Poco o nada más queda por decir de Grigory Sokolov. Todo y nada, a la vez, es diferente en cada una de sus interpretaciones. Una leyenda viva del piano, por su maestría y por su infinita austeridad hacia la profesión, en la que la única premisa es hacer música en mayúscula. Crea los programas de cada uno de sus conciertos, simplemente dejándose llevar por lo que le apetece tocar en ese momento, acorde con su máxima comentada. Responde a una necesidad interior, a una pulsión que hace que no se necesite justificación.

Su sobriedad en el oficio hace de él un artista atípico en cuanto a actitud hacia su público; revisando el panorama actual de los artistas que beben más de los egos que de las sensaciones recreadas en el escenario, Sokolov se muestra como alguien confidencial, cauteloso, recio e incluso uraño (su entrada apresurada al escenario, una leve inclinación al público, ejecución sin florituras, breve inclinación de nuevo al terminar y una salida igual de rápida que la entrada). Pero asistir a uno de sus conciertos, deja todo claro: toda la capacidad de transmisión y comunicación se encuentra en su música. La virtud de este artista es incuestionable, bien sea a golpe o caricia de tecla, a forte o pianissimo, según lo que tercie la partitura. Pónganle el nombre que quieran. Sus conciertos son Música y está dedicada a la mismísima Música. Y en cierto sentido, parece que sus conciertos son conciertos para él mismo. No sé si es demasiado atrevida la idea de pensar que los espectadores, ergo, nosotros, sobramos ante semejante ritual.

El pianista ruso Grigory Sokolov
© A. Bofill

La sala, como no podía ser de otra manera, estaba completa; atestada de los seguidores del de San Petersburgo, sí, pero en especial de una mayoría concreta. Muchos, muchísimos de los asistentes de la velada eran jóvenes, me aventuro a decir que la mayoría de ellas y ellos, estudiantes, futuros pianistas, asistiendo durante todo el concierto de pie y apurando la vista a observar todos los detalles y preciosismos que el maestro daba forma. Nunca había visto un piano, ese instrumento que reparte pena y gloria a partes iguales, ser tan escrupulosamente estudiado por tantos ojos a la vez. No fue menos por la noche que ofreció; un programa dedicado a las Polonesas de Chopin y los Preludios, Op.23 de Rachmaninov, además de tres generosas propinas que el maestro ofreció, tal y como tiene por costumbre.

Atacó los primeros acordes de las Polonesas, intensificando automáticamente la atmósfera de la sala y dando paso a una elocuencia en un discurso musical que iba más allá. No se acobijó en los límites de los compases del autor, sino que los hilvanó con sonoridades secretas y con unos usos del pedal que permitían todo un repliegue de contrastres y claroscuros que estas piezas almacenan y esconden. El fraseo fue más que libre y resaltó sobre todo matices y probó con varios registros, aunque respetando las dinámicas generales marcadas por la partitura. Salió a aventurarse en una nueva interpretación que aportase nueva luz a un repertorio más que conocido, pero siempre desde el estudio escrupuloso, desde la sabiduría, la curiosidad y el respeto hacia esos pasajes.

Toda la exposición de esta serie de obras, impregnadas del acento romántico que las acompaña y transformadas en encanto melódico bajo los dedos del ruso, ocupó una hora de concierto. Las actitudes delante de cada una de las piezas variaban una a la otra a través de un finísimo margen de tiempo que fueron los silencios intercalados del pedal. Una sucesión de pequeñas joyas que consiguieron cohesionar, en un mismo ambiente, intimidad, virtuosismo y franqueza.

Con los Preludios de Rachmaninov, la cosa no hizo más que mejorar. Previamente al concierto, varias veces llegué a escuchar la afirmación de que Sokolov constituye la mejor representación del repertorio de su coterráneo. Comparaciones a parte, la interpelación de músico a oyente iba más allá del alentador desarrollo interpretativo que se estaba dando. Cabe resaltar la pulsación medida que hizo palpable, una vez más, su buen tino –como por ejemplo se pudo ver en el número 4– y haciendo brillar las variaciones en los estribillos, o de cómo encontraba el equilibrio formal a cada pieza, variando de ritmos y profundidades de graves, como fue el mítico número 2. Toda la serie, como sucedió con las Polonesas, fue una muestra más de un estudio incisivo de la obra, un conocimiento que permite ahondar y descubrir nuevas posibilidades. Y todo eso, sin perder la fidelidad y la veneración.

Despliegue de obras y milagros al piano durante dos horas y lo dicho, inclinación breve y retirada rápida. Le guste al público o no: ya había acabado con su cometido. Sokolov es lo que es, y es lo que se vio. Un potencial latente, oculto e increíble. Y punto.

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