Turangalila es un viaje musical, es una prueba de fuego para cualquier orquesta, y lo es también para un público que superado ya el primer cuarto de este siglo XXI, todavía ve con recelo la obra de muchos compositores del siglo XX. Dentro del ciclo del Palau 100, Gustavo Dudamel, acompañado por su orquesta venezolana y la siempre eléctrica Yuja Wang al piano, ofrecieron una interpretación que a tenor por los casi diez minutos de ovación, convenció al público que abarrotaba el Palau de la Música Catalana de Barcelona.

La OSSBV durante el concierto en el Palau de la Música Catalana
La OSSBV durante el concierto en el Palau de la Música Catalana

La obra de Messiaen está estructurada en diez movimientos con cuatro temas cíclicos que se presentan en casi todos ellos. Las secciones I y V son de carácter rítmico, y contrapuestos a los movimientos III, VII y IX denominados "Turangalila", más camerísticos, que a su vez hacen de separación de los denominados "de Amor", II, IV, VI y VIII. Si bien la obra no es estrictamente programática, sí ofrece pistas de la vida de un Messiaen que dedicó veladamente la obra a Yvonne Loriod, alumna suya que se convertiría en su segunda esposa.

Ya en la introducción, la Simón Bolívar enseñó sus credenciales: fidelidad a la partitura, una evidente comunión con su director y una precisión rítmica tremenda, en una obra que abraza elementos de la música del gamelán de Indonesia. Es ya en este primer movimiento donde aparecen los cuatro motivos temáticos principales de la obra: "Estatuas" que protagonizan los trombones, "Flor" que recae en los clarinetes, el tema "Amor" que interpretan las ondas Martenot y "Acordes", que está asignado al piano.

Yuja Wang estuvo comprometida con el endiablado papel que Messiaen asigna al piano, ofreció muestras de su virtuosismo y personalidad y, más que eso, dio una lección de lo que supone tocar en una orquesta, ya que en Turangalila el piano es un instrumento más, aunque de importancia vital. Su interpretación de los motivos del canto del mirlo negro en el movimiento VI y VII fueron simplemente geniales.

La Orquesta Sinfónica Simón Bolívar hace ya tiempo que dejó de considerarse una orquesta juvenil para pasar a ser de las top 10 y, en concordancia, suele estar presente en los festivales y salas de conciertos más importantes de todo el mundo. Aun así, siempre se tiene la sensación de compartir con ella esa fuerza y energía que fluye sólo de las orquestas de jóvenes. Una sección de cuerdas perfectamente lideradas por el concertino y unos metales que nunca se excedieron en los volúmenes dieron muestra de ello. También destacaron la solista de celesta, el de vibráfono y el de glockenspiel, que junto al resto de la percusión forman esa orquesta gamelán dentro de la propia orquesta sinfónica. Cynthia Millar, solista de las ondas Martenot, cumplió como se esperaba de una especialista en este instrumento que rara vez fuera de la obra de Messiaen podemos escuchar.

Las solistas Cynthia Millar y Yuja Wang y el director Gustavo Dudamel saludan al final del concierto
Las solistas Cynthia Millar y Yuja Wang y el director Gustavo Dudamel saludan al final del concierto

El movimiento V, "Jeu du sang des étoiles", fue pura lujuria rítmica que le iba como anillo al dedo a la orquesta. En el VI, "Jardin du sommeil d’amour", llegaría el éxtasis amoroso, impregnado de la religiosidad propia de las obras de Messiaen. Es una página bellísima donde casi reconocemos esa inspiración en Tristan und Isolde y fue aquí donde Dudamel y la orquesta dieron rienda suelta a su lirismo: cuerdas untuosas, glockenspiel y vibráfono delicados y el papel del piano, con sus motivos de pájaros, que Yuja Wang interpretó deliciosamente.

Con el anuncio de las campanas tubulares del movimiento VIII, Développement d’amour, culmina el viaje amoroso y los diferentes motivos se superponen hasta llegar a un final oscuro con la desolación como único final posible para el amor carnal. Pero todo es un espejismo, y el movimiento Final nos habla de la trascendencia del amor estelar y como nada puede detener su energía. La Simón Bolivar volvió a brillar en este movimiento que recuerda a las danzas americanas o a las obras de Copland o Ginastera. Con el gran Coral, seguido de una vertiginosa Coda con que finaliza la obra, se puso al público en disposición de romper en aplausos con el eco del último acorde sonando todavía en el Palau de la Música. Un éxito compartido de Dudamel, Wang, Millar, la Orquesta Sinfónica Simón Bolivar y ¿por qué no?, de un público que hizo suya una obra que merece estar entre las grandes del siglo XX.