Para acompañar una de las noches más frías de lo que llevamos de invierno la Bilbao Orkestra Sinfonikoa, junto con el violinista Ning Feng y el director Giancarlo Guerrero presentaron en su décimo concierto de abono un programa formado por obras de dos compositores rusos. Aunque es habitual ver en la música rusa sus profundas raíces tanto en el folclore como en la cultura popular, no es el caso ni del Concierto para violín núm. 1, de Shostakovich ni de la Sinfonía núm. 6 en si menor, “Patética” ,de Tchaikovsky.

El violinista chino Ning Feng fue el protagonista de la primera parte del concierto. Estrenada en octubre de 1955, aunque compuesta varios años antes, la obra de Shostakovich está estructurada en cuatro movimientos. El Nocturno inicial arrancó tímidamente en los contrabajos para extenderse con delicadeza por la orquesta. El sonido contenido, tanto de la orquesta como del solista, destacó en este primer movimiento, fiel al comedido gesto del maestro. Una larga y tensa nota sostenida por el violín nos condujo al Scherzo, compases en los que el violinista demostró su absoluto dominio del instrumento, resolviendo con éxito todas las dificultades que el pentagrama le presentaba.

El violinista Ning Feng © Felix Broede
El violinista Ning Feng
© Felix Broede

Con pausa y sin precipitación, el diálogo en un continuo crescendo que se establece entre violines y vientos nos traslada a la Passacaglia, momento que aprovechó Ning Feng para demostrar un lirismo notable, consiguiendo transmitir de forma cristalina los lamentos que envueltos en melodías brotaban de su violín. El endiablado solo con el que se pone fin al movimiento no es más que un adelanto de la Burlesqua final, donde solista y orquesta se lanzaron en una vertiginosa, pero precisa carrera.

Tchaikovsky estrenó su Sinfonía núm. 6 en octubre de 1893, justo unos días antes de su muerte. La obra presenta una característica diferenciadora con respecto a la mayoría de sinfonías en cuatro movimientos anteriores: fue una de las primeras en ubicar el movimiento lento en último lugar, factor que incide en el carácter de la obra y que da más valor al sobrenombre de “Patética”. El Adagio arrancó con el tema interpretado por los vientos e inmediatamente contestado por las cuerdas, mostrando desde las primeras notas la sensación de sufrimiento presente en la obra.

Giancarlo Guerrero © Kurt Heinecke
Giancarlo Guerrero
© Kurt Heinecke

El maestro costarricense Giancarlo Guerrero, que mostró en esta segunda parte un gesto más enérgico, consiguió llenar de dinamismo a la orquesta, hecho que quedó patente en la explosión del tema más conocido del movimiento inicial. Con un sonido de marcado carácter romántico en las cuerdas y con todo el color orquestal desplegado, llegó el violento acorde que anunciaba el Allegro non tropo, segunda parte de este primer movimiento. Un prolongado redoble de percusión mientras las cuerdas y vientos recordaban el tema inicial, pero esta vez con un sonido grandioso, sirvieron de colofón a este primer movimiento. Bailando y saltando de manera alegre y juguetona se pasaron el Allegro con grazia y el Allegro molto vivace, con la orquesta mostrando un amplio abanico de matices que nos guiaron a la liberación de alegría previa al Adagio lamentoso final. En este último movimiento, tanto orquesta como maestro transmitieron con éxito el sufrimiento escrito en la partitura.

El concierto comenzó con una ofrenda floral por parte de la orquesta, solista y maestro en recuerdo de Costel Ristea, miembro de la orquesta desde 1982, recientemente fallecido y a quien dedicaron la interpretación. Descanse en paz.

***11