El noveno concierto de abono de la Sinfónica de Galicia fue la mejor prueba de que no hay programas buenos ni malos, sino que son los intérpretes los verdaderos responsables de que, por ejemplo, un programa de escaso atractivo sobre el papel pueda en realidad dar pie a una gran velada musical, de la misma manera que un programa, a priori atractivo, en las manos inadecuadas pueda resultar soporífero. El costarricense Giancarlo Guerrero, debutante con la OSG, y Kirill Gerstein, un pianista de primera fila internacional, consiguieron un éxito apoteósico con un programa de cuatro piezas, ninguna de ellas un peso pesado del repertorio. Incluso el concierto programado fue una pieza relegada en la producción concertística de su ilustre compositor.

Kirill Gerstein © Marco Broggreve
Kirill Gerstein
© Marco Broggreve

La noche se inició con España de Chabrier, un valor seguro en las salas de concierto del cual director y orquesta extrajeron todo su jugo en un intenso y convincente diálogo entre todas las secciones orquestales. Guerrero es un director atlético, enérgico, pero al mismo tiempo enormemente elegante y preciso en sus gestos e indicaciones. Fue una magnífica introducción de lo que éste nos iba a deparar a lo largo de la noche. Pero antes entró en acción el pianista Kirill Gernstein quien nos ofreció un infrecuente concierto: el segundoOp.44, de Tchaikovsky. Junto con el incompleto tercero, esta interesante obra ha sido víctima de la alargadísima sombra del, hasta la extenuación programado, Concierto núm. 1. Y tal vez sea con razón, pero sólo hasta cierto punto. Son dos obras antitéticas, cada una de ella llena de alicientes y fortalezas propias que merecen ser disfrutadas. El Op.44 cuenta con inspiradísimos momentos, brillantes y extrovertidos, pero también extremadamente modernistas para la época. Pero también es cierto que su discurso musical es un punto irregular, por lo cual es necesario un solista rebosante de personalidad y de vigor, tanto para abordar sus colosales dificultades técnicas como para arrastrar desde el principio a un público previsiblemente reticente. Gernstein es uno de esos elegidos que puede asumir semejante reto con todas las garantías. Pero también mostró su musicalidad e hipersensibilidad en un hermosísimo Andante non troppo, que contiene en un alarde de originalidad un preciosista trío de cámara. En él contó con la brillantísima participación del concertino Massimo Spadano y la cellista Ruslana Prokopenko.

En la segunda parte retornó el protagonismo de Giancarlo Guerrero quien evidenció en El carnaval romano de Berlioz su habilidad para enfrentarse a un clásico popular haciendo que suene absolutamente como nuevo. Su dinamismo y su habilidad controlando las dinámicas hicieron que cada inflexión de la obra resultase excitante, pero supo igualmente conservar un ápice extra de tensión para el clímax final que con este plus de energía resultó impactante. La noche se cerró a lo grande con la infrecuente Sinfonía Buenos Aires de Piazzolla, obra de juventud escrita en un estilo bien distinto del que habitualmente asociamos al compositor porteño. Se trata de una obra atávica, primitivista, en clara deuda con el Ginastera más étnico. Por las virtudes ya comentadas, Guerrero se mostró como el director ideal para la obra, pero por si fuera poco es el autor de una reciente y excelente grabación en CD de la obra con su Orquesta de Nashville, lo cual da una medida de su conocimiento de la partitura.

Únicamente se podría lamentar la ausencia del bandoneón en el concierto, pues la Sinfónica optó por una versión sin dicho instrumento, aunque es cierto que su presencia en la partitura es muy secundaria. Los tres movimientos destacaron por su poderío rítmico y por la exuberancia de su instrumentación. El brutal Presto marcato puso un grandioso punto final a una efusiva y arrolladora velada musical.

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