Poco más de una centena de jóvenes vestidos de traje y Converse negros desfilaron con sus instrumentos por el escenario del Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo. El público acompañó la entrada con aplausos y ovaciones, sin todavía haber escuchado una sola nota, como quien presagia lo que está por suceder. En el horizonte se recreaba la imagen del Musikverein de Viena y, sobre toda la orquesta, se suspendían dos lámparas de cristal como las que penden del techo de aquel auditorio vienés. Ese tributo escenográfico no solo celebró el lugar de estreno de la obra que estábamos por escuchar, sino que creó una fantástica analogía entre la majestuosidad y belleza del teatro y la monumentalidad y el misterio de la Sinfonía núm. 8 de Anton Bruckner.

El sonido emergió desde el silencio. Las cuerdas propiciaron ese primer instante, casi imperceptible y repleto de incertidumbre, sobre el cual se comienzan a construir los temas extensos de esta sinfonía. El inicio fue memorable, prolijo y cautivante. Lo que sucedió después fue una consecuencia del nivel de comprensión de esta obra, de la disciplina al más alto nivel y de la entrega absoluta de los intérpretes a esa obra que invita, más allá de sentir, a comprender y reflexionar. El nivel de atención que requiere el oyente para darle sentido a esas melodías largas y a esos giros impredecibles de esta sinfonía solo pueden ser posibles si el desempeño de la orquesta está al nivel del discurso. Y lo estuvo. Fue extraordinaria la forma en la que esta agrupación de jóvenes logró conducir las frases y darles coherencia, trasladar al público por atmósferas contrastantes, abrumarnos con pianissimi cargados de drama, por fortes majestuosos y por abismos silenciosos.

El director Lawrence Renes © Mats Bäcker
El director Lawrence Renes
© Mats Bäcker

La sonoridad y el equilibrio de las cuerdas sostuvieron la tensión y la belleza de las melodías: las cuerdas graves, profundas, vibrantes e intensas, fueron el soporte armónico y la base de la emocionalidad durante los cuatro movimientos. Los violines se impregnaron de ese carácter para cargarse de movimiento, grandeza y tensión contenida. La precisión y la mezcla de esta sección fue uno de los grandes destacados de la noche. Qué gran comunión hubo entre sí. Por su parte, los metales, grandiosos y majestuosos, le aportaron un color imprescindible a la sinfonía: fanfarrias brillantes, pero también melodías sobrias y equilibradas, secciones rítmicas y contundentes. La sección de cornos y tubas wagnerianas envolvió la sonoridad de los metales graves, fundiéndose de forma fantástica entre sí. Las maderas, cálidas y líricas, fueron las mediadoras entre cuerdas y metales; sus solos fueron magníficos; resalto, por todo el protagonismo que tiene durante la obra, el desempeño del primer oboe.

Lawrence Renes condujo a la Filarmónica Joven de Colombia con mesura y pasión. Su dirección fue precisa, prolija y no hubo ningún gesto que sobrara. Con ese mismo carácter y esa conciencia de la solemnidad y la fuerza, entre espiritual y terrenal de esta obra, hizo sonar la orquesta.

En el segundo movimiento, Scherzo, hay que resaltar el buen balance logrado entre cuerdas y metales, el protagonismo de la sección de maderas y el corno francés, que aportaron lirismo y delicadeza, así como la exactitud minuciosa de los pizzicatos en las cuerdas y el unísono implacable y mágico de las tres arpas. Mientras tanto, en el tercer movimiento, Adagio, el más extenso y tal vez uno de los instantes más bellos y enigmáticos de la obra que además conduce al clímax, la orquesta completa desplegó su sonoridad y su abanico de dinámicas. Como si se tratara de un mismo instrumento, la sonoridad oscura y el carácter un tanto melancólico envolvió cada sección de instrumentos; la orquesta, liderada principalmente por las cuerdas, se movió de forma homogénea y concentrada hacia la cúspide de la obra: un destello enérgico y brillante que parece solucionarlo todo, pero que luego se deshace en la aparente calma con la que se desarrolla el movimiento. El Finale, majestuoso, rítmico y vigoroso, condensó todas las cualidades de los anteriores movimientos. Allí, el timpani, preciso y muy prolijo, fue protagonista, al igual que los metales. Los cambios de color y atmósfera siguieron siendo sorprendentes y la calidad del sonido y la afinación se mantuvieron presentes. El desarrollo hacia el final fue un momento emotivo y fascinante en el que, por fin, toda la tensión contenida y las frases extendidas de los movimientos llegaban a una conclusión. Ojalá los aplausos del público no se hubieran abalanzado tan pronto sobre ese final, digno de unos cuantos segundos de resonancia en el aire, que permite decantar todo lo que la mente y los sentidos han recorrido durante hora y media.

Es realmente emocionante y gratificante presenciar una interpretación de una orquesta tan joven: extraordinaria, impecable y entregada. Solo una palabra resume el sentimiento que permanece después de este concierto: orgullo.

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