejidad del repertorio de la noche, no sólo en el contenido, sino también en sus formas. Batuta contundente, directrices precisas y sin florituras ni expresiones añadidas. Se resume así la dirección de la velada, demostración de cómo vivir, revivir y hacer vivir. Nagano y Thibaudet. Maestros claros, limpios, que con brillantez supieron de nuevo hacer magia: la de hacer llegar, casi, la primavera a la ciudad condal.

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