Para muchos aficionados, entre los que me encuentro, la experiencia del directo supone una mejora de la experiencia artística, frente a la escucha de las grabaciones. Por nombrar tan solo algunas razones, hay algo de coreográfico en los movimientos de una orquesta sinfónica, demiurgos creando un universo; las irisaciones en el timbre de muchos cantantes escapan a streamings y cedés; y el carisma corporal de los artistas no encuentra un lugar pleno en los registros digitales. Parece esta una regla universal de la clásica que, sin embargo, no siempre se cumple, como hemos tenido la ocasión de comprobar en el reciente concierto que Max Richter ha ofrecido en Palau de la Música Catalana, en la recta final de su temporada.

El compositor e intérprete Max Richter en el Palau de la Música
© A. Bofill | Palau de la Música

A Richter hay que agradecerle que haya explorado con éxito las fronteras de la clásica, en su sentido temporal y estilístico. Quien no conozca sus recomposiciones de las Cuatro estaciones o los Blue Notebooks –que interpretó en esta ocasión que nos ocupa– debería entregarse con urgencia a su escucha. Pero son obras concebidas en un estudio y para altavoces, llenas de efectos pregrabados, sampleos y artificios digitales. El ver dos columnas de enormes altavoces rodeando a un grupo de cámara dispara algunas alarmas, que los productores del concierto deberían haber tenido en cuenta.

Al comenzar los primeros sonidos de Infra la obra que, a modo de réquiem contemporáneo, rinde homenaje a los fallecidos de los atentados en el metro de Londres en 2005, la sala se llenó de sonoridades experimentales de aires cinematográficos: ruido blanco, transmisiones de radio, naturaleza y, finalmente, esas progresiones de acordes envolventes que, junto con frases en ostinato, conforman los mimbres compositivos de sus obras. Y entonces aparecieron dos de los problemas de lastraron la experiencia. El primero es de naturaleza técnica, la amplificación de los pregrabados, especialmente en el registro más grave, entró en una fase de resonancia y distorsión, más propias de un club nocturno que de las matizadas sonoridades que estas obras necesitan en una sala de conciertos. El segundo es la despersonalización, la amplificación y el tratamiento digital provocaron que los instrumentistas del ensemble de cuerda pasaran a un segundo plano y que los matices de su interpretación quedaran camuflados por los sonidos espaciales; algo que, por cierto, no ocurre al escuchar las respectivas grabaciones. Tan solo el excepcional trabajo del primer chelo logró superar las barreras del anonimato impuestas por la tecnología.

Max Richter y el resto de intérpretes en el escenario del Palau
© A. Bofill | Palau de la Música

Con The Blue Notebooks y la voz de la actriz Sarah Sutcliffe se estableció una mayor conexión personal entre escenario y sala. La genial, archiconocida y tantas veces versionada On the Nature of Daylight proporcionó un abrazo de nostalgia reconfortante, una envolvente atmósfera que con mayor o menor intensidad desembocó en el emocionante clímax irresuelto de The Trees.

Fue esta una actuación interesante por infrecuente, con algunos momentos memorables, a la que un público inusualmente joven, moderno y cosmopolita, vitoreó con ímpetu desmedido. Crear afición y derribar culturales barreras, posiblemente ese haya sido el mayor mérito de este directo lastrado.

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