"Revuelto Ruso" es el título que la Orquesta Sinfónica de Euskadi le ha dado al segundo concierto de su temporada de abono, jugando con la nacionalidad de Dmitri Shostakovich, la influencia de la música rusa en el repertorio de Maurice Ravel y el centenario de la Revolución rusa. La velada resultó más bien un agradable revuelto de sensaciones, desde la emoción a flor de piel en la primera parte, hasta la montaña rusa sonora con la que se puso punto y final al concierto.

El pianista bilbaíno Joaquín Acchúcarro
El pianista bilbaíno Joaquín Acchúcarro

El pianista bilbaíno Joaquín Achúcarro jugaba en casa, y quedó demostrado desde el momento que puso el pie sobre el escenario del Palacio Euskalduna ganándose la primera ovación de la noche. El Concierto para la mano izquierda, de Ravel comenzó con una orquesta suave y calmada que a modo de introducción nos presentó a la verdadera estrella de la obra. A sus 85 años recién cumplidos el maestro irrumpió con decisión y transmitiendo su energía a la orquesta y al patio de butacas. Los diferentes motivos iban pasando del piano a la orquesta y de vuelta al piano con absoluta naturalidad, con una orquesta que daba color a la rica paleta cromática presente en la obra, mientras se sucedían temas con marcadas influencias rusas, hebreas o americanas. Achúcarro no solo prestaba atención a su interpretación, sino también a la de la orquesta, pendiente de que todo sonara como tenía que sonar. Setenta años frente a un piano es mucha experiencia acumulada si la sabes aprovechar. El maestro Robert Treviño, con gesto claro y comedido, consciente en todo momento de la situación, no dejó de prestar atención tanto al piano como a la orquesta, contribuyendo al buen resultado final.

Durante los aplausos posteriores se produjeron dos de los momentos más emocionantes de la noche. La interpretación del Cumpleaños feliz por parte de la orquesta y el público al solista bilbaíno, que cumplió años el pasado 1 de noviembre. Y la propina que este nos brindó. Una interpretación maravillosa y personal del Nocturno núm. 9 en mi bemol mayor de Chopin rodeada de un emocionante silencio.

La Orquesta Sinfónica de Euskadi momentos antes de comenzar el concierto © OSE
La Orquesta Sinfónica de Euskadi momentos antes de comenzar el concierto
© OSE

En la segunda parte del concierto se interpretó la Sinfonía núm. 11 de Shostakovich. La obra compuesta en memoria de la revolución de 1905 arrancó con un delicado piano de la sección de cuerdas que nos trasladaba a las inmediaciones del Palacio de Invierno en San Petersburgo. El sonido iba creciendo en intensidad a la par que las diferentes secciones orquestales se incorporaban. No era difícil imaginar al pueblo acercándose a la plaza con intención de trasladar al gobierno sus peticiones y quejas. Todo terminó con un brusco cambio de tempo y un contundente tutti que bajo la minuciosa y enérgica batuta del maestro Robert Treviño, se ejecutó con precisión militar por parte de la orquesta. El ejército había terminado con las protestas cargando contra la multitud, el silencio se adueñó de todo, y solo se percibían débiles ecos del clamor previo en forma de temas que recordaban el inicio de la obra. La tercera parte de la sinfonía estuvo dominada por la marcha fúnebre, que sonó espectacular en las violas y acentuó la melancolía presente en la partitura. A lo largo del movimiento sonaban diferentes motivos ya escuchados con anterioridad, cual homenaje a las víctimas masacradas, hasta llegar al clímax final. Con contundencia, emergió la marcha, que salvo durante un pequeño interludio, dominó la sección final de la obra. Al gesto preciso del maestro respondieron con agilidad las cuerdas, con brillantez los vientos y enérgicamente la percusión. Los cambios armónicos transmitían una sensación de esperanza en el futuro mientras el nivel sonoro iba aumentando hasta explotar en un potente golpe final. En ese momento, con el maestro y la orquesta completamente inmóviles, el lento morir del sonido de la campana marcó el final del concierto.

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