La temporada de abono de la Sinfónica de Galicia llegaba a su decimoquinto programa de abono con una única obra en escena: la Sinfonía doméstica de Richard Strauss. Si ya sólo mantener la temporada a flote está siendo todo un hito; parece que para la Sinfónica de Galicia siempre hay un más difícil todavía. Así, si ya en octubre abrió la temporada con la amplísima plantilla requerida por la Novena sinfonía de Mahler y en diciembre reunía a orquesta y coro para el Mesías de Mena, ahora, todavía bajo restricciones, reunía sobre el escenario del Coliseum a la hipertrofiada plantilla de más de 100 músicos que Strauss congrega para su Doméstica. Un reto mayúsculo que ha requerido medidas especiales, pero que merecía sin duda la pena. Hubiese sido una lástima cancelar lo que sería la premiere de la obra para la OSG, pero también para muchos de los presentes, entre los que yo mismo me cuento, pues ciertamente son muy infrecuentes las ocasiones de escuchar en vivo esta magna, pero infravalorada obra de Strauss.

Por suerte, al frente de la orquesta se encontraba un auténtico especialista en la música post-romántica germánica, Marc Albrecht, quien cuenta en su hacer con una cuidada selección de grabaciones de la música de Mahler, Strauss, el primer Schoenberg, etc. De hecho, en La Coruña, ya nos dejó hace ni más ni menos que doce años un muy grato recuerdo con una intensísima dirección de la Titán de Mahler y Lieder de Berg. Ya en aquel momento, Albrecht había exhibido las mismas cualidades que el viernes pasado le permitieron construir una Doméstica modélica. No puedo dejar de citar textualmente al admirado y respetado crítico musical coruñés, Julio Andrade Malde (1939-2020), aciaga víctima de la terrible pandemia, quien en aquella fecha describía de esta manera las cualidades de Albrecht: “Siempre elegante y dominador sobre el pódium, el director alemán muestra una asombrosa flexibilidad unas veces, y es rígido y preciso otras; utiliza una gesticulación comedida o ademanes poco convencionales. Pero es siempre eficaz.” La lúcida descripción de nuestro añorado Julio reflejaba a la perfección las señas de identidad de un talento joven que en la actualidad ya exhibe una plena madurez.

El director alemán Marc Albrecht
© Melle Meivogel

Si bien no son numerosos los referentes en vivo y en directo a los que acudir a la hora de juzgar una interpretación de esta obra, sí son numerosas las grabaciones de un selecto grupo de directores, entre los que se cuenta el propio compositor. Esto no significa que su registro, realizado a los ochenta años de edad, sea la piedra filosofal a la que directores y estudiosos deban hoy acudir, ya que no se distinguía Strauss por un talento directorial que fuera más allá de su amplia experiencia dirigiendo sus propias creaciones.

En muchos aspectos la concepción de Albrecht recordó a la grabada por el propio compositor, muy especialmente en el acusado contraste que estableció entre las secciones más asertivas de la partitura y los pasajes más románticos y ensoñadores. Intensas y enérgicas las primeras, dilatados y edulcorados los segundos. Esta polaridad, que recorrió toda la interpretación, fue ya evidente en la primera página de la partitura, en la que el decidido tema de los chelos -representación del propio compositor- fue contrapuesto a un amplísimo solo del oboe -descrito como traumerisch, ensoñador, en la partitura. Fue únicamente en los pasajes más melódicos donde me surgieron mínimas reticencias hacia la interpretación, pues, siendo una obra tan rebosante de sublimes melodías, expandirlas tanto, una tras otra, me hizo recordar una frase de un buen amigo cuando hace muchos años recorrimos juntos la costa de Noruega en coche: “Tanta belleza cansa”; y ciertamente, en algún momento de la interpretación, se echó en falta una óptica menos idealizada, más deformante, que cuando menos insinuase las muchas concavidades y convexidades de la familia Strauss.

Pero esto no deja de ser una crítica menor ante la hazaña que supuso el recrear una obra de esta magnitud con tantas dosis de virtuosismo y precisión. La narrativa musical fluyó impecablemente para culminar en el grandioso final de la obra, el cual, seguro que a muchos evocó a la coda de las sinfonías mahlerianas más exultantes, como la Séptima. A mi juicio con fundamento, pues ni la Doméstica ni mucha música de Mahler hubieran sido lo mismo si no hubiera existido un apasionante flujo vital y musical entre Strauss y Mahler. No olvidemos que este último dirigió el estreno vienés de la Doméstica, velada de la que, por cierto, la crítica resaltó el demoníaco estilo del director austríaco. También en ese aspecto Albrecht confluyó con sus ilustres antepasados, pues así se podría calificar su electrizante dirección en los clímax de la partitura. En definitiva, un gran director, una orquesta en pleno estado de gracia y una gran obra ¿Alguien da más en estos tiempos de pandemia?

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