Si algo no necesita ser remarcado es la capacidad de Jordi Savall para erigir, guiar y ejecutar un proyecto con gusto y criterio. No solamente hace frente por la revelación de piezas olvidadas por la historiografía musical, las nuevas interpretaciones o los entramados entre pasado y presente. Savall va más allá. Este arqueólogo de la música siempre revela una nueva manera de conectar con las músicas más célebres, cometido incluso más complejo que cualquier otro. ¿Cómo puede sonar algo nuevo lo tan infinitamente escuchado ya? Él lo hace posible. Anticipando que la noche dedicada al cierre de la revisión de las sinfonías de Beethoven (proyecto iniciado en tiempos pre-pandemia) fue un éxito plausible, se puede afirmar que el director catalán de trayectoria internacional se hace con el triunfo de cualquier reto planteado. Partituras tan desafiantes como son éstas no han sido freno para establecer nuevas lecturas.

Jordi Savall al frente de Le Concert des Nations.
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Junto a su orquesta, Le Concert des Nations, y a un coro resultante como es el de La Capella Nacional de Catalunya, la revisión de las últimas sinfonías fueron regalos anticipados de navidad para los asistentes. La mirada del conjunto, de todo el proyecto en sí, partía de un trazado sensorial basado en lo detallista, lo artesano, lo que Savall tiene acostumbrado al público con su manera de hacer. Una Octava y Novena de caracteres muy dispares, pero esculpidas bajo la regla de la interpretación con instrumentos y criterios historicistas, mostrando afinidades distintas sin achicar su carácter. De nuevo removió las bases de una tradición afianzada en la subordinación de las partituras. Una mirada proyectada en diseñar nuevos recorridos para alcanzar el ideal sonoro con el que se escribieron esas notas y su espíritu primigenio. El conocimiento y dominio en el ámbito del estudio y la exploración es sobrante, haciendo posible que la envergadura del repertorio fuera total y su proyección realmente única.

Jordi Savall
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La Sinfonía núm. 8, relegada casi a segunda posición por su expectante sucesora, mostró un abanico de sonoridades en la variedad tímbrica de los instrumentos muy amplio y su nervio en el tempo. Una obra portentosa y distada de menos por sus hermanas algo más mayestáticas, pero que podría ser la propia declaración de intenciones del autor, ya que alberga todas las inquietudes de su carrera. Cierto es que estuvieron menos brillantes en los últimos dos movimientos, poco nítidos en cuanto a ataques y quizás algo desentonados los vientos, aunque destacó la interpretación obsesiva con los tempi, marcando un allegro vivace último a buena velocidad. En cuanto al cuarto movimiento de la Novena, alcanzó la mayor significación bajo la batuta de Savall; tanto los movimientos lentos como rápidos consiguieron crear una simbiosis, con un tejido orquestal compacto y ponderando una precisión en la manera de sonar en una sinfonía asimétrica con elementos contrapuntísticos, oratorios y sinfónicos bien hermanados.

Solistas Sara Gouzy, Laila Salome, Mingjie Lei y Manuel Walser bajo la dirección de Jordi Savall.
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
El elemento final e indispensable que culminó la pieza fue el trabajo coral, de la mano de Lluís Vilamajó, que junto a los solistas dieron la amplitud melódica y una proyección bien equilibrada con el ejercicio orquestal, sobre todo en el celebérrimo Presto-Allegro assai. Proyección y ejecución concisa; el trabajo coral-orquestal atravesaron las líneas más emblemáticas de la pieza con precisión y rotundidad en el ejercicio. Destacar también el trabajo realizado por todo este viaje de la mano de los concertinos Manfredo Kraemer y Jakob Lehmann, quienes guiaron y aposentaron las marcas del director.

Un punto y final a la integral sinfónica de Beethoven con rotundo éxito. Agradecimientos recibidos y, sobre todo dados, al perenne inconformismo del maestro Savall, que hace posible escuchar joyas de la historia como si fuesen nuevas.

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