Una soleada y luminosa tarde de junio que invitaba al tan añorado optimismo musical puso el punto final a la temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia en el Coliseum de La Coruña. Emociones a raudales por muchos motivos, entre ellos por reunir sobre el escenario a una importante parte de la familia de la Sinfónica: la propia orquesta senior, la orquesta de niños y el Coro de la Sinfónica de Galicia.

Había asimismo una sensación de satisfacción por haber conseguido llevar a buen puerto todos los programas de una exigente y variada programación en la que incluso se mantuvieron en cartel obras monumentales como la Novena sinfonía de Mahler, la Sinfonía doméstica de Strauss o el Mesías de Haendel. Salvo contadas excepciones, en las que el streaming fue la única opción permitida, todos los programas pudieron ser realizados con público, en aforos variables. Y todo esto sólo ha sido posible gracias -aparte del esfuerzo de todos los estamentos de la orquesta- al traslado al Coliseum de La Coruña. Fue una empresa tremendamente complicada, por no decir utópica, montar una concha acústica que garantizase el equilibrio entre el distanciamiento y el disfrute auditivo en una sala tan inmensa, pero ahí está el histórico resultado: mantener viva la música a un gran nivel a lo largo de estos complicados meses. Algo prácticamente inédito en todo el mundo musical.

La Orquesta Infantil de Son Futuro, el proyecto educativo de la Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia

El público ocupaba todas las plazas disponibles en el Coliseum para disfrutar, en primer lugar, del hacer de la orquesta infantil de la OSG. Un proyecto que cumplía su décimo aniversario y que desde sus inicios ha estado en manos de Enrique Iglesias, Jorge Montes y Alejandro Sanz; padres musicales de una impresionante cantera de jóvenes músicos. Junto con Slobodeniouk eligieron una obra conmemorativa ideal para la ocasión; el Concerto grosso de Ralph Vaughan Williams. Música concebida en los años cincuenta para realzar el trabajo de grupos de distintas edades y habilidades. Los jóvenes músicos evidenciaron un extraordinario trabajo previo, sonando en todo momento como un todo, afinado y cohesionado. Entre los números de la obra fueron especialmente impactantes la grandiosa Intrata y sobre todo, la emotiva Sarabanda, tocada con una sensibilidad e introspección asombrosa a edades tan tempranas. Imposible no emocionarse ante la visión de un centenar de jóvenes volcados con la música clásica con tanta pasión y empatía. La Marcha final retomó el ambiente festivo con una exultante lectura en la que Slobodeniouk arrastró a las chicas y chicos de la orquesta en una desenfadada explosión de alegría y vitalidad.

La segunda parte fue no menos emotiva y no sólo por la obra programada, el indescriptible Requiem de Mozart, sino también por la presencia en el escenario del Coro de la Sinfónica de Galicia. La música coral ha sido la máxima damnificada a lo largo de estos meses de pandemia, obligada a tener una presencia casi testimonial en la temporada. Abordar una partitura tan relevante en un momento tan señalado era un justo premio a un año tan frustrante.

Coro y Orquesta Sinfónica de Galicia, Dima Slobodeniouk y solistas saludan al final del concierto
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Acometer una obra de esta magnitud en la que las voces del coro son las protagonistas absolutas, pues han de transmitir toda la amplísima gama de sensaciones, estados de ánimo e impulsos, que milagrosamente nacieron de la pluma de Mozart, es siempre un privilegio, pero hacerlo con las limitaciones que la situación actual plantea se puede llegar a convertir en una tortura. Sólo hay que pensar en el gran distanciamiento entre los cantantes del coro, repartidos formando una U entorno a la orquesta, sin proyectar de una forma conjunta y cohesionada, sin poder escucharse unos a otros en tiempo real -¡cuánto tarda una voz en llegar de un extremo a otro en este escenario!- y cantando con mascarillas de triple capa. Todo esto convertiría este Requiem en un imposible, y sin embargo el coro obró el milagro, venciendo y convenciendo ante todas las limitaciones citadas. Sus intervenciones fueron un disfrute continuo, pero destacaría la inmensa energía desplegada en el Rex tremedae y el Confutatis con los enérgicos ataques de los tenores y la hermosa y afinadísima respuesta de las sopranos y las mezzos. Obviamente el impacto acústico no fue el que esta obra nos genera habitualmente, pero eso sucede en esta sala no sólo a un coro, sino también a la orquesta sinfónica en obras en las que ha contado con toda su plenitud de efectivos. En cuanto al cuarteto vocal, por mi proximidad a ellos disfruté especialmente del tenor y del barítono, pero los cuatro solistas contribuyeron al alto nivel de la interpretación, implicándose e integrándose en la concepción de Slobodeniouk y realzando al máximo sus momentos más significativos, entre ellos el inefable Tuba mirum. Fue un Requiem, sereno y contemplativo desde el mismísimo Kyrie inicial; por supuesto con sus momentos airados y dramáticos realzados al máximo, pero siempre respetuoso en los tempi y en las dinámicas con la difícil labor del coro. 

En resumen, una interpretación que hizo justicia a uno de los culmen de la música religiosa y a las expectativas de todos los asistentes, tal como se reflejó en las interminables y merecidas ovaciones.

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