Es historia viva del violonchelo y uno de los muy consagrados de la música clásica. Mischa Maisky y su instrumento ofrecieron todo lo que uno puede esperar y algo más. Su personalidad se equipara con su generosidad; de principio a fin, derroche de técnica y emoción en un programa que estaba hecho para nuestro goce y disfrute. Y para qué engañarse, para el suyo también. Acompañado durante todo el trayecto de la Orquestra Simfònica Camera Musicae y de la mano guía de Tomàs Grau, la sala del Palau de la Música se empezó a achicar ya desde los primeros minutos ante el despliegue anímico de esta formación. Primer síntoma de que el viaje sería en business. 

El chelista Mischa Maisky
© Martí E. Berenguer

El Idilio de Sigfried de Wagner y el Concierto para violonchelo y orquesta, Op.104 de Dvořák ocuparon el marco del repertorio. La gran esperada era la de Dvořák; básicamente porque era la estrella de la noche, un regalo para cualquier violonchelista (y contaban con uno de los mejores como estrella en su escenario) y porque es un espectáculo que aúna virtuosismo orquestal y lucimiento para el solista elegido por igual, todo tejido en tres movimientos a diferentes tempi y con unidad temática y estructural de excelencia. Aunque la propuesta funciona, el espíritu de Wagner en esta pequeña obra sinfónica que dio comienzo al evento, se presentó sosegada bajo la directiva de Grau, quizás más lánguida de lo que se está acostumbrado. Eso sí, la mano mecía con tino y sensibilidad muy especialmente en los momentos protagonistas del oboe, el violonchelo y la trompa. A pesar de la relación con la famosísima tetralogía del alemán, Grau supo cómo modificar los códigos de esta pequeña gran obra para encontrar una lectura diferente (o al menos un temple diferente, sincera desde el punto de vista sensitivo), consiguiendo la aleación entre potencia y elocuencia. Los primeros movimientos de Maisky oídos durante el desarrollo del tema principal, que se acabaría usando en el dueto final de la ópera de Siegfried, presentó el terreno de lo que vendría a continuación. En esta primera muestra, la conjunción de toda la orquesta era evidente, manifestando un buen trabajo y un buen estado de salud.

Mischa Maisky acompañado por la Orquestra Simfònica Camera Musicae en el Palau de la Música
© Martí E. Berenguer

El Concierto para violonchelo fue provocador a la vez que delicado, haciendo todo lo posible para llevar a cabo una interpretación fidedigna de la partitura original en cuanto a expresividad. De nuevo, la dirección de Grau hizo patente su gusto por la transmisión emotiva por encima de los detallismos y tecnicismos. Quizás esa inspiración en la dirección es la responsable de conseguir un sonido compacto y colectivo en todas las secciones de la orquesta, visto durante el primer movimiento entre los dos temas abordados por los clarinetes y las trompas. Maisky tiene la capacidad de captar esas vibraciones y supo encontrar su lugar, en medio de una proporción entre la construcción sonora de la pieza y los momentos solistas. El violonchelo de Maisky se convirtió en el protagonista sin él querer serlo: captó la atención justamente por saber medir la importancia requerida en el solo y la parte correspondiente al resto de secciones. Sus momentos solistas, fueron impecables y llenos de cromatismos y vibratos, pero como se comentaba, impuso más su capacidad para desenvolverse en los diálogos conjuntos entre las secciones orquestales. Maisky pareció coincidir en intenciones con Grau: basó toda su intervención de la obra en un continuo equilibrio entre el espíritu de la partitura y su lectura más personal. Por eso formaron tan buen tándem y consiguieron crear junto a la orquesta entera esa masa orquestal de las que triunfan, aunque la velocidad en ciertos momentos de la partitura no dejaban claros algunos trinos y no se consiguió captar todas las notas. La naturalidad y fluidez acompañó la línea interpretativa que había iniciado el maestro letón hasta la conclusión de la obra de Dvořák; el último movimiento, en el que el violonchelo hace sus últimas proclamas cerrando el tema melódico principal junto al recuerdo de los temas anteriores, el bloque orquestal adquirió una importante atención y una ejecución no falta de intensidad. Por el contrario, Maisky apostó desde el inicio y hasta el final por una entrega emotiva más que por exaltaciones. Aun así, no deja de sorprender el dominio del instrumento y el brío con el que lo tempera.

La generosidad del violonchelista fue a más una vez acabado el concierto y regaló a los asistentes hasta tres bises, entre los que no podía faltar el preludio de la Suite núm. 1 de Bach. Muchos, muchos aplausos de gente que no se quería ir. Una gran abundancia de ovaciones que casi no cupieron dentro del Palau.

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