La Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia presentó un programa que prometía ser, de entrada, una experiencia emotiva y profunda por todo lo que integraba: un joven pianista interpretando a Beethoven, la batuta del renombrado director Andrés Orozco-Estrada y la ejecución de la Sinfonía núm. 1 de Brahms, una obra contrastante y sentida que pasa de la oscuridad a la luz y se convierte en una perfecta metáfora de la época que vivimos.

Antes de que sucediera cualquier cosa en escena, Orozco-Estrada se dirigió al público del Teatro Mayor en Bogotá con el carisma y la naturalidad que lo caracterizan. Presentó el programa y el solista, mencionó los desafíos de tocar con el distanciamiento interno de los músicos de la orquesta, e incluso invitó al público a aplaudir entre movimientos si así lo querían. Esto, a mí parecer, marca un precedente importantísimo que nos invita a pensar la forma en que nos relacionamos con la música clásica, la responsabilidad de conectar con la audiencia, crear nuevos públicos y romper ciertos formalismos que, por lo general, enfrían la relación con un arte que es cálido y profundamente humano.

El director Andrés Orozco-Estrada
© Jhon Acosta | Archivo OSNC

Con la propiedad de alguien que sabe que nació para estar en el escenario, Matthew Garvin Díaz, el joven pianista bogotano de 13 años, saludó al auditorio con reverencia. Durante el primer movimiento del Concierto núm. 2 para piano de Beethoven se hizo evidente la búsqueda del fraseo y la expresividad trabajada por Orozco-Estrada con el solista. El carácter juvenil y picaresco de esta obra fue interpretado con naturalidad por Garvin Díaz, quien se destacó por su técnica, su abanico de dinámicas, y el juicioso entendimiento de la obra. Estas cualidades le permitieron, justamente, jugar con los caracteres contrastantes que demanda el concierto.

Las indicaciones de expresión que pidió Orozco-Estrada fueron replicadas claramente tanto por Garvin como por la orquesta y, con un juego de miradas cómplices entre director y músicos, lograron una muy bella comunicación. No obstante, tanto en el primer como en el tercer movimiento (que fueron los únicos que se interpretaron), la capacidad de reacción de la orquesta fue más lenta de lo que pedía el director y el solista en algunas secciones. Las partes más virtuosas, como la cadencia del primer movimiento y los pasajes rápidos del tercero, fueron muy bien sorteados por Garvin, pero también dejaron entrever la ansiedad natural de su juventud, la cual le imprimió a su versión un sello genuino e inocente que nos recuerda la belleza que existe en los procesos.

La obra de Beethoven finalizó con una lección: la técnica y la maestría instrumental se van ganando con el trabajo constante, pero la sensibilidad y el carisma son innatos. Energías tan poderosas como la que irradia Orozco-Estrada o la expresividad auténtica de Matthew Garvin Díaz nos permiten vivir la música desde una relación emocional y significativa que trasciende lo mecánico y se aloja en las fibras más profundas.

Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia
© Jhon Acosta | Archivo OSNC

Esta sensación se hizo más vívida con la Sinfonía núm. 1 de Brahms. Orozco-Estrada regresó al podio y, sin ningún preámbulo, los golpes de los timbales dieron inicio a la sinfonía de forma súbita. El fraseo largo y sentido del tema melódico, la creciente tensión de un drama oculto y el color de la cuerda marcaron el primer movimiento, mientras que el solo formidable y vibrado del oboe creó uno de los instantes más bellos de este momento musical. La energía desbordante con la que dirige Orozco-Estrada impregnó la sonoridad de la orquesta y la claridad de sus intenciones musicales hizo que cada frase cobrara sentido, logrando dar valor a todas las voces de un gran tejido musical.

Durante el segundo movimiento, la orquesta nos ofreció un despliegue de lirismo y un color apasionado y cálido. Sus matices y los diálogos entre cuerdas y vientos fueron penetrantes. No obstante, la afinación de los vientos fluctuó y hubo algunas disparidades de ensamble que quedaron en mayor evidencia en fragmentos delicados como el final del movimiento. La distancia entre cada músico dificulta, de manera evidente, pulir estos detalles, pues hay momentos en los que es notorio que no logran escucharse entre cuerdas, vientos y percusión. Los protocolos de bioseguridad han opacado cualidades del trabajo de ensamble que normalmente caracteriza a la Sinfónica y sería prudente preguntarse qué alternativas existen para continuar cuidándonos sin que la música salga perjudicada.

El tercer movimiento empezó justamente con una reacción tardía al tempo que marcó el director y que se hizo aún más evidente durante el solo del primer clarinete. El carácter dinámico de este movimiento marcó la pauta para un maravilloso movimiento final. El icónico acelerando de la introducción del Finale fue estupendo y la tensión se acrecentó. La llamada brillante del corno francés envolvió gloriosamente el auditorio y el coro de trombones, impecables en su intervención, le imprimió belleza a este instante místico que se transforma paulatinamente en una melodía esperanzadora. La llegada al clímax del movimiento fue una celebración victoriosa de todo lo sucedido anteriormente, guiada por la energía poderosa del director.

Dos cosas absolutamente memorables sucedieron esta noche. Por un lado, ver dirigir a Andrés Orozco-Estrada es una experiencia única: la música la lleva en cada gesto, su carisma es inigualable y sus ideas musicales logran ser escuchadas claramente, pues la orquesta es su instrumento. Por otra parte, reafirmar que la música está en primer lugar, por encima de formalismos, y que la excelencia, la humildad y el carisma deben estar al servicio de ella.

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