Nada menos que siete coproductores a la cabeza en esta última obra de George Benjamin y Martin Crimp, estrenada en 2018 y por primera vez en territorio peninsular en la noche de ayer en el teatro catalán. Precedido por el éxito denotado en Written on the skin, es la afirmación de que Benjamin es uno de los preceptores en la creación operística actual. Bebe de diversas géneros, los fusiona y los hace coexistir en un mismo plano, en el que el eclecticismo de las formas musicales y los recursos tímbricos no hacen otra cosa que abrir vedas. Acompañado siempre de la escritura de Martin Crimp y la puesta en escena de Katie Mitchell, Benjamin recrea esta adaptación libre de la decadencia del rey inglés Eduardo II, quien en medio de una relación homosexual, una familia que mantiene alejada de la realidad y un país dividido por revueltas civiles, debe escoger entre el querer o el deber, como figura representativa del poder. Apostar por lo que siente o por su obligación. En otras palabras, entre el amor o la violencia.

Ocean Barrington-Cook (Girl), Stéphane Degout (King) y Peter Hoare (Mortimer)

Cuadro intimista y público a la vez, esta obra es un desplegable de sucesos que plantea muchas dudas que, nosotros, como espectadores, queremos desentrañar. ¿Ama realmente Gaveston al rey? ¿El joven rey se ha vuelto el nuevo Mortimer? Sinceramente, creo que no es lo importante. Cómo los personajes se desintegran, aprenden y resuelven es lo imperante. Ni moralinas ni actos de fe. Por una vez, somos espectadores puros y duros. La tergiversación emocional y la estructura decadente es lo que envuelve el drama, que no deja de ser un fiel reflejo de la condición humana que se repite cíclicamente en la historia. El proyecto de Benjamin/Crimp/Mitchell se reduce a un plano reflexivo más que dramático, cimentado a partir de un lenguaje musical capaz de recrear (y mantener) atmósferas tales como el escepticismo o la turbación durante toda la obra, a través de unos personajes perfilados que cumplen con su papel en una estancia única, invariable e ínfima, que va desintegrándose al tiempo que lo hacen los sujetos protagonistas. Todo orbitando a través de dos elementos fundamentales: la cama y la corona. Otra vez, el amor y la violencia.

Daniel Okulitch (Gaveston)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Mitchell construye un espacio cargado de simbolismo, en el que la ostentación y la elegancia, virtudes hermanadas con el poder, menguan a medida que transcurre el tiempo. Un tiempo fundamental por dos aspectos que no pasan desapercibidos, en cuanto a planteamiento escénico; el primero, el tiempo toma su lugar en el espacio (reduce a cero y desdibuja los elementos del poder, siendo auge y caída del mismo a través de una estética plagada de insignias y orden que van descomponiéndose) y el segundo, por el uso de la oscilación del tiempo en el movimiento escénico al que recurre la directora, consiguiendo crear espacios a los mundos interiores de los personajes.

Dos barítonos, Stéphane Degout y Daniel Okulitch, dan vida al Rey y a su favorito Gaveston respectivamente. Los dos llevan a cabo una muestra de interpretación y desprendimiento vocal muy seguras, siendo Degout quien quizás arrojó más brillo en escena con cantos semirecitativos. El tercero en discordia, el barón Mortimer, quien da vida el tenor Peter Hoare cumple con mérito su papel de conspirador equilibrando la tríada del poder que, conjuntamente con la reina Isabel, interpretada por la soprano Georgia Jarman, acaban dibujando el otro lado de la moneda de la jerarquía. Especialmente desenvuelta la figura de Jarman, quien con un canto cristalino y un talante sibilino, demostró dotes interesantes aunque opacadas en varios momentos por la instrumentalización.

Georgia Jarman (Isabel)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

 Una breve pero creíble intervención de Samuel Boden, tenor quien interpretó el papel del hijo del Rey, puso el broche final a al pugna hipnótica. De inicio a fin, todas las escenas están separadas por pequeños interludios y la acción musicada empieza desde el segundo uno. La música habla, y de qué modo. El despliegue orquestal es imponente; sólo en cuerdas se necesitan a cuarenta músicos. Una orquesta especialmente deslumbrante, consiguiendo una música descriptiva (especialmente en la percusión de tambores y címbalos) y llegando incluso a ahogar las voces de los cantantes. Josep Pons brilló especialmente en el ejercicio, consiguiendo entonar los efectos tímbricos de la partitura, con toda la paleta de colores musicales y silencios dramáticos de manera enérgica y cómoda.

La catarsis se da en los minutos finales, que son un auténtico frenesí. La justicia, la otra protagonista escondida, se nos revela; omnipresente y observadora durante toda la trama en forma de niña, la hija de los reyes, muda e inerte, hasta que llega el momento. Niña hecha de silencio y tiempo, se convierte en la mano justiciera y detonadora del cambio que acaba con todo y con todos. Y todo apunta a que aprendieron de estas lecciones.

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