No fue el programa más aventurado de la temporada de la OSG el elegido por Andrew Litton para interpretar en el Palacio de la Ópera coruñés tras dirigir la orquesta el fin de semana previo en el bilbaíno festival de Musika-Música. De los tres exitosos programas que la OSG hizo en el Euskalduna, Litton optó por una versión expandida del primero de ellos; un monográfico dedicado a dos clásicos del ballet: el Cascanueces de Tchaikovsky y Romeo y Julieta de Prokofiev. En el primer caso se ofreció el Acto II completo y en el segundo, diez números seleccionados y ordenados por el propio Litton, buen conocedor de la obra, de la cual recientemente ha firmado con su Orquesta Filarmónica de Bergen una excelente grabación.

El director Andrew Litton © Steve J. Sherman
El director Andrew Litton
© Steve J. Sherman

Su Cascanueces estuvo a la altura de las expectativas. Litton se mostró más contenido de lo esperado, sin dejarse arrastrar por la tentación de sobrecargar las dinámicas. Al contrario, hubo una cierta contención que aproximó la sensación sonora a la que se puede obtener desde el foso del ballet y que lógicamente es la que Tchaikovsky tenía en mente al componer la obra.

El ensoñador y sensual Palacio encantado del país de los dulces inicial marcó ciertamente la pauta para el resto de la interpretación. Así, en las impetuosas danzas española, árabe y rusa, Litton no forzó en absoluto ni los tempi ni las dinámicas. Primó por tanto la claridad y la musicalidad. La concepción de Litton encontró la empatía de unas cuerdas suntuosas, unas maderas plenas de personalidad y unos metales perfectamente equilibrados. Asistimos a un auténtico deleite sensorial que cristalizó en el famoso Vals de las flores. Sólo en la conclusión de la obra, tanto en el sobrecogedor Pas de deux como en la Apoteosis final, Litton se permitió forzar las dinámicas, que no los tempi, para redondear una primera parte exquisita.

El magnífico sabor de boca se extendió a la segunda parte. En este caso las sutilezas tímbricas y rítmicas de la partitura de Prokofiev dieron pie a que la orquesta realzase aún más si cabe su papel. Disfrutamos de texturas y colores que en no pocas interpretaciones de esta pieza de repertorio pasan desapercibidas. Tal como comentaba al inicio de la reseña, Litton tomó la arriesgada decisión de alterar la secuencia narrativa de la obra, y de hecho, esto provocó alguna reticencia por parte del público más purista, especialmente entre los aficionados al ballet. Pero lo cierto es que en el terreno estrictamente musical resultó una selección convincente, con un contraste adecuado número a número y una clara progresión desde los pasajes más intimistas iniciales a los trágicos episodios finales.

Pudimos sentir como en pocas ocasiones la sensualidad de la Danza de la mañana, la tensión de Montescos y Capuletos o el exultante lirismo de La joven Julieta. Para cerrar su "recomposición" del ballet, Litton, en vez del verdadero final de la obra, el del acto III, optó por La muerte de Teobaldo, el número que cierra el acto II. Peculiar pero comprensible decisión. Es una tentación irresistible concluir un concierto con uno de los bises más espectaculares y rotundos que se puede escuchar en una sala de conciertos. La respuesta del público estuvo a la par de la interpretación, con merecidas ovaciones al director y a los músicos quienes saludaron sección a sección.

El concierto estuvo dedicado a la memoria de Jesús López Cobos. Antes de su inicio, el gerente de la OSG, Andrés Lacasa, destacó la vinculación del maestro zamorano con la orquesta durante tres temporadas como principal director invitado y la magnífica relación que mantenía con la familia de la Sinfónica. Un emotivo minuto de silencio dio paso a la música, a la que López Cobos dedicó su vida en cuerpo y alma.

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