Fue hace ya 12 años, en el 2009, cuando el recién vencedor del Concurso Chopin de Varsovia, Rafał Blechacz, debutaba con la Orquesta Sinfónica de Galicia de la mano de Víctor Pablo Pérez, en aquel momento titular de la orquesta. En lugar del previsible concierto chopiniano, la obra programada había sido el Concierto núm. 2 de Saint-Saens. Sin embargo, el viernes pasado, en el retorno conjunto de ambos músicos a La Coruña, sí se cumplieron las expectativas y pudimos disfrutar del pianista polaco en el repertorio que le lanzó la fama: el Concierto para piano núm. 1 en mi menor, de Chopin. Un segundo aliciente era contar, por vez primera tras la pandemia, con Víctor Pablo Pérez al frente de la Sinfónica de Galicia.

La primera parte resultó un tanto ambivalente, con un Blechacz deslumbrante, exhibiendo una técnica precisa y refinada, pero con un acompañamiento orquestal en algunos momentos un tanto opaco. No podemos culpar de ello a la tan criticada escritura orquestal de Chopin, pues, aunque la orquestación no es precisamente un dechado de ideas, contiene no pocas gemas, tanto en la grandilocuente introducción como en la apasionadamente mendelssohniana sección central del primer movimiento. Pero lo cierto fue que el carácter grandilocuente que Pablo le confirió al Allegro maestoso resultó menos interesante que otras concepciones alternativas, más dramáticas o impulsivas. Esto hizo que desde su primerísima entrada el protagonismo se centrase en un Blechacz extraordinariamente enfático y expresivo. Su contrastadísima interpretación, desbordante de carácter le convirtió en un verdadero hombre orquesta. Blechacz, sin embargo, nunca cayó en lo teatral o exhibicionista; nada más lejos de una personalidad tan sobria. El resultado fue una interpretación del Allegro maestoso abrumadora, sensible y sentida a la vez.

El pianista polaco Rafał Blechacz
© Marco Borggreve

En la Romanza Blechacz construyó un amplio arco musical, evanescente, de gran belleza, que desmintió cualquier descripción del solista como un intérprete frío. Al contrario, su legato destiló una calidez inefable. Aunque orquestalmente, hay coincidencia en considerarlo el movimiento más discreto, pudimos disfrutar de un intercambio preciosista entre trompas y solista... y también del inopinado rugido de un camión en pleno éxtasis musical. El Rondo-Vivace fue resuelto con una ya descarada extroversión por parte del solista, exhibiendo éste una paleta de colores auténticamente sinfónica. A pesar de las premuras de la pandemia, Blechacz ofreció al público un bonus chopiniano adicional: uno de sus famosísimos valses.

La extraordinaria labor desarrollada por Víctor Pablo Pérez a lo largo de dos décadas como director titular de la orquesta, no sólo para construir el instrumento de la OSG, sino también para dotarlo de un sonido propio y auténtico, se construyó sobre la realización de los seminales ciclos sinfónicos de Bruckner, Mahler y Shostakovich. Aunque nunca llegó a completar ninguno de ellos, estos constituyeron una excelente piedra de toque, para una orquesta en continua progresión. Entre ellos, es sin duda con el compositor soviético con quien Víctor Pablo obtuvo sus mejores resultados musicales. Era por tanto un gran aliciente verlo en acción en la Sinfonía núm. 9 en mi bemol mayor, tan injustamente menospreciada.

Fue en todos sus movimientos una Novena introvertida y contenida, muy atípica en su casi media hora de duración. Pérez extrajo un sonido soberbio de todas las secciones de la orquesta, que aparentemente se sintió muy cómoda con esta lectura a medio gas. El circense Allegro inicial estuvo insuflado de un tinte amargo y resignado, tan inusual como atractivo. El estático Moderato resultó especialmente enigmático en sus dos desquiciantes interludios, pero un tanto monótono, hasta el punto de que el magnífico solo de clarinete perdió buena parte de su impacto. En el Presto, a pesar de las excelentes intervenciones de los solistas de clarinete y trompeta, se echó en falta una mayor vehemencia y desquiciamiento que hubieran evitado la sensación de monotonía que se estaba apoderando de la interpretación. Las llamadas de los trombones que abren el Largo resultaron nuevamente de lo más estáticas. Por si fuera poco, el hieratismo se prolongó en el Allegro final; sin duda el movimiento menos conseguido de los cinco, carente de picardía y de cualquier tipo de carácter, hasta el punto de que la siempre inesperada conclusión no resultó en absoluto sorpresiva. Una interpretación muy personal y arriesgada de Víctor Pablo Pérez en la que aspectos tan relevantes en Shostakovich como el humor y la ironía brillaron por su ausencia.

***11