Aunque uno pueda pensar que viajar consiste únicamente en desplazarse de un punto geográfico a otro, la música ha demostrado sobradamente su capacidad para permitir transportarnos a lugares lejanos solo mediante el sonido. Un magnífico ejemplo de ello fue el tercer concierto de abono de la Bilbao Orkestra Sinfonikoa que hizo posible que el público presente en el interior del Palacio Euskalduna cruzara el continente europeo, partiendo de las verdes laderas de un pequeño pueblo de la costa vascofrancesa para terminar en los frondosos bosques de Bohemia.

El músico francés Philippe Gaubert compuso su obra Au Pays Basque tomando como base el trabajo del etnomusicólogo, también francés, Charles Bordes, estudioso de la música tradicional vasca. Aunque la obra fue creada en un periodo posterior al de máximo esplendor de la música programática, la partitura y la interpretación que de ella hizo la Bilbao Orkestra Sinfonikoa consiguió evocar de una manera superlativa lo descrito en los títulos de las dos partes que componen la pieza. Au matin dans la montagne arrancó suavemente con predominio de los sonidos graves del abanico orquestal, principalmente timbales, chelos y violas. Lentamente y en un crescendo continuo compartieron protagonismo los vientos, que se fueron disipando cual niebla, los trinos de los violines o las campanas, que en conjunto transmitieron una imagen de un amanecer idílico. La segunda parte Fête populaire à Saint-Jean-de-Luz se ejecutó de una manera alegre y dinámica, especialmente en su parte final, alternando en todo momento diferentes melodías y ritmos del folclore vasco.

© Bilbao Orkestra Sinfonikoa
© Bilbao Orkestra Sinfonikoa

El violinista alemán Frank Peter Zimmermann, cabeza de cartel de la velada, interpretó el Concierto para violín núm. 1 del compositor checo Martinů. Ofreció una interpretación llena de vitalidad y gestualidad a lo largo de toda la obra, pero en especial durante el Allegro moderato inicial. Extrajo un increíble sonido de su Stradivarius, tanto en los momentos en los que sus dedos se movían con una velocidad endiablada, como en los que lentamente ejecutaban delicadas melodías. El Andante resultó como un sinuoso río donde en cada meandro se producía un coordinado intercambio de protagonismo entre solista y orquesta. El Allegretto final reflejó la complicidad existente en todo momento entre violín y orquesta guiados por la precisa mano del maestro Erik Nielsen.

La segunda parte del concierto la protagonizó el máximo exponente de la música checa, Antonin Dvořák. La Sinfonía núm. 7, más que por el uso de melodías propias del folclore checo, presentes, pero en un segundo plano, destaca por su marcado carácter romántico. Aunque los primeros compases del Allegro maestoso inicial puedan recordar con su inicio grave y lento a la primera obra interpretada en el concierto, esta sensación desaparece rápidamente para ceder el protagonismo al romanticismo. Con una interpretación marcadamente dramática en cuerdas y metales, las reminiscencias musicales a Beethoven, Brahms o incluso Wagner, en intervenciones de los vientos durante el Poco Adagio, resultaron evidentes. La orquesta fue capaz de transmitir tanto una sensación de tragedia inminente en los tutti como un lirismo delicado desde las cuerdas. El maestro Nielsen presentó unos tempos juguetones durante el Scherzo para terminar con un rápido, pero controlado Finale.

El concierto resultó una interesante mezcla de estilos, colores y ritmos, notablemente interpretados por la Bilbao Orkestra Sinfonikoa y un destacado Frank Peter Zimmermann, que demostraron una vez más que no siempre es necesario moverse para viajar.

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