Un atractivo programa dirigido por el italiano Carlo Rizzi se ha convertido en una despedida temporal de la música orquestal en Coruña. Si la programación de la Orquesta Sinfónica de Galicia pudo superar los avatares del mes de noviembre, la incipiente tercera ola ha resultado un obstáculo insalvable para que los conciertos públicos siguiesen su curso. Tiempos difíciles para todos, en los que la música se ve desterrada del día a día de la gente; paradójicamente justo en el momento en que su capacidad de confortar a los seres humanos resulta más necesaria que nunca.

Es Rizzi uno de los directores invitados de la OSG con el que ésta mantiene una relación más prolongada en el tiempo y Richard Strauss es, precisamente, una de sus especialidades. Esto se reflejó en una preciosista ejecución de los Cuatro últimos lieder, a los que puso voz la soprano israelita Chen Reiss. Su voz, aterciopelada y rica en matices respondió a la perfección a las exigencias de la partitura; sin embargo, su volumen relativamente escaso le restó brillantez a la interpretación, muy especialmente en los pasajes en los que la solista hace un unísono con la poderosa orquesta straussiana.

La soprano Chen Reiss
© Paul Marc Mitchell

 Hubiera sido deseable que el director hubiese sido más sensible al reto que la pesada orquestación y las dimensiones del Coliseum planteaban a la solista, pero en cualquier caso disfrutamos de una exuberante lectura orquestal con una Sinfónica brillante y entregada, al mismo tiempo que, casi paralelamente, Reiss nos ofrecía un hermoso recital vocal “quasi” camerístico. A pesar de los condicionantes citados, Chen exhibió las cualidades que le han conferido fama y reconocimiento como cantante straussiana: fraseo y claridad de dicción impecable, riqueza de matices y un amplio rango vocal que le permitió mostrarse igual de cómoda en el luminoso “Frühling” inicial como en el nostálgico “Im Abendrot” final. 

Las continuas inflexiones vocales de “Frühling” fueron integradas en un discurso vocal cohesionado, muy convincente. En “September” su voz transitó por el registro grave con comodidad, aunque éste fue el lied que más se resintió de los problemas de balance citados. Los iridiscentes colores de las maderas cobraban vida con una perfección y una efusión que hipnotizaban al oyente, a la vez que inevitablemente empequeñecían a la solista. El impecable solo de trompa fue la culminación de una interpretación orquestal modélica. El “Beim schlafegehen” resultó más disfrutable, pues la orquesta, desde la hermosa introducción de la cuerda grave estuvo más contenida, y la voz de Reiss flotó con más libertad, “in freien Flügen”, en la sala. Fue apoyada por un hermoso solo de violín por el concertino Massimo Spadano. Por su parte, Rizzi dirigió el lied con una cierta sobriedad, a un tiempo vivo, sin explotar la inmensa fuerza expansiva de este referencial lied. El clímax, aunque vocalmente correcto resultó a todas luces insuficiente, sin que la voz de Chen adquiriera ese carácter desafiante y de realización que el texto pide. “In Abendrot” fue concebido por Rizzi como un crepúsculo desolador, apropiado para estos tiempos de pandemia, aunque lecturas más contemplativas parecen más lúcidas, pues son un reflejo de la contemplativa aceptación del compositor, cercano al umbral de su existencia.

El director Carlo Ricci
© Tessa Traeger

Con la Octava sinfonía de Dvořák lo esperado era una nueva exhibición orquestal, sin embargo el compositor checo se mostró como un test más duro para la orquesta, la cual por cierto volvió a afinar tras Strauss. Tras la evocadora introducción, llevada a un tiempo ligeramente vivo por Rizzi, quien dirigió sin partitura, hubo un cierto atropello en el Allegro con brio; un movimiento al que el propio Dvořák calificó como una sinfonía para los pájaros. La exigente concepción de Dvořák hizo razonable que las maderas de la Sinfónica tuvieran en algunos momentos problemas para integrarse con el resto de secciones. Resulta curioso como la cohesión que éstas mostraron en las más modernas texturas straussianas peligrase en diversos momentos en este movimiento. Por su parte, la lectura de Rizzi fue excesivamente crispada como para que la subyugadora narrativa del movimiento se impusiera. La interpretación ganó muchos enteros en un delicioso y evocador Adagio en el que destacaron unas cuerdas aterciopeladas y unas evocadoras trompas, en la excelsa línea de toda la noche. En él Rizzi dio una cátedra de sensibilidad a la altura de la primera parte del concierto. Asimismo, el delicioso Allegretto vivace, aunque atípicamente vertiginoso resultó muy ameno. No sabemos si la presión del toque de queda u otro tipo de consideraciones de ese estilo pesaron, pero lo cierto es que Allegro ma non troppo pasó a una velocidad de vértigo, desde su brillante fanfarria -en la que los metales volvieron a poner su sello de calidad-, pasando por su dulce sección central y concluyendo una explosiva coda magníficamente realizada. 

A pesar de los numerosos y repetidos aplausos de público y músicos, enigmáticamente Rizzi no hizo saludar a los principales atriles. Fue una velada de luces y sombras que esperemos sea sólo un punto y aparte y no un punto final en la temporada orquestal coruñesa.

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