En este año 2018 se está convirtiendo en algo habitual que la Sinfónica de Galicia ofrezca en primicia una premier española en prácticamente cada programa. Tras los estrenos del Concierto para chelo núm. 2 de Penderecki y el Concierto para violín de Saariaho, fue en esta ocasión el turno del compositor español afincado en Gran Bretaña, Francisco Coll (Valencia, 1985). Sus Four Iberian Miniatures, llegaban por vez primera a España en su formato orquestal de la mano de la extraordinaria violinista Chloë Hanslip y el director norteamericano Eugene Tzigane.

Único discípulo de Thomas Adès, cuya música asimismo visitará el Palacio de la Ópera en las próximas semanas, Coll ha asimilado de su maestro no pocas señas de identidad. Estas fueron apreciables en la interpretación de Miniatures. Se trata de una música ecléctica y dinámica, desvinculada de cualquiera de los muchos ismos que configuran la escena contemporánea (espectralismo, minimalismo, serialismo, etc.).

Chloë Hanslip se erigió en protagonista absoluta de la interpretación. La frenética deconstrucción que Coll realiza de algunos de los lugares más comunes de la música latina, como es el caso del fandango, el flamenco o el tango, fue caracterizada por Hanslip con buenas dosis de humor y ductilidad. Por encima de todo sorprendió como Hanslip consiguió en la tercera miniatura transmitir el hondo sentimiento del cante flamenco con la garra y nobleza del más inveterado cantaor. En la pieza final, el perpetuum mobile del violín abriéndose paso frente a un abrupto y entrecortadísimo tapiz orquestal, fue sin duda el momento más espectacular de una obra que invita a profundizar más en la música del compositor valenciano.

Chloë Hanslip © Benjamin Ealovega
Chloë Hanslip
© Benjamin Ealovega

El resto del programa deparaba dos grandes composiciones de un siglo XX ya bien avanzado en el tiempo, ambas, obra de dos compositores muy afines, tanto por su amistad como por su fidelidad a un lenguaje tonal: El Concierto para violín de Britten y la Sinfonía núm. 15 de Shostakovich. Los dos trabajos coinciden, asimismo, en pertenecer a la vertiente más trágica del amplio catálogo compositivo de ambos. Esta reiteración en estilos, atmósferas e incluso narrativas fue probablemente la única pega que se podría poner a priori al programa. Pero gracias a sendas interpretaciones, técnicamente de lujo y en lo expresivo a flor de piel, este viaje por algunos de los pasajes más desoladores e inquietantes de la música del siglo XX llegó a buen puerto.

En lo que fue toda una hazaña interpretativa, tras las Miniaturas Hanslip volvió a maravillar en una interpretación modélica del Britten. Su entrada, tras la breve introducción percusiva, fue por su carácter elegíaco una auténtica cátedra de sensibilidad. A lo largo de todo el movimiento Hanslip exhibió un legato fluido y unos prodigiosos pianissimi, muy especialmente en el melancólico morendo. Estos dieron paso a la máxima precisión y mordacidad en los pasajes de bravura del Vivace. El acompañamiento orquestal que siempre estuvo a la par, realzó al máximo las fracturas y aristas de este movimiento, culminando en un climax desgarrador, cuyos ecos sin duda se escucharían posteriormente en la sinfonía de Shostakovich.

El director Eugene Tzigane © Lisa Marie Mazzuco
El director Eugene Tzigane
© Lisa Marie Mazzuco

Tras una frenética cadencia, ultrajada en su arranque por una cibernética voz en off procedente de un móvil, la Passacaglia nos introdujo de la mano de unos metales apropiadamente atemporales y punzantes, en el lado más oscuro de la inspiración de Britten. Tzigane dio vida a cada una de las variaciones que configuran este Andante con moto de forma convincente y cohesionada. A destacar una vez más los metales, especialmente en la sexta variación, evocación del clímax del Vivace. Frente a ella se elevó, para concluir la obra, la voz de una Hanslip inefable, desplegando un vibrato sensual y un sonido penetrante, pero de una calidez sin par. Una de las más hermosas llamadas a la esperanza en medio de la desolación que podemos escuchar en una sala de conciertos. Una pena que los aplausos estropeasen el misticismo del momento.

Todavía sin recuperarnos de lo experimentado nos adentramos en la despedida sinfónica de Shostakovich. Tan desoladora como la obra de Britten, no hay en este caso lugar a la esperanza. La visión de Tzigane se encargó de mostrarlo con la mayor crudeza desde el primer Allegretto, llevado a un tiempo muy vivo y jalonado por transiciones de una crudeza exacerbada. La orquesta respondió de forma milagrosa a su director, con unos diálogos entre maderas y metales cargados de humor y mordacidad, una percusión acertada en cada una de sus continuas entradas y una cuerda de la Sinfónica que, una vez más en Shostakovich, se encuentra como pez en el agua, desplegando un sonido vibrante e intenso, pero a la vez de una claridad prodigiosa.

El primer Adagio fue llevado a un tiempo más distendido, sobre el que se proyectaron en sucesivos solos las angustiosas voces de violonchelo, violín y trombón. Y siempre omnipresentes las inescrutables intervenciones de los metales y los cantos fúnebres de las maderas. Todo un deleite sonoro al que Tzigane le confirió un carácter elegíaco que cristalizó en el ya comentado estallido orquestal. El segundo Allegretto recuperó el carácter electrizante, pero en este caso la ironía dio paso a la mordacidad. Fue la última afirmación ante el desolador final. Tras las consabidas citas wagnerianas, Tzigane y una receptiva celesta y percusión en pleno caracterizaron con corrección la mecanicista y lapidaria coda que en este caso sí hizo enmudecer al público.