Los tradicionales sábados de concierto de la Orquesta Filarmónica de Bogotá no han perdido su vigencia. Así quedó demostrado el pasado 6 de abril con la presentación dirigida por el taiwanés Paul Chiang frente a un numeroso público. El programa, variado y contrastante, planteaba un recorrido musical desde el siglo XVIII hasta el XX en el que la orquesta debía desafiar tres retos completamente distintos: elegancia, fascinación y detalle con la Serenade núm. 2 de Brahms, mediante una orquesta reducida a cuerdas medias y graves y a vientos de madera; acompañamiento y exactitud en Introducción, tema y variaciones para clarinete y orquesta en do menor de Gioachino Rossini, y color, majestuosidad, unidad e individualidad con la Sinfonia de cámara de Dmitri Shostakovich.

La figura y los gestos de Chiang concordaban armónicamente con su presencia, más bien modesta, clara y precisa antes que estrambótica, tal como lo demandaba la música. Aunque su batuta era clara en las indicaciones de tempo, dinámicas y métricas, durante varias secciones de la obra de Brahms la orquesta no fue del todo precisa. Mientras las cuerdas aportaron un color fascinante, oscuro y profundo, homogéneo y expresivo, las maderas no lograron mezclarse ni imitar su propuesta tímbrica. Mientras movimientos como el primero y el último estuvieron caracterizados por una energía vibrante y romántica, el segundo y el tercero fueron más bien rígidos, imprecisos en ciertas secciones y carentes de emoción y gracia.

Tras dejar atrás esta obra romántica, el público recibió con aplausos al clarinetista Edwin Rodríguez, quien interpretó la obra de Rossini. Además de su virtuosismo, el solista se destacó por su afinación impecable con la orquesta y por la proyección de su sonido. La Filarmónica, sin embargo, descuidó la precisión de su acompañamiento. Las partes, sencillas y predominantemente rítmicas no estuvieron bien ensambladas en las cuerdas, a pesar de la preocupación de las primeras partes por hacer gestos de todo tipo con la cabeza y la mirada para que los demás instrumentistas los siguieran y tocaran juntos cada nota. Rodríguez se paseó por todo el registro del clarinete con un sonido dulce y parejo. Las melodías largas fueron expresivas y cantadas evocando la tradición operística de la cual hace parte Rossini y las secciones rápidas fueron claras y virtuosas. Sus rangos dinámicos fueron sorprendentes, especialmente en la primera variación y sus articulaciones fueron también precisas y pulcras.

Para finalizar el concierto, la orquesta interpretó la obra de Shostakovich y allí sí que dejó lucir su abanico sonoro, su grandeza musical, su energía y su gusto por la música. Se destacaron los solos de los vientos, especialmente el oboe y la trompa, así como el color de las cuerdas, profundo y dramático. Cada sección se destacó en diferentes momentos y demostró sus capacidades expresivas, tal fue el caso de la sección de cuerdas en el segundo movimiento, en el que lograron un fondo sonoro continuo, pesado y expresivo, o los primeros violines en el cuarto movimiento, que cantaron melodiosamente y con vigor.

El cambio en el desempeño de la orquesta entre las primeras dos obras y la última deja entrever con asombro que sus falencias son por falta de atención, cuidado y actitud. Escuchar una versión como la que hicieron de la Sinfonía de cámara les devuelve su estatus y los engrandece. El público bogotano se sintió sin duda privilegiado de escuchar esta gran versión cuyo final fue un instante fantástico en el que la música se fue apagando poco a poco, con calma y mesura hasta desaparecer en el silencio. La ejecución brillante y acertada bajo el concepto de Chiang logró que la orquesta entera se convirtiera en un solo instrumento con un color auténtico lleno de destellos y matices.

Aplausos merecidos para la Filarmónica por esta magnífica versión. No obstante, el público, asiduo y fiel a esta orquesta, también merece encontrarse con una agrupación cuyo desempeño sea constante en todas las obras, en todos los conciertos e independientemente de su director. Merece reconocer una orquesta que mantenga su nivel y crezca cada día más, que contagie de buena energía y de pasión por la música a esos bogotanos que la siguen, la apoyan y le regalan su cariño desde hace 50 años.

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