Tras el deslumbrante Chopin de Rafal Blechacz, un nuevo pianista laureado se presentaba con la Orquesta Sinfónica de Galicia: el joven Daniel Ciobanu, segundo premio de la Competición Internacional Arthur Rubinstein el año 2017. Un certamen que ha servido de catapulta para nombres tan ilustres como Daniil Trifonov, Khatia Buniatishvili o Kirill Gerstein. Ciobanu trajo consigo su interpretación del referencial Concierto núm. 3 de Prokofiev. Precisamente la obra que presentó en la final de dicho concurso, disponible, por cierto, para su visualización en la web del concurso.

Se trata de una obra recurrente en la programación de la orquesta; sin ir más lejos hace tres años representó el brillante debut con la OSG de Beatrice Rana, tal como relatamos en este mismo medio. A pesar de la reiteración, se trata de una obra que conjuga con la máxima inspiración una gran dificultad técnica con una inagotable riqueza temática. Tal vez por eso, cada vez que se lleva al escenario suena como nueva, de principio a fin, y más aún si los solistas están a la altura del reto, como sucedió la pasada noche. Daniel Ciobanu demostró el porqué ha convertido de esta obra su estandarte. Si una palabra define a este joven artista es su versatilidad. Son múltiples los registros que esta partitura demanda al solista y en todos ellos el pianista se movió con seguridad y refinamiento absoluto. Por añadidura, Ciobanu es un pianista dotado de ese carisma que hace que, sin necesidad de alardes o aspavientos, su interpretación sea tan especial como creíble.

El director Giancarlo Guerrero
© Tony Matula

Es curioso que en las dos obras del programa contamos con grabaciones históricas realizadas por los compositores, bien como solista en el caso de Prokofiev, bien como director en lo que a Stravinsky respecta. Es siempre fascinante volver sobre estos registros, no porque sean el modelo a seguir, sino para contrastar como el arte de la interpretación ha evolucionado a lo largo del tiempo. Es llamativo como en la actualidad se tiende a enfatizar las secciones líricas del concierto de Prokofiev, de una forma muy ajena a la concepción del autor. De hecho, la dirección de Giancarlo Guerrero, una batuta enérgica e impulsiva como pocas en la actualidad, siguió sin embargo ese patrón expansivo, un tanto convencional. Sin embargo, la secciones más trepidantes resultaron excitantes, por su carácter atávico y por la perfecta sintonía entre solista y director. Pasajes al límite de lo imposible, como el Tempestuoso, en el que los graves en la mano derecha se cruzan con los agudos de la izquierda, fueron resueltos con limpieza y claridad ejemplar, y siempre con un sonido rotundo, que en modo alguno se vio mermado por las exageradas dimensiones acústicas del Coliseum. Por cierto, el canto de los pájaros en el atardecer coruñés fue un inesperado contrapunto a lo largo de la primera parte, aunque ante la magia que emanaba del escenario, apenas disturbaron al público.

En la segunda parte volvimos a disfrutar de Petrushka de Stravinsky en el “remake” del compositor, ya sexagenario. Caballo de batalla orquestal, sabiamente escogido por Guerrero, pues se trata de una obra que encaja a la perfección en el tipo de colaboración que director y orquesta llevan manteniendo desde su primer encuentro: composiciones orquestalmente ampulosas y de indudable complejidad armónica y rítmica.

La OSG estuvo una vez más a la altura del reto. A pesar de la renovación que jubilaciones y enfermedades han desencadenado en atriles claves, las nuevas generaciones están demostrando, concierto tras concierto, que están sobradamente preparadas, incluso en programas tan exigentes como éste. Fue una interpretación modélica, aderezada con momentos sublimes, en los que las distintas secciones se integraron en una masa orquestal milagrosamente cohesionada, podría decirse que casi de una forma orgánica. 

Guerrero planteó la obra en consonancia con la concepción actual de la partitura, alejada por tanto del testimonio sonoro del compositor. Únicamente pareció mirar al pasado el primer número del ballet, con abruptísimas transiciones que le otorgaron a la obra un cariz casi caleidoscópico. Ilustres antepasados del compositor, como por ejemplo Rimsky-Korsakov, así como muy enfáticos anticipos de sus propias futuras creaciones polirrítmicas, pentatónicas o incluso folkloristas, fueron desfilando con un realismo casi mágico gracias a una orquesta entregada a la partitura, al director y a su público. Destaco entre el colectivo, en esta ocasión, a la solista de piano, quien, acertadamente fue ubicada por el director en el centro del escenario, realzando así al máximo el crucial y percusivo papel que este instrumento desempeña en la obra. Un pequeño pero significativo aliciente adicional en una velada rutilante de principio a fin.

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