A pesar de las dificultades que los vaivenes de la pandemia están generando en cuanto a cambios continuos de horarios y restricciones de movilidad, Frank Peter Zimmermann se las arregló para llegar una vez más hasta Coruña, ciudad donde ya es un visitante asiduo. Si en otras ocasiones trajo debajo del brazo los populares y agradecidos conciertos de Mendelssohn y Bartok, en esta ocasión eligió para abrir el año musical de la Sinfónica de Galicia el Concierto para violín y orquesta de Schumann. Para algunos una obra maestra injustamente olvidada -sin ir más lejos, la propia Clara Schumann condenó la partitura al olvido para no dañar la imagen de su marido-, pero para otros una apasionante genialidad musical fruto del desequilibrio emocional de una mente enferma.

No era la primera vez que la Sinfónica presentaba la obra, pues hace cinco años, el propio Slobodeniouk y la violinista Patricia Kopatchinskaja -decidida defensora de la partitura- la interpretaron en la temporada de la Sinfónica. Como en aquel momento, fue decisiva la lucidez con la que director y orquesta abordaron la pieza, pues estamos ante un atípico concierto; antítesis de la típica pieza de lucimiento del solista. De hecho, el tejido sinfónico juega un papel fundamental en la narrativa de la obra, muy especialmente en el primer movimiento. Slobodeniouk le aportó a éste un carácter majestuoso y heroico; el cual encajó como anillo al dedo con la rapsódica entrada del solista. Esta música tan personal, que en ocasiones evidencia la premura de su composición ¡sólo diez días!, necesita para conectar con el oyente una sintonía absoluta entre solista y director, tal cual pudimos disfrutar esa noche.

pbl
Watch for free! - click here

El violinista Frank Peter Zimmermann
© Harald Hoffmann | Hanssler Classic

La gravedad del diálogo inicial dio paso a un discurso introspectivo, hermosamente caracterizado, en el modernista Langsam central. Si en ocasiones se ha considerado este movimiento la expresión de “un alma perdida en la desesperación” resulta imposible pensar en circunstancias más apropiadas para empatizar con Schumann que la desoladora locura que vivimos. El ya más virtuosístico y convencional Lebhaft con sus pasajes a dos voces y dobles trinos permitió que aflorara espléndidamente la vertiente más virtuosa de Zimmermann. La obra, a pesar de sus asperezas fue recibida con intensos aplausos y provocó como propina, un Largo bachiano, que, en la inmensidad del Coliseum, evidenció una vez más la inmensa capacidad de la música para mover y conmover.

En la segunda parte de lo que fue un atípico programa, tuvimos la rara oportunidad de disfrutar de una amplia selección de la La Cenicienta de Prokofiev. Acostumbrados a las repetidas interpretaciones de su impactante Romeo y Julieta, no hay muchas ocasiones de disfrutar su mucho más amable Cenicienta. Fue un auténtico deleite seguir la partitura, rebosante de sensualidad, imaginación y con una narrativa perfectamente ilustrada gracias al fertilísimo talento orquestador de Prokofiev. La interpretación consiguió algo tan complicado como infrecuente en las interpretaciones orquestales de los ballets: no echar en falta la presencia de los bailarines y la puesta en escena en la sala.

Slobodeniouk elaboró su propia selección de números, procedentes en su totalidad a los dos primeros actos del ballet. De esta manera concluyó la velada de forma brillante con la Escena a Medianoche. Antes, disfrutamos de números tan imaginativos y pegadizos como la Mazurka, Los sueños de Cenicienta y El vals de Cenicienta. Si de la afinidad de Slobodeniouk por la música de Prokofiev ya hemos hablado a menudo, la interpretación de Cenicienta no hizo más que confirmarla. Demostró una interiorización absoluta del lenguaje del compositor ruso, acentuando y realzando, con una dirección concentradísima y un gesto clarividente, los incontables matices tímbricos y melódicos de la obra, incluso en sus pasajes más complejos. Un auténtico despliegue de humor y sensibilidad que culminó con las consabidas doce campanadas que, si se me permite la digresión, nos hicieron salir del ensueño de la música y nos hicieron recordar que hubo tiempos pasados en los que nuestras vidas transcurrían felices, ajenas a los tempranísimos toques de queda de hoy en día. 

****1