Un viaje peninsular de la época, recorriendo varios rincones esencialmente sureños, en el que el retrato del espíritu de la tierra y su gente queda plasmada en un puñado de partituras. Isaac Albéniz postuló el alma de este cuadro emocional, más que paisagístico, a los que viniesen; un recorrido sonoro tildado y entendido erróneamente como música españolista. El maratón de escalas y cromatismos de Iberia es de todo menos una reducción estereotipada. Los consecutivos giros melódicos, los motivos y cadencias flamencas y populares, o la complejidad de ejecución de la que está armada su partitura, entre otras cosas, están por encima de cualquier categorización. Por supuesto, hay una impregnación de dichos elementos: tendencias impresionistas por su estancia francesa, así como toques nacionalistas de Pedrell y su base técnica eminentemente romántica en su etapa de aprendizaje. Pero la pieza no es ni mucho menos la representación de un saber, sino de un vivir. Este retablo pianístico representa su síntesis estilística final, y también el final de un viaje y la necesidad de contar todo lo vivido.

La pianista Alba Ventura
© A. Bofill | Palau de la Música

Alba Ventura afrontó este corpus musical de cuatro piezas con tenacidad, discernimiento e interpretación soberana. Todo lo añadido, sobra. Así ha sido su lectura, no exenta de gran extensión y dificilísima ejecución técnica, que ha entonado con fidelidad y siendo generosa en cuanto a las recreaciones armónicas, con todo el imaginario de ritmos y melodías populares que hay en ellas y adoptándolo con un lenguaje clásico.

Cabe destacar la elevada destreza necesaria para desarrollar con éxito Iberia, una obra llena de timbres variados, alternaciones, ataques y dinámicas, por mencionar solo algunas de sus complicaciones para el intérprete. La barcelonesa inició el recorrido consciente de la dificultad formal, así como también consciente de las capacidades que posee para llevarla a cabo. Con Evocación dio inicio al primer cuaderno de viaje, con entonaciones en fandanguillo a cuatro partes. Las variantes flamencas fueron remarcadas destacando las dinámicas en forte, y desplegando desde el primer momento una ejecución limpia y detallada de la partitura. Los ritmos internos de los bailes populares se conjugaron con el lenguaje formal de la concertista, quien dejó patente una preocupación durante todo el concierto por el cuidado tímbrico, especialmente en los giros modales y de los detalles que formarían poco a poco el plano sonoro. Seguido de El Puerto, en el que las agudezas tratadas en la armonía fueron lo más destacado, el Corpus Christi cerró la primera sección siendo también la primera muestra de la variedad técnica y compositiva de la obra, en la que mostró sus dotes para culminar con éxito este cierre. Destacó de nuevo la lectura de los matices, concediendo el protagonismo a los fraseos de diferentes ritmos, y la enfática contrapuntística en las cadencias flamencas, donde predominó un discurso motívico dominado por el pedal, los ataques armónicos y cambios de ritmo constantes. En esta primera muestra, Ventura demostró claridad y virtud, a pesar de la complejidad de la ejecución, resuelta con una visión fresca.

Alba Ventura durante la interpretación de Iberia
© A. Bofill | Palau de la Música

Para RondeñaAlmería y Triana, quizás las secciones que más modales acojen con remates del flamenco, el desarrollo armónico se profundizó con más intensidad debido a una fluidez heterogénea, asimilando unas líneas brillantes y un color matizado por la diversidad de nuevo en el uso del pedal. Sacó provecho de los contrastes formados por su lenguaje formal mezclado con los timbres flamencos (peteneras, seguiriyas), remarcando los cambios de estructuras internas y los juegos rítmicos. Ya en el tercer cuaderno, se presentó la más representativas de las piezas de su repertorio; con El Albaicín, Ventura estilizó el cante jondo, cruzando líneas melódicas que variaban de un estado a otro, así como su ejecución, dada por un constante cruce de manos y entramados de posiciones superpuestas para conseguir las voces melódicas. Seguido de la variedad melódico-motívica en El PoloLavapiés estuvo marcado por la polarización de las armonías populares y formales, contraponiendo las alternaciones de la melodía pintoresca con el tratamiento del rubato (aunque este recurso presentó mayor notoriedad en otros momentos, como en varias secciones de Málaga o Eritaña). 

Sin duda, el cuaderno final de Iberia presentó lo más complejo y conmovedor de la maestría de Ventura. Con Málaga, la dificultad de llevar a cabo los ritmos solapados era más que enrevesada; la amalgama tímbrica, sumando todos los matices y anotaciones de ejecución, y la superposición de notas y ritmos, no facilitaron la lectura del ejercicio. Con Jerez el lenguaje fue más sosegado y lírico, a comparación del frenético final Eritaña. Airosa y demostrando más que dominio en la técnica, desarrolló esta sevillana de manera intensa. Una catarata de tratamientos sonoros, siendo la última escena agitada pero manteniendo el refinamiento del discurso, y la muestra última de su potestad ante el instrumento. Menudo viaje, Alba Ventura... ¡Brava!

*****