La pandemia y sus inacabables olas no impidieron que la Orquesta Sinfónica de Galicia despidiese el año con su tradicional Concierto de Navidad, una vez más de la mano de su director titular, Dima Slobodeniouk. Como principal aliciente, el concierto ofrecía la curiosidad de tratarse de una selección musical elegida por los propios abonados de la orquesta. Aunque en esta ocasión se echó en falta el ambiente festivo y glamouroso de todos los años, en lo musical fue una velada intensa de principio a fin, en la que Slobodeniouk y sus músicos, dieron todo por su parte para homenajear a los aficionados que en un año tan complejo no han cedido en su apoyo a la orquesta.

La Orquesta Sinfónica de Galicia con su director titular Dima Slobodeniouk © OSG
La Orquesta Sinfónica de Galicia con su director titular Dima Slobodeniouk
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Se abrió el concierto con la atractiva orquestación del Claro de luna de Debussy, realizada por Andre Caplet. Como no podía ser de otra manera, fue una recreación sensual y evocadora. Pero Slobodeniouk, en un alarde de lucidez, supo conferirle a la interpretación una cierta ansiedad, que hizo que la pieza adquiriera una inédita trascendencia.   

La Sinfonía Clásica de Prokofiev evidenció la especial sintonía de Dima Slobodeniouk con la música del compositor ruso; en sus propias palabras, una de sus referencias musicales. Detrás de la aparente levedad melódica que esta asombrosa partitura transmite, se esconde un preciosista trabajo de escritura orquestal, que el director ruso-finlandés caracterizó con la máxima intensidad, tal como si de una sinfonía mahleriana se tratase. Todas las secciones orquestales respondieron con concentración y empatía a las continuas indicaciones del director. El papel del concertino, Massimo Spadano, fue crucial para transmitir y contagiar a toda la sección de cuerda, la visión de Slobodeniouk; siempre enfática e incisiva. A unas cuerdas luminosas se sumaron unas maderas cantarinas, toda la noche inspiradísimas, y unos metales sensuales, perfectamente integrados con el resto de texturas orquestales. Fue un recital polifónico que se cerró con un Molto vivace final de vértigo, pero que en ningún momento sonó precipitado.

La segunda parte del concierto, interpretada sin prácticamente descanso, fueron los referenciales Cuadros de una exposición. Una magnífica prolongación de las exuberantes dotes de orquestador de Ravel, que la semana previa habíamos disfrutado en su Concierto para la mano izquierda. Una vez más, se trataba de una obra especialmente emblemática para Slobodeniouk, pues su debut con la orquesta, justo hace ocho años, fue precisamente con un programa que se cerró con los Cuadros. Una sustitución de última hora, en concreto al maestro Kitajenko, que significó el comienzo de una nueva y fructífera etapa, histórica en la vida de la orquesta. Pocos meses después, Andrés Lacasa, gerente de la orquesta, anunciaría la contratación del joven y desconocido Slobodeniouk, como nuevo director de la orquesta; en una decisión que provocó no pocas reacciones de incredulidad, y que el tiempo ha demostrado como absolutamente acertada. La interpretación estuvo a la altura de lo que ha significado este viaje de ocho años. Un proceso gradual de crecimiento y maduración mutua, del propio Slobodeniouk y de la orquesta, que a lo largo de este tiempo ha vivido una significativa renovación de su plantilla.

A lo largo de las reseñas de la temporada en marcha ha sido inevitable hacer referencia a las inevitables limitaciones de una sala, que se ha hecho imprescindible para mantener viva la música sinfónica en La Coruña. Y sin embargo, la mejor forma de condensar lo que ha sido la interpretación de estos Cuadros es decir que cualquiera de estas limitaciones pasó totalmente inadvertida. Fue una interpretación sobrecogedora de principio a fin, con una orquesta inspirada y entregada en todas sus secciones y en todos sus primeros atriles. Dentro de lo injusto que es individualizar, merece especial mención el Bydlo de Jesper Boile Nielsen. Son pocas las ocasiones en las que la tuba tiene tanta preponderancia y el solista danés saltó a la palestra, una vez más en esta obra, dando una lección de virtuosismo y poderío, llenando el amplio Coliseum con un sonido brillante y musical, que hizo justicia a un instrumento tantas veces ninguneado. Fue un solo ejemplo entre muchos momentos memorables, como fue el caso de unos Gnomos siniestros, un melancólico Viejo Castillo, unos entrañables juegos infantiles en Tullerías y un sobrecogedor Baba Yaga. La abrumadora Gran puerta de Kiev final provocó el entusiasmo del público… y de los propios músicos y director, quienes se despidieron del público con unos calurosos y muy emotivos aplausos, que ponen punto final a un terriblemente complicado año musical.

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