La princesa etíope del maestro de Busseto revivió una vez más en el escenario catalán, sumando otra representación con la que se acerca prácticamente al medio millar. Y se trata de una representación histórica, en la que se iba a ver más de una obra de arte: el escenario creado por Josep Mestres Cabanes en 1945, conservado con recelo hasta el día de hoy en las entrañas del teatro. Aida es una de esas obras que mueve masas. Los números hablan. Tiene el título de ‘la más querida’, y si en la obertura de temporada recibimos a una princesa ciberpunk rompiéndonos las manos en vítores, a esta otra princesa, la niña bonita del teatro barcelonés, no se le vaticinaba otra suerte. Pero hubo resbalones.

<i>Aida</i> en el Gran Teatre del Liceu © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Aida en el Gran Teatre del Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Los decorados de Mestres Cabanes han permanecido perennes al paso de los años, así como su espectacular efecto óptico. Una joya expuesta (y salvada del incendio del anfiteatro) en diversos planos durante las cuatro largas horas de representación, diluyendo las dudas que se pudiesen tener de aquello del ‘cartón piedra’. Artesanía pura y dura restaurada por Jordi Castells, evocando el arte clásico del trampantojo. Remate final con el trabajo lumínico de Albert Faura, encargado de mostrar la cara oculta y mágica con una inteligente reproducción del ambiente que ideó en su origen el artista catalán. En cuanto al planteamiento escénico, Thomas Guthrie no acabó de convencer en coherencia con la forma clásica por la que la institución había apostado. Movimiento escénico restringido que hacía parecer en ciertos momentos que el reparto no supiera a dónde ir o qué hacer exactamente; bien fuese por la cantidad de figurantes, miembros del coro (amplio despliegue de refuerzo, eso sí, con una mejoría notable) y bailarines en escena, o por la delicada traba que representaban los telones al no dejar disposición para el desplazamiento. Sea como fuese, ese amontonamiento de figurantes no ayudó a los protagonistas. Ni qué hablar del planteamiento coreográfico basado en unos ministros sagrados pasados de tuerca con la hija del faraón o la incursión del conjunto de esclavos (bien fortachones y nada desnutridos, oigan) frente a la corte faraónica, demostrando su buena forma física a base capoeiras (?) para deleite de estos últimos.

Angela Meade (Aida) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Angela Meade (Aida)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

El estreno contaba una buena parrillada de debuts también. En el reparto vocal, la soprano encargada de dar vida (y mucho sufrimiento en pianissimi) a la esclava protagonista fue Angela Meade. Conocedora de la obra verdiana, aclaró las dudas que pudiese haber en la interpretación de su primera “Aida”, con la que se consagró y aprobó con nota por esas modulaciones de voz que compartían tanto dulzura como firmeza en un ir y venir de notas, con una interpretación creíble y emotiva. Y aunque su “O patria mia” estuvo accidentada por una mala llegada de nota, tuvo la dignidad y sensibilidad de hacerse con el error y continuar, dando un cierre (ahora sí) de ovación. Otro debut fue el de Yonghoon Lee, un tenor que nos dejó muy clara su capacidad de proyección vocal. Se le vio forzado en el papel del joven héroe Radamés, por una proyección desmesurada que le hicieron restar veracidad en su interpretación.

Angela Meade (Aida) y Franco Vassallo (Amonasro) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Angela Meade (Aida) y Franco Vassallo (Amonasro)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Empezó demostrando dichos efectos ya desde el inicio, con un “Celeste Aida” casi desgañitado (con un aparato admirable, sí, pero de empleo sobresaltado) y no encontró un equilibrio hasta bien entrado el tercer acto. De los reyes enemigos, el que destacó fue un Amonasro firme y contundente, interpretado por el barítono Franco Vassallo que acabó convenciendo a todos. Pero la coronación de la noche se la llevó Clémentine Margaine en su papel de hija del faraón, Amneris; otro debut de bandera, donde la mezzo en clave dramática empezó poco a poco a ganarse el escenario hasta llegar a su catarsis en el último acto, que prácticamente se lo hizo suyo, saltándose el dúo final de los enamorados “Oh terra, addio”.

Yonghoon Lee (Radamès) y Kwangchul Youn (Ramfis) y Clémentine Margaine (Amneris) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Yonghoon Lee (Radamès) y Kwangchul Youn (Ramfis) y Clémentine Margaine (Amneris)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La orquestación también sufrió variables en el transcurso de la obra, pero remontó para bien manteniéndose hasta el final bajo la batuta del valenciano Gustavo Gimeno (otro debut más añadido a la lista), que controló la dirección con el designio de evocar su función dramatúrgica y no como mero acompañamiento. La orquesta abordó tanto los detalles melódicos sutiles de los pasajes intimistas con empeño, acercándose mucho a la música de cámara, como los motivos triunfalistas de las marchas y coros patrióticos de la partitura. Los instrumentos se mezclaban con la sección coral, que a base de cantos ensoñadores que encumbraban tanto a dioses como a mortales, elevó el nivel notablemente del espíritu verdiano.

En definitiva, un acercamiento más dramatúrgico que antropológico el de esta Aida, mayúscula e inverosímil, con algunos tropiezos que pueden llegar a ser comprensibles pero necesarios de revisión.

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