La temporada de la Sinfónica de Galicia en el Coliseum de La Coruña contó con la visita del director británico Rumon Gamba, una de las batutas con la que la orquesta ha establecido en las últimas décadas una relación más estrecha. Juntos han protagonizado una exitosa participación en el Festival Música-Musika y sustanciosos programas sinfónicos en la temporada de la orquesta. En ellos, como en el presente, Gamba ha abordado a menudo obras técnicamente exigentes para la orquesta, como es por ejemplo el caso de una Primera sinfonía de Walton cuya intensidad a buen seguro permanece en la memoria de los abonados a la orquesta.

En esta ocasión, dos obras rusas, ambas de carácter danzable, enmarcaron la estimulante interpretación de Alén del compositor gallego Eduardo Soutullo; la última obra premiada por la Fundación BBVA – AEOS (Asociación Española de Orquestas Sinfónicas), en concreto, en noviembre de 2019. El suizo Baldur Brönnimann, uno de los directores actuales más implicados en la interpretación de la música contemporánea, fue el presidente de un avezado tribunal que en su día ensalzó la pieza como “un claro ejemplo de una obra técnicamente muy buena en la transformación de su idea, dotada de un gran fundamento musical y, que a la vez, destaca por su originalidad.” Y ciertamente todos estos aspectos relucieron en la interpretación de la obra.

El director Rumon Gamba © Andreas Nilsson
El director Rumon Gamba
© Andreas Nilsson

En sus efímeros, pero al mismo tiempo densísimos diez minutos de duración, es Alén una obra que engancha al oyente de principio a fin, como pocos estrenos contemporáneos consiguen. Una de sus claves es sin duda la ausencia de anticipación o de expectativas en el discurso musical. Pero esta imprevisibilidad no responde a la utilización de elementos aleatorios o estocásticos sino a un uso consciente y muy sofisticado técnicamente del material musical. Material y no temas, pues al oyente no se lo conceden referentes musicales explícitos. Y sin embargo, las contracciones y dilataciones en el tiempo, las tensiones dinámicas y muy especialmente, los timbres y sonoridades orquestales se suceden de una forma natural, en absoluto artificiosa. Brillante la orquesta en todas sus secciones y máxima la receptividad del director a la nueva partitura. Han sido numerosos los compositores, muy especialmente contemporáneos, que han encontrado en el cosmos su fuente de inspiración, y sin duda, la Porta do Alén, la puerta del más allá, puede alinearse con las mejores creaciones de esta naturaleza, aunando técnica e imaginación y, sobre todo, exhibiendo un valor fundamental pero tan a menudo ausente de la creación contemporánea: la emoción. Es difícil no augurarle a Alén un prometedor viaje en su recorrido por la treintena de orquestas españolas que conforman la AEOS.

Como preludio, el concierto se abrió con las populares Danzas polovotsianas de El príncipe Igor de Borodin. A pesar de la reducida audiencia -continúa la ilógica restricción a 30 espectadores- la orquesta en pleno mostró la máxima concentración y entrega. Destacaron en la introducción las maderas, que aportaron un color muy evocador y orientalizante, a las que se sumaron unas cuerdas empastadas y sensuales. Las Danzas fueron dibujadas por Gamba y la orquesta de forma sinuosa y muy sutil, sin caer en su lado atávico, aunque explotando todo el rango dinámico de la partitura.

En la segunda parte, las brillantes Danzas sinfónicas de Rachmaninov, constituyeron una auténtica prueba de fuego para la orquesta. Se trata de una partitura relativamente atípica con continuos cambios dinámicos y armónicos, tempi oscilantes y de exuberante orquestación, que explota todas las posibilidades de la orquesta, incluido un sugerente solo del saxofón alto en el primer movimiento, el Non Adagio, perfectamente recreado por el solista de la OSG. Su marcial tema inicial, pleno de vivacidad y contrastes marcó el carácter de la interpretación de todo el movimiento. El Andante con moto se abre con el difícil y siniestro tema de las trompetas con sordina que fue impecablemente recreado. Esta particular La Valse rachmaninoviana fue trazada de forma intimista, tal vez introspectiva en exceso, aunque esto sin duda realzó el contraste con el poderoso clímax del movimiento. Este da paso a un vertiginoso arrebato orquestal que fue interpretado con virtuosismo ejemplar por la orquesta. El Lento assai final, recorrido por el tema del Dies irae tan recurrente en el compositor, fue una nueva exhibición orquestal. Fue una interpretación deslumbrante, enormemente contrastada, en la que el director encontró un magnífico equilibrio entre los pasajes más anhelantes y expresionistas y las secciones más trepidantes. 

En la poderosa conclusión Rumon Gamba mostró su afinidad con la interpretación de su compatriota Simon Rattle, quien en sus dos grabaciones -Birmingham y Berlín- encara la coda de forma electrizante. Sin embargo, sólo en la segunda de ellas Rattle cumple la indicación de Rachmaninov “laissez vibrer”, dejando que la reverberación del golpe de tam-tam final llene la sala hasta apagarse. Este efectista detalle sí fue escrupulosamente seguido por Gamba en el Coliseum. Fue un impactante final para una estimulante velada, de principio a fin.

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