Manfred Honeck dirigió la Deutsches Symphonie-Orchester Berlin en un programa amplio e intenso que incluía la música de tres compositores que forman parte de su ADN musical, muy especialmente Gustav Mahler, cuya Sinfonía núm. 5 representaba el punto culminante de la velada. La Obertura para pequeña orquesta de Hans Krása es una obra de gran vitalidad, que en ningún momento permite intuir el inminente destino que aguardaba al compositor en las cámaras de gas de Auschwitz. Las cuerdas de la DSO tocaron de forma extraordinariamente viva y extrovertida, integrándose a la perfección con los clarinetes, las trompetas y un brillante pianista cuya parte percusiva proporcionó un incisivo y modernista contraste a los inspirados elementos melódicos. 

James Ehnes
© Benjamin Ealovega

El Concierto para violín núm. 3, de Mozart, con el canadiense James Ehnes, fue un relajante interludio. Ehnes mostró las cualidades que le distinguen: un sonido puro y una técnica infalible. Esta última le permitió producir etéreos pianissimi y trinos de una pureza indescriptible. Fue un Mozart elegante y comedido, sin excesos expresivos, con un Adagio que rozó lo sublime gracias al sonido diáfano de Ehnes y al sutil acompañamiento, en el que destacó el dúo de flautas. El Allegro final fue también ameno, especialmente en los dos episodios que Mozart incorpora dentro de la estructura del rondó, el Andante y el Allegretto, y que Ehnes y Honeck realzaron oportunamente.

Sin descanso, siguió una Quinta de Mahler memorable de principio a fin. Un Honeck intenso y visionario construyó un magnífico monumento sonoro, en el que la invención melódica y, sobre todo, la arquitectura sinfónica de la obra, brillaron al máximo. Una impecable entrada del trompeta solista y un tutti visceral dieron paso a una Trauermarsch más serena que pesante. Sin embargo, la reaparición de la marcha, enmarcada por los dos poderosos tríos orquestales, tuvo un carácter inquietante, al igual que la conclusión camerística. El tormentoso y agitado segundo movimiento, Sturmisch bewegt, explotó al máximo el virtuosismo de la orquesta, así como las posibilidades acústicas de la Philharmonie, ideal para este tipo de obras. 

Manfred Honeck
© Felix Broede
 

Para el hermoso Langsam de los violonchelos fue un refugio apropiado, pero la llegada del gran Hohepunkt del movimiento, que anticipa el coral que cierra la obra, ¡casi hizo venirse abajo a la Philharmonie! Pero fue mucho más que meros decibelios; musicalidad y refinamiento orquestal en su máxima expresión. El Scherzo contó con un joven solista, Bora Demir, buena muestra de la apuesta de la orquesta por los nuevos talentos. Sus dos épicas llamadas de trompa, en las que tiene que pasar de un doble ff a un cuádruple pppp, fueron sobresalientes. Le acompañó una orquesta electrizante, con una percusión brillante, unas maderas incisivas y unas cuerdas llenas de vigor y musicalidad. La división de los violines a ambos lados del director permitió disfrutar al máximo del diálogo constante entre las dos secciones. 

El arranque del Adagietto fue otro momento mágico en el que la música parecía surgir de la nada. Sin embargo, parte del hechizo se estropeó por una sutil, pero recurrente interferencia sonora en la sala a lo largo de la velada (un problema cada vez más común debido a la contaminación electrónica). Especialmente conmovedor fue el repentino doble pianissimo y el sutil glissando de violines y violas que dio paso a un inefable Molto Adagio. El Finale fue una doble lección de flexibilidad y virtuosismo de Honeck. Su dirección, ágil y muy intensa dio vida a una gama infinita de matices tímbricos, agógicos y expresivos, pero al mismo tiempo construyó una estructura global coherente, vinculada a los cuatro movimientos anteriores. El diálogo entre los tres elementos básicos de este rondó -el Allegro giocoso inspirado en el Wunderhorn, el Grazioso (recontextualización del Adagietto) y la cuerda contrapuntística- formó un exultante marco melódico. El Pesante final fue augusto y majestuoso, mientras que el acelerando beethoveniano de la coda fue recibido con una ronda unánime de aplausos y bravos. Estos fueron más que merecidos para una interpretación en la que no hubo ni una sola nota gratuita, en la que cada compás tenía un propósito y una dirección, y que confirma a Honeck como uno de los grandes directores mahlerianos de nuestro tiempo.

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