Wagner no tiene puertas fáciles para entrar en su corpus operístico, y las exigencias tanto vocales como orquestales desde sus primeras composiciones son elevadas y difíciles de afrontar siempre. La velada en el Liceu fue digna, pero distó de lo que consideraríamos una brillante interpretación de conjunto, y Wagner es el paradigma de ello.

Escena de <i>El holandés errante</i> en el Liceu © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Escena de El holandés errante en el Liceu
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La lectura de Oksana Lyniv fue, en líneas generales, muy solvente y esmerada en cuidar de que las huestes orquestales no hicieran naufragar a los cantantes. La joven directora ucraniana se enfrentaba por primera vez a una ópera completa de Wagner y, aunque el resultado fue más que meritorio, se echó en falta un mayor riesgo en la intepretación. Obviamente, los oídos educados hubieran preferido la vertiente lírica de muchos pasajes, pero no se puede reprochar la entrega y capacidad concertante de Lyniv en todo momento. Tal vez, en su próxima visita nos ofrezca momentos más deliberadamente personales. La orquesta, a excepción de algún que otro pequeño desajuste, mostró buena forma, cosa habitual últimamente, y su dirección se llevó la mayor ovación de la noche.

Philipp Stölzl firma una propuesta escénica y dramatúrgica que incide en el mundo interior de Senta, y como este se ve arrastrado por la obsesión con la leyenda del holandés, de una forma quijotesca que nos lleva al campo de la esquizofrenia y la locura. Una visión que, si bien ha sido retratada en otras ocasiones, entra en conflicto con la persperctiva personal, egocéntrica y descarnada del propio Wagner. El planteamiento cuenta con grandes aciertos por parte de Stölzl y Reinhardt, como la presencia de un cuadro que toma vida para representar los pensamientos de Senta. Pero falla en otros elemetos como la caracterización banal de la tripulación del Holandés o una batalla en slow motion con la misma, que no ofrecen nada nuevo y solo despiertan una sonrisa compasiva. El tercer acto tampoco fue un acierto, lejos de enfocar la sublimación del amor romántico, cae en la mera resolución de la trama por la vía rápida del suicidio de Senta, sin fondo espiritual.

Elena Popovskaya (Senta) y Albert Dohmen (Holandés) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Elena Popovskaya (Senta) y Albert Dohmen (Holandés)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Las prestaciones vocales fueron desiguales en un reparto que, con apenas cuatro roles principales, exige un equilibrio máximo a la hora de llevar a buen puerto a este Holandés errante. Albert Dohmen es garantía de fe wagneriana, sus dotes interpretativas son evidentes y su Holandés es honesto y sincero. Su voz va perdiendo brillo con el paso del tiempo, como es normal por otra parte, pero no se puede negar el aplomo y la seguridad con que lo afronta, fue sin duda lo mejor de la noche, como demostró en su dúo con Daland “Durch Sturm und bösen Wind verschlagen”.

Menos afortunado fue el Daland de Attila Jun. Proverbial es la crítica a las voces débiles que se presentan en producciones wagnerianas, pero el volumen no lo es todo. Jun cantó con suficiente indolencia para no hacernos entrar en la trama en ningún momento, con una interpretación actoral bastante pobre y por encima, sin mostrarnos la profundidad psicológica del personaje. Un timbre estentóreo, y en ocasiones estridente y un vibrato fuera de estilo en muchos casos, tampoco ayudaron a salvar su papel.

Albert Dohmen (Holandés) y Elena Popovskaya (Senta) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Albert Dohmen (Holandés) y Elena Popovskaya (Senta)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La Senta de Elena Popovskaya, aunque resuelta de forma eficaz, distó en muchos momentos de las exigencias vocales del papel, ya que, aunque segura en los registros medios, no supo dar ductilidad a sus pasajes más delicados. Su balada en el comienzo del segundo acto fue fría y de escasos matices. Timothy Richards cantó un Erik plano, con una voz poco apropiada y descontrolada en emisión y afinación en no pocos momentos, como en la famosa cavatina “Willst jenes Tags du nicht dich mehr entsinnen”.

Cumplieron con sus papeles la habitual Itxaro Mentxaca como Mary, y el debutante, pero conocido por los iniciados, Mikeldi Atxalandabaso como Timonel, con unas creaciones actorales a la altura exigida. El coro estuvo correcto, destacando la parte masculina del mismo, aunque hay que reconocer que una de les partes más difíciles de concertar es el coro femenino del segundo acto, y que fue eficazmente resuelto por las cantantes, orquesta y directora.

Un Holandés en definitiva que, sin ser brillante, nos brinda la posibilidad de revisitar la casa del joven Wagner y disfrutar de la génesis de recursos estilísticos como el Leitmotiv que empieza a aparecer con profusión en la partitura.