La idealización caballeresca de Diàlegs de Tirant e Carmesina volvió a darse encuentro con el público después de su estreno absoluto en el Festival de Peralada del 2019. En menos de un año, este proyecto impulsado por Òpera de Butxaca i Nova Creació que ya triunfó en su presentación, recibió una segunda ronda de éxito en el Foyer del Gran Teatre del Liceu y reafirmó la solvencia de los nuevos formatos que se abren paso, asegurando la legitimación de la ópera contemporánea.

Protagonistas de <i>Tirant et Carmesina</i>, Isabella Gaudí, Josep-Ramon Olivé y Anna Alàs © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Protagonistas de Tirant et Carmesina, Isabella Gaudí, Josep-Ramon Olivé y Anna Alàs
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La obra contiene, en sus cuatro partes (centradas en los más íntimos pasajes amorosos y eróticos entre los personajes de Tirant lo Blanc), un conjunto de conexiones lúcidas entre lo mítico y lo transcendental, escenificado con unos códigos actuales que hacen que esta historia llegue a nuestros días de manera fresca. El libreto de Marc Rosich omite todas las gestas caballerescas de por medio, centrándose en mostrar únicamente la sensualidad y sexualidad como eje dramático de los dos personajes. A partir de un valenciano original, llevan a cabo una lucha de intenciones y tiranteces que reflejan que la única batalla que se está librando en escena es la del amor. Un amor cargado de polvo. De ese polvo que, si se te mete en los ojos, te hace llorar.

Aunque el texto original es el que es, y la propuesta de Rosich descarta más ñoñerías de caballería de las que imaginamos, el tema se ve reforzado musicalmente a través de un lenguaje rejuvenecedor (ahora sí) para combatir las más antiguas concepciones medievalistas de las líneas de la obra. La creación de Joan Magrané acompaña a este libreto con una forma inspirada en el final del Renacimiento y un primer Barroco, contando con una ensemble de cámara (cuarteto de cuerda, flauta y arpa), pero con un contenido lleno de series de variaciones, de lenguaje agudo y disonancias varias. Y se dice bien cuando se apunta a lo de acompaña, ya que el trabajo de Magrané parece más de soporte dramático del texto más que de ensalzamiento del contenido en sí. El lenguaje musical utilizado acaba siendo eficaz y casando bien con el entramado híbrido del tiempo en el que se ha transformado la obra; sobresaltan varios momentos líricos y melódicos en algunas secciones recitativas que aumentarían a medida que la acción se desarrollase y se volcara en una intensidad dramática mayor. Pero incluso con los veintitrés marcos escénicos que contiene el proyecto, no son suficientes para que la música arranque a volar por sus breves diseños de composición haciendo de ella, como de un siervo escondido en un rincón observando todo, un testigo que observa todo.

Anna Alàs (Viuda reposada/Plaerdemaivda) e Isabella Gaudí (Carmesina) © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Anna Alàs (Viuda reposada/Plaerdemaivda) e Isabella Gaudí (Carmesina)
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

No ocurre lo mismo con los intérpretes de la obra, presentes perpetuamente en escena, quienes dieron vida a unos personajes unidimensionales. Obra para tres voces, con unas tesituras vocales marcadísimas por la nobleza de un Tirant barítono (Josep-Ramon Olivé), por una delicada a la vez que avispada soprano Carmesina (Isabella Gaudí) y por dos mujeres incompatibles entre ellas que completaban el reparto, unidas bajo la misma piel de mezzosoprano, la dulce Plaerdemavida y la malintencionada Viuda reposada (Anna Alàs i Jové). Ninguno de los cuatro personajes recurría a la forma Sprechgesang, pero cabe destacar que tampoco llegaban a formular soluciones melódicas medianamente largas, sino más bien se concentraba todo en las breves tensiones armónicas derivadas de la tensión dramática y manteniéndose en el recitativo sin llegar al canto abierto. El mismo caso que con la música: ninguna de las dos se atreve a tomar amplitud lírica. Muy destacable el trabajo de todo el elenco, números de conjunto inclusive.

Escena de <i>Diàlegs de Tirant e Carmesina</i> © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Escena de Diàlegs de Tirant e Carmesina
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Una instalación lumínica de Jaume Plensa fue la elegida como propuesta escénica para acoger tanta tensión, creando una atmósfera nítida y formal, pero que quizás pecaba de anodina. A través de este fondo, Plensa sugiere el paso del tiempo a partir de unas luces de neón que se van encendiendo paulatinamente a medida que la acción avanza. Se podría hablar de un contador de tiempo, en el que cuando éste llega a su fin, las luces que se han ido abriendo paso en medio de todo el desarrollo escénico, nos señalan con la palabra utopía. La labor actoral y vocal de todos los intérpretes es de otro nivel; capacidad de mantener un hieratismo expresivo y corporal, con una escena elegante y un esteticismo minimalista de fondo que hacían recordar al Pelléas et Mélisande de Robert Wilson. Muy correcta también la aportación artística en el vestuario de Joana Martí, quien apostó con tino a jugar con las dobles personalidades y hacer del tejido parte del juego escénico.

Finalmente, esta ópera de cámara se acaba por convertir en un híbrido, en un contenedor del tiempo que tanto almacena lo caduco como lo transgresor en todas sus formas.

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