Vigesimoprimer programa de la temporada de la Sinfónica de Galicia. Lo que iba a ser una hipertrófica velada conformada por el Segundo concierto de Brahms y la Primera sinfonia Titán de Mahler, se vio transformada por las necesidades de la pandemia en un programa en el que Elisabeth Leonskaja y Brahms pasaban a ocupar el protagonismo de la segunda parte de la noche, antecediéndoles la Sinfonía mística de Panufnik. Una curiosa metamorfosis que nos vio privados de contrastar a lo grande el mundo de dos contemporáneos, Brahms y Mahler, compositores cuyos avatares biográficos y musicales se entrecruzaron de forma recurrente y que sin embargo, para muchos programadores son entes musicales inmiscibles. Si bien fue una lástima no poder haber disfrutado de tan estimulante programa; fue una compensación más que sobrada el sorprendente -en tiempos de pandemia- estreno español de la Sinfonía mística de Alexander Panufnik.

Elisabeth Leonskaja
© Marco Borggreve

Acudía, sin embargo, al Coliseum con unas ciertas reservas, pues es tal la sutileza del mundo sonoro que Panufnik crea en esta partitura, que a priori era difícil no pensar que los más de 1.500 metros cúbicos del escenario y la inmensidad de la sala, iban a anular el impacto de una partitura que, como Julián Carrillo expone en sus notas -prolijo y revelador ensayo-, nace del silencio y del recogimiento. Sin embargo, por esos fenómenos acústicos que ninguna inteligencia artificial llegará nunca a entender, toda la belleza insondable de la partitura llegó al público con una fuerza y una viveza que, por ejemplo, la densa orquestación brahmsiana de la segunda parte ya no pudo emular. Poco importó el sonido de la ventilación, algún móvil inoportuno o alguna que otra tos impaciente. Es la Mística una música tan esencial y desnuda, carente de cualquier elemento accesorio, que desde el primer momento -el minimalista diálogo de primeros y segundos violines solistas- captó de forma absoluta la atención del público, el cual siguió la obra con el máximo recogimiento. Es más, daba la sensación de que la fría inmensidad del Coliseum, era el escenario ideal para interiorizar esta música; música que parece surgir de la inspiración de un artista que ha visitado paisajes lunares y retorna a la tierra para mostrárnoslos. Y en cierto modo, así fue la vida de Alexander Panufnik, un difícil tránsito por un mundo en continúa contracción y expansión, que actuó sobre su destino como un rodillo cósmico, pero en el cual la esencia del compositor/ser humano que vive, siente y crea, siempre emergió triunfante.

Música abstracta, pero al mismo tiempo humanísima. Un verdadero regalo que Slobodeniouk y la Sinfónica de Galicia ofrecieron a su público en una interpretación modélica. No es fácil preparar con pocos ensayos una partitura de este estilo y menos aún darle vida con la coherencia y credibilidad que pudimos presenciarla. Momentos mágicos fueron la insondable entrada de la flauta de Claudia Walker y su consiguiente dúo con el fagot, que da paso en las cuerdas a una melodía tristanesca sublime. Como también la sobrecogedora aparición de los contrabajos o la sonoridad extraterrestre del oboe de David Villa en el molto andante

Cada visita de Leonskaja adquiere en los últimos años el carácter de una gran cita. Si Mozart y Beethoven han sido sus compañeros de viaje previos, con el Segundo de Brahms, dio un significativo salto adelante en su relación con la OSG. Le escuchaba hace poco a Joaquín Achúcarro comentar en una entrevista como con el Segundo concierto, Brahms recuperaba un aspecto crucial en la escritura concertística, por desgracia perdido desde los tiempos de Beethoven: el diálogo entre orquesta y solista. Y ciertamente Slobodeniouk y sus músicos eran conscientes de este hecho, creando un abigarrado entramado sonoro que se integró con la voz de la solista como anillo al dedo, tanto en los numerosos pasajes heroicos como en los más intimistas. 

Del Allegro non troppo, más que con la sugerente introducción me quedo con la enérgica sección central en la que solista y orquesta se embarcan en un abrumador crescendo. El rotundo y elocuente sonido que Leonskaja extrae en cada nota constituyó un contrapunto exultante a las hiperrománticas texturas orquestales, recreadas por la Sinfónica de forma colosal. No era fácil reeditar impresiones tan extremas en el Allegro appasionato final. Slobodeniouk lo consiguió con una concepción contrastada en tempi, vertiginosa en sus momentos más arrebatados, abrumadora en el episodio central. El Andante permitió un pequeño reposo a la solista, cediéndole ésta el protagonismo al chelo principal, Raúl Mirás, quien hizo una muy inteligente interpretación de su solo; tal vez algo humilde en su planteamiento, casi sin querer hacer sombra a la gran dama del piano. La inabarcable personalidad de Leonskaja renació la segunda parte del movimiento, llenando de sentido y sensibilidad un Coliseum al que la música de Panufnik nos había mostrado más desolador que nunca. El canto de su piano, cálido y humano, nos recordó a su inefable Cuarto concierto beethoveniano de hace un par de temporadas. Finalmente, Slobodeniouk hizo ameno el Allegretto grazioso apoyándose en el sonido brillante, por no decir aplastante de Leonskaja, acentuando los cambios agógicos al máximo, sobre todo en los pasajes más danzables; vibrantes como en pocas ocasiones se han escuchado. La marcha final fue una épica conclusión a una titánica velada.

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