La certera batuta de Charles Olivieri-Munroe en la Orquesta de Extremadura y el luminoso estreno como solista de Víctor Díaz Guerra en el Palacio de Congresos de Cáceres, sucumben en un discurrir ligero, alterno y con destellos fugaces. Weber ocupó la primera parte del concierto, en concreto la obertura de la ópera Oberon: una magnífica entrada para inundarnos una positiva energía. Con unas dinámicas y un tempo moderados en el conjunto orquestal, nos sumergió lentamente en un plácido vuelo. Esta estabilidad funcionó correctamente con las melodías fugaces entre violines y chelos en la introducción. Sin embargo, quedó un poco desdibujada con las toscas uniones entre los bloques tímbricos de las cuerdas y viento en la segunda parte, restando frescura a las tarareables melodías.

El clarinetista Víctor Díaz Guerra
© Orquesta de Extremadura

El Concierto para clarinete y orquesta núm. 1 en fa menor, op.73 fue la segunda obra de Weber. En ella se pudo apreciar el despliegue vitalista del cacereño Díaz Guerra, cumpliendo las expectativas al estrenarse como solista en su ciudad natal. Como anteriormente, el pulso continúa demasiado medido en el primer movimiento marcado por los chelos, pero la pulcra entrada y la infinita destreza fraseando de Díaz Guerra permitió crecer y apreciar la gracia en las melodías protagonistas. Aunque el justo respiro que permitía la dirección hacia los vientos en el segundo y tercer movimiento restó cierta luminosidad a la contemplación del dramatismo asentado por Weber. No obstante, el entrecruzado diálogo en el tercer movimiento entre el virtuosismo del clarinetista cacereño con el caudal inagotable de escalas y la cálida respuesta de la orquesta, nos invadieron plenamente de un tono burlón y danzarín, pese a que, en momentos, las exageradas dinámicas orquestales ensombrecían el clarinete. Sobre todo nos quedamos prendados en aquellos fragmentos donde el solista tenía más libertad melódica con un justo acompañamiento orquestal, al apreciarse la volatilidad de Díaz Guerra en las melodías gráciles y juguetonas inspiradas en la orilla del río Elba.

Charles Olivieri-Munroe y Víctor Díaz Guerra con la Orquesta de Extremadura
© Orquesta de Extremadura

Ante la amalgama de juegos melódicos en las que el público se vio embriagado, el reiterado aplauso llevó a que Díaz Guerra lo agradeciera con una pieza fuera del programa, acompañado de unos colegas músicos –fundamentales en los inicios de esta fascinante carrera que se está labrando. La adaptación para cuarteto de clarinetes de la Danza española núm. 1 de La vida breve de Falla fue la obra escogida. Esta se convierte en un momento culmen de la velada al imbuirnos en la magnífica conversación musical, al palpar compenetración en la toma y desarrollo de los ardientes y delirantes caminos musicales de Falla.

Tras una primera parte en la que orquesta y clarinetista nos hicieron apreciar colores explosivos, la última parte del concierto se extendió en el lirismo profundo de Woyrsch con la Sinfonía núm. 1 en do menor, op.52. En los dos primeros movimientos, unas amplias dinámicas y una limpia precisión en el tempo y el ritmo consiguen acunar nuestra fragilidad en las delicadas melodías desarrolladas por las cuerdas. Sin embargo, en los últimos movimientos la tensión dramática creciente quedó blanquecina, y sin la fuerza requerida, al quebrar en demasía las diversas partes establecidas entre los distintos bandos tímbricos. Esta brusquedad llevó a que resultara infranqueable la honda oscuridad imbuida en las melodías. A lo que sumó que la luz y delicadeza de los vientos no fueran resaltadas al dejarlos en el trasfondo de unas magníficas cuerdas, arrastrando una atmósfera final espesa y poco resolutiva.

De esta forma, el equilibrio en la orquesta quedó mediado por la simplemente correcta dirección, aunque la frescura y grandísima habilidad de Díaz Guerra revivía esa falta de calidez discontinua. 

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