Para muchos representa la obra más solemne del genio de Salzburgo. Expresividad, delicadeza y música en mayúscula desbordan las partituras de la última ópera de la vida de Mozart. Todo lo mejor que quedaba de él, a pocos meses de distar su muerte, lo plasmó en esta obra contemplativa a la vez que conmovedora; una última reflexión sobre el poder, inmensa e infinita. Si en una obra puede caber tanta piedad y perdón a tanta traición desbocada, esa es La clemenza di Tito. Una clase magistral de historia universal sobre la tiranía y la decadencia. Ubicada en los tiempos del emperador Tito Vespasiano, en un Imperio romano de las primeras décadas de milenio, éste se defiende, se enfrenta, se deja herir y se rinde, todo al mismo tiempo, para poder hacer de su mandato el más ecuánime de todos.

Paolo Fanale como el emperador Tito © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Paolo Fanale como el emperador Tito
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La obra de aspecto musicalmente barroco, parte de una lucha de valores éticos y morales desde el primer minuto. Los pasajes musicales no dejan de lanzar preguntas al augusto en forma de obbligatos y de entramados conjuntos, llevados a cabo por una reducción de la Orquesta Sinfónica del Liceu bajo la dirección de Philippe Auguin. ¿El amigo o la ley? ¿El sentimiento o el deber? ¿El buen o el mal gobierno? ¿Castigo o perdón? La cuestión de fondo es siempre la misma: qué debe ir antes. Bajo la perspectiva de David McVivar, quien firma la creación escénica, queda remarcado de manera sobria cómo el poder y el tormento constituyen el panorama del conflicto. Una Roma descontextualizada, decimonónica, llevada al período del Primer Imperio francés en la que el director plasma el declive de un estado a base de arquitecturas monocromáticas, mármoles de lado a lado, capitolios con apariencia de patíbulos y bustos teñidos de rojo. Todo en declive.

Stéphanie d'Oustrac en el papel de Sesto © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Stéphanie d'Oustrac en el papel de Sesto
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

La propuesta es elegante y sutil, casi tanto como los entresijos que se llevan a cabo del libreto de Mazzolà; la narración funciona bajo el atractivo de todo el conjunto, incluyendo el trabajo de vestuario de Jenny Tiramani, que da los últimos toques a la estética austera planteada. Pero la falta de brío escénico es un hecho: ha tenido que ser sacrificado a favor de la belleza y de la comprensión de la obra. Tal y como le sucedió al buen (y algo naíf) Tito, McVivar tuvo que escoger con la probabilidad de caer en el tedio. Demasiada pulcritud visual para tanta traición, aunque la fórmula encaje de maravilla en nuestros tiempos. Lo único que rompió el estatismo fueron los centinelas del emperador; esa guardia pretoriana que, a golpe de espada y coreografía, acabaron haciendo un guiño a lo que sería el futuro asesinato y final del augusto segundos antes de los últimos acordes.

Anne-Catherine Gillet en el papel de Servilia © A. Bofill | Gran Teatre del Liceu
Anne-Catherine Gillet en el papel de Servilia
© A. Bofill | Gran Teatre del Liceu

Estabilidad en escena y en el foso orquestal. Auguin se mostró cómodo dirigiendo a una orquesta algo más incómoda con las partituras mozartianas, aunque acabaron esbozando las complejidades musicales de los protagonistas con rendimiento. Del reparto, todos especialistas del canto mozartiano, hubo impresiones varias. Sin duda, la medalla de oro se la llevaría la mezzo Stéphanie d’Oustrac por su Sesto, por su resolución en las dificultosas sonoridades. Detrás de ella, Servilia, por la soprano Anne-Catherine Gillet, de una delicadez escénica y de cristalina ejecución. Algo más revuelta la demostración de Myrtò Papatanasiu, en que la soprano daba vida a Vitellia con dificultad (recordando que la agilidad requerida para este papel es dificilísima), pero siendo la que mostró más dramatismo escénico. Paolo Fanale como Tito se mostró seguro y convincente, pero poco ágil en varias secciones. La obra, que está compuesta mayoritariamente de recitativos densos y complejos, fueron los que dieron vida a la acción de la representación; mención especial a otra mezzo, Lidia Vinyes-Curtis, por su papel de Annio, en la que se defendió con mucha más soltura que en los momentos cantados.

Ópera poco programada todavía en nuestros teatros, en las que pocas veces se rescata una historia con un abanico de aptitudes humanas tan enrevesadas entre ellas, como pueden ser el perjuicio, la gratitud, la absolución y el acuerdo entre otras, en un marco argumental que más que un adaptación de la historia es una cátedra de ella misma. Con una música que pasó a ser el culmen de todo lo que le quedó por decir al de Salzburgo, para más querer. Finalmente, la clase acaba con un Tito que prefirió llevar un mandato lleno de clemencia a uno vengativo. Cuántas lecciones en una ópera.

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