El público del Teatro Colón se elevó en una ovación generalizada. Entre aplausos y vitoreos, el director suizo Emmanuel Siffert salió tres veces al escenario para despedirse de aquel auditorio que acababa de presenciar un magnífico concierto. Con la misma humildad y sencillez con la que dirigió, le regaló una reverencia al público y un saludo generoso a la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. El entusiasmo de los asistentes respondía de manera equivalente a la entrega y la energía que sostuvo la Orquesta durante este concierto. Antes de dejar el Teatro, repasé en mi mente lo sucedido en esta velada.

El Concierto-son para flauta y orquesta de Arturo Márquez abrió el programa. En el escenario, Gaspar Hoyos, primera flauta de la Orquesta de la Ópera Nacional de Lorraine, saludó al público con una sonrisa ligera. La precisión del inicio y la sonoridad de la orquesta fueron la primera puntada de ese hilo con el que se tejería todo el concierto: la energía arrolladora de una orquesta que lo entregó todo en escena y se desenvolvió con absoluto poder, sinergia y pulcritud. Sobre el ritmo de danzón cubano, bien establecido por la Sinfónica, brilló el sonido penetrante, dulce e intenso del solista colombiano. Haciendo honor al nombre del primer movimiento, De tierra, el color y la atmósfera se mantuvieron estables. La orquesta brilló por sus intervenciones rítmicas y los diálogos compenetrados de la melodía, repartida entre los vientos madera y los violines. 

El flautista Gaspar Hoyos, el director Emmanuel Siffert y la Orquesta Sinfónica Nacional © Archivo Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia
El flautista Gaspar Hoyos, el director Emmanuel Siffert y la Orquesta Sinfónica Nacional
© Archivo Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia

El solista, con sus pasajes virtuosos, se mantuvo sobrio en su interpretación. Mientras tanto, en el segundo movimiento, De mar, el sonido de la flauta, más pastoso y etéreo, nos condujo a una atmósfera ligera en donde la orquesta se movió por matices fantásticos. En la segunda parte, el ritmo de son fue liderado por la clave y las congas, mientras que la flauta iba cantando una melodía sentida que se transforma en una sección de carácter improvisatorio sobre gestos afrocaribeños. La sonoridad del tutti evocó las bandas de bolero de mediados de siglo. El tercer movimiento, una cadenza de concierto ágil y virtuosa, dice mucho y a la vez aporta poco. Finalmente, De fuego, la última parte, terminó por demostrar el abanico dinámico del solista, así como un nuevo carácter, esta vez más gracioso y animado. Resalto los solos del corno francés y las maderas, la expresividad de la orquesta, su sonoridad brillante, el balance con relación al solista y su precisión en el ensamble. Gaspar Hoyos nos trajo de regreso a lo esencial: un sonido genuino y fascinante, una interpretación justa y medida y un despliegue de matices que funcionan como escalera: conducen hasta la cúspide, sostienen la tensión y nos devuelven al más confortable reposo.

Después de este primer momento brillante y rítmico, el programa dio un giro hacia una obra trascendental, emotiva y profundamente humana: la Sinfonía núm. 2 de Rachmaninov. A lo largo de sus cuatro movimientos, la orquesta nos condujo por melodías largas, dolorosas y apasionadas, así como por secciones triunfales, ágiles y llenas de fuerza en las que la precisión en los cambios de tempo y el nivel de comunión fueron los derroteros. Tal vez esa dualidad presente en cada sección es la que hace de esta Sinfonía una obra tan penetrante, transformadora y humana.

El Largo del primer movimiento fue sinónimo de belleza pura: las cuerdas, sentidas y en total sincronía, nos permitieron emocionarnos y soñar. La energía y entrega de toda la orquesta se reflejó en cada frase conducida, en la calidad del sonido, la afinación impecable y la mezcla de timbres abiertamente opuestos que lograron fundirse para crear un entorno sonoro poderoso. Tanto en este como en los demás movimientos, Siffert manipuló el tempo de manera magistral, logrando sostener instantes, como quien los congela en el tiempo, y luego hacerlos fluir con naturalidad. En el segundo movimiento, el contraste entre dos caracteres opuestos es tan fugaz que parece una batalla constante: un tema brillante, ágil e incisivo se enfrenta a uno más nostálgico y largo conducido por las cuerdas y apoyado por el resto de la orquesta. La interpretación apasionada de la Sinfónica Nacional logró trasladarnos a reinos mágicos como sacados de una película. La misma sensación permaneció durante el tercer movimiento, un momento dulce y melancólico conducido por el solo de clarinete que, con su voz encantadora, voló sobre un piso armónico que iba cambiando sutilmente y envolviendo el entorno. El desarrollo de este movimiento nos condujo por un paisaje sonoro perfectamente logrado que desapareció al fundirse por completo en el silencio.

El desempeño de la última parte de la Sinfonía terminó por sellar la promesa ya conquistada: triunfo, brillo, movimiento y un cierre contundente y desbordado apoyado por el timpani. Siffert, con su sencillez y mesura, logró hacer una versión cercana e íntima de esta obra; la orquesta, con su actitud y entrega, alcanzó la sinergia necesaria para llenar el teatro de belleza y emoción absoluta.

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