Tras 24 conciertos, la siempre dilatada temporada de la Orquesta Sinfónica de Galicia ha llegado a su fin con un intenso programa que se abrió con el último estreno español de la formación: el Triple concierto para violín, violonchelo, bayán y orquesta de la compositora rusa, Sofia Gubaidulina.

Considerada como una ilustre representante de la neotonalidad mística, Gubaidulina es realmente una voz individual, única en nuestro panorama contemporáneo. Su música, estructurada en un amplio arco sonoro en el que los motivos rítmicos y las melodías mínimamente dilatadas brillan por su ausencia. Una profunda exploración del sonido que se convierte en un viaje interior que invita al oyente a una íntima búsqueda de sí mismo.

Este reciente triple concerto –se trata de la penúltima obra sinfónica estrenada por la compositora– está concebido para un trío de solistas inédito: violín, violonchelo y bayan. Pero realmente la identidad de los mismos no tiene mayor trascendencia y únicamente el acordeón ruso llega a adquirir un cierto protagonismo, muy especialmente en comparación a las aforísticas intervenciones del violín y el violonchelo. Además, el uso de instrumentos folklóricos ha sido una constante en la carrera de Gubaidulina. Es simplemente la consecuencia lógica de un proceso de exploración de timbres y sonoridades y, al mismo tiempo, una vía ideal para alejar al oyente de cualquier contexto o idea musical preconcebida. Martynas Levickis aportó la sobriedad y contención que este planteamiento requería. Por su parte Baiba Skride y Harriet Krijgh –ambas protagonistas del estreno en Boston en febrero de 2017– en sus más breves pasajes añadieron a la dificultad técnica de los mismos, la necesidad de transmitir una calidez y humanidad que resultase creíble en medio de un ecosistema orquestal tan desolador. Un cuarto protagonista lo constituyó la orquesta con una utilización al máximo del registro grave de trombones y tuba –virtualmente un cuarto solista– y de la luminosidad de la sección de trompas de la Sinfónica, las cuales asumieron en la obra la voz de la esperanza. Slobodeniouk, en sintonía plena con este repertorio, tan próximo a su acervo musical, consiguió trazar de una forma cohesionada el amplio arco sonoro que une las tres partes de este triple concierto, para resolver toda la energía acumulada en la plenitud de una fabulosa coda en la que lo metafísico liberó una sensualidad inusitada.

La violinista Baiba Skride, la chelista Harriet Krijgh y el acordeonista Martynas Levickis © Alberte Peiteavel
La violinista Baiba Skride, la chelista Harriet Krijgh y el acordeonista Martynas Levickis
© Alberte Peiteavel

No fue menos transcendente la segunda parte, con la interpretación de la Cuarta sinfonía de Anton Bruckner. Hacía cinco años que la OSG no abordaba la partitura; una poderosa expresión de romanticismo por parte del experto bruckneriano, en aquel momento nonagenario, ahora ya tristemente fallecido, Stanisław Skrowaczewski.

Fue muy diferente la concepción de Slobodeniouk. Inevitablemente, el misticismo de la primera parte marcó la atmósfera de toda la velada. Una disección superficial de la partitura es más que suficiente para poner de relieve el carácter obsesivamente bipolar del discurso musical de la obra. Una lucha de extremos en los que el director ha de darle un sentido a la dialéctica continua entre introspectivos pasajes plenos de ensimismamiento y brutales explosiones orquestales de rabia. A diferencia de las interpretaciones en las que se exprime hasta la última gota lírica de los primeros y se acentúa el carácter heroico de los segundos, Slobodeniouk huyó de cualquier tipo de retórica cinematográfica. No fue un Bruckner fácil, sino una interpretación sobria y austera en la que la partitura habló por sí sola, sin ningún tipo de aditamento. Como tantas veces sucede con Slobodeniouk, el oyente que prefiera la escucha con los ojos cerrados apenas notará su presencia. Sólo al abrirlos y centrarlos en el director, comprenderá la claridad y lucidez de su interpretación, con continuas indicaciones y sobre todo transmitiendo y guiando a los músicos con una asombrosa clarividencia.

A la fenomenal dirección de Slobodeniouk debemos unir una orquesta en estado de gracia. El resultado fue un Bruckner lúcido e idiomático como pocas veces hemos escuchado. En el Bewegt inicial las trompas de la orquesta dieron una nueva cátedra de sentido y sensibilidad. Sería injusto no citar al principal, en esta ocasión Nicolás Fernández Naval, quien se enfrentó exitosamente a una de las partituras sinfónicas más exigentes, desde la entrada inicial, para su instrumento. En el Andante cuerdas y maderas dieron una lección de empaste y entonación. Del Scherzo con sus poderosísimos ostinatos de las cuerdas pasamos a un Finale singularmente acertado, con un discurso fluido y natural y un balance ideal entre todas las secciones en su continuo diálogo. La cuerda grave estuvo especialmente evocadora en los sucesivos pasajes a capella para chelos y violas. Esta hora larga de gran música cristalizó en una coda hipnótica y emotiva, que supuso un magnífico y exitoso colofón a una temporada llena de momentos inolvidables.

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