En tiempos convulsos, afloran las reflexiones más tajantes. Solstice lo es. Una reflexión de emergencia, una muestra que va más allá de lo puramente corporal y del estallido visual y sonoro. Hay un mensaje claro y único que vertebra todo el proyecto, tan bello como estremecedor: el planeta se muere. Blanca Li alzó la voz en favor del ecosistema con esta producción, originaria del Théâtre National de la Danse de París, y ha vuelto a poner en marcha su maquinaria de baile para hacer llegar este mensaje al Liceu. Algunos verán un canto de la humanidad hacia la naturaleza. Otros, en cambio, presenciarán el grito del planeta revelándose contra el maltrato de nuestra especie. El escenario se vuelve trinchera de diálogo donde humanos y naturaleza muestran la relación de amor y odio que les ha precedido durante la historia de la humanidad. Se vuelve, de manera poética y política, en un confesionario donde se piensa (en movimiento) nuestro vínculo con el planeta.

El cuerpo de bailarines en Solstice
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

Un cuerpo de catorce bailarines conforman la representación de la humanidad, metamorfoseándose con los paisajes más primigenios de nuestro entorno natural, llegando a crear una simbiosis entre sus cuerpos y los elementos constituyentes de la Tierra, como son el fuego, el aire, el agua y la tierra. Blanca Li (premonitoria o no de lo que podría haber sido esta pandemia) concibe un horizonte en permanente lucha y reconciliación, con una danza que representa lo más físico y arcaico del humano, situado al borde entre lo remoto y los inicios de la civilización. Varios marcos escénicos forman este viaje hacia lo primario, en el que un techo lleno de telas fluidas y una pared multimedia interactúa con el conjunto, recreando el paso del tiempo evocando imágenes oníricas y poderosas de la naturaleza. Tanto la escenografía de Pierre Attrait como el vídeo de Charles Carcopino conciben un escenario visual para acoger las alteraciones medioambientales provocadas por el hombre y de la capacidad que alberga el planeta para defenderse.

A partir de movimientos inspirados en las danzas tribales, en el que la coreógrafa bebe de la tradición milenaria de dependencia con los elementos, el cuerpo de humanos recrea las remotas danzas para festejar los ciclos hidrológicos o la recolecta de alimentos como prueba de nuestra unión con la tierra. El compuesto visual se entrelaza con la música percusiva y orgánica de Tao Gutiérrez, quien apuesta por un ritmo terrenal y enérgico, en el que el conglomerado de baile pasa a formar parte de la música a través de sus propios cuerpos, golpeados polifónicamente entre sí y creando un juego de latidos entrelazándose con las imágenes evocadas de fondo. Pero la transformación del pulso planetario pronto viene marcado por la mano del hombre; lo que cada marco escénico era una celebración al agua, al aire, a la tierra y al fuego, ahora es una lucha. El agua escasea, el aire está contaminado, la tierra se vuelve infértil y el fuego abrasa. El planeta se revela y sacrifica ahora a la humanidad, sin dejar de rememorar su belleza y fuerza.

Solstice, de la coreógrafa Blanca Li
© David Ruano | Gran Teatre del Liceu

La voz que marca estos cambios, convertido en una especie de presencia divina que dicta las victorias y derrotas, es Bachir Sanogo, quien fabrica una banda sonora orgánica y sencillamente hipnótica, a través del uso de percusión africana, la kora, su canto rasgado y su increíble dominio de hacer percutir el agua (!).

La percusión, gritos, ruidos y la sonoridad planetaria acompañan el ensamblaje de bailarines que se entrelazan y se unen para hacer frente a las adversidades climáticas. Los huracanes, el quiebre de los glaciares, el aumento del nivel del mar, la sequía o la explotación de los recursos naturales se vuelven tangibles a través de materiales puestos en escena y con la ayuda de un vestuario que habla por sí solo. Las telas vaporosas que juegan a ser parte de la atmósfera o las mascarillas que protegen de la contaminación (¿otra premonición?) las firma Laurent Mercier, que complementa el juego de impresiones llegando a ser otra pieza más que forma parte de un todo. Esto es donde radica la clave del mensaje de Blanca Li: o hay unidad y lo cambiamos entre todos, o no sobreviviremos. El diálogo constante entre lo salvaje y lo pacífico marca la pulsación de toda la obra, que no es más que una proclama de reconciliación con el entorno en el que vivimos.

La capacidad del cuerpo de baile, al que se le podría tildar de atletas, la construcción de un espacio onírico pero verídico al mismo tiempo y la coherencia rítmica hace de ésta una obra para la reflexión, a medio camino entre la responsabilidad y el respeto por algo tan frágil como colosal, como es nuestro planeta. Solstice no es un presagio. Es un grito de alarma.

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