Regresar a las salas de concierto es retomar ese ritual amado en el que la música nos atraviesa y nos resignifica. Tras un año de silencio, los detalles se convierten en un mundo por descubrir, una primera vez emocionante en la que todo parece novedoso: la llegada al teatro, los saludos en el lobby, la lectura del programa de mano, el sonido desordenado de la orquesta antes de afinar o los aplausos de bienvenida a los músicos. Así fue la energía el pasado 26 de febrero en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. Un auditorio con el aforo completo y un público expectante y emocionado le dieron la bienvenida a la Sinfónica Nacional de Colombia bajo la batuta de Adrián Chamorro.

Uno de los mayores aciertos de la noche fue el repertorio escogido. Como si se tratara de una metáfora para este ritual del regreso, las tres obras que integraban el programa apelaban a la alegría, el brillo, la elegancia y la tradición. La Sinfonía núm. 8, Op.93 de Beethoven, esa sinfonía alegre y burlesca, fresca y rimbombante que fue escrita en una de las etapas de crisis del compositor, es un símbolo perfecto para esta época pandémica: nada está bien, pero todo va a estar bien.

Adrián Chamorro al frente de la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia
© OSNC

Lo cierto es que con toda la emoción que implicó presenciar este concierto, no fue una de sus mejores presentaciones. El distanciamiento al que hemos estado obligados durante un año también se vio reflejado en el resultado musical de la Sinfónica, una orquesta que siempre se ha caracterizado por su magnífica sonoridad, por la unidad y compenetración a la hora de tocar, por su comunicación y expresividad. Tal vez por la misma lejanía entre músico y músico, tal vez por ser la primera reunión después de tanto tiempo, la sensación a lo largo del programa fue de poca unidad y sincronización entre las secciones, lo que se vio reflejado mayormente en la obertura de La clemenza di Tito y en el cuarto movimiento de la Sinfonía.

Por su parte, el Concierto para violín núm. 3 de Mozart nos presentó una posibilidad maravillosa de escuchar un solista impecable, cuyo sonido vibró por todo el auditorio con una expresividad y un virtuosismo loables. Leonidas Cáceres tiene esa capacidad de emocionar con una interpretación sobria pero virtuosa, sin pretensiones pero con aciertos, y con una inteligencia musical que le permite jugar con la música y brillar. En esta misma obra, sin embargo, la comunicación entre director y orquesta fue un tanto frágil, pues hubo inestabilidad en el acompañamiento y en los diálogos entre solista y tutti.

El violinista Leonidas Cáceres
© OSNC

Es de resaltar, como siempre con la Sinfónica, las fantásticas intenciones musicales, la expresividad y el abanico dinámico tan bien logrado, rasgos que fueron aún más notables en la Sinfonía. En el primer movimiento, la orquesta, bajo la dirección de Chamorro, consiguió muy bien ese carácter gracioso soportado por las dinámicas y el contraste abrupto entre tensión – relajación. El segundo movimiento, por su parte, fue uno de los mejores momentos del concierto: el diálogo entre cuerdas y vientos, el carácter bromista, y la sonoridad en general del conjunto lograron una expresión auténtica, imprimiéndole el sello de la Sinfónica Nacional. Mientras tanto, los dos movimientos restantes tuvieron en común la dificultad para comprender lo que sucedía musicalmente en las secciones de textura más densa: hubo algunos errores desafortunados a nivel de ensamble y una inestabilidad en el pulso y la sensación rítmica.

Si algo nos ha enseñado este tiempo pandémico es que retomar las dinámicas anteriores toma un poco más de tiempo y requiere pensar en ese reinicio como el ritual místico de la primera vez. Quizá mientras volvemos a habituarnos a la antigua normalidad los tiempos de preparación para obtener los resultados esperados tomarán más tiempo que antes; quizá la música tardará más en madurar mientras nos acostumbramos a esa distancia antipática entre músicos que tocan tras paneles acrílicos; pero quizá también será necesario pensar qué tanto aprovechamos el tiempo de confinamiento para perfeccionar la labor artística individual o, por el contrario, qué tanto de esto perdimos mientras las orquestas permanecieron en silencio.

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