Tras tres semanas de parón, la Orquesta Sinfónica de Galicia volvía al Palacio de la Ópera con uno de los programas más ambiciosos de la temporada de abono. En lo que era el retorno de José Trigueros, tras su exitoso debut hace dos años, a la temporada de su orquesta, éste diseñó un apasionante, pero muy exigente programa, eligiendo tres obras que cualquiera de ellas por si sola podría ser un plato fuerte en cualquier concierto.

Simon Trpčeski fue el solista en el Tercero de Rachmaninov, uno de los pináculos de la literatura concertística para piano. Desde los primeros pasajes quedó claro que Trpčeski iba a lidiar con una energía y musicalidad sobrehumana las terribles dificultades técnicas de la partitura. Lo que fue una gratísima sorpresa y uno de los grandes alicientes de la interpretación fue la maravillosa simbiosis que se estableció entre el solista y la orquesta, de la mano de un José Trigueros que respiraba y sentía cada pasaje de la partitura como si la hubiese compuesto el mismo. Y es que el feedback entre el solista y el director jugó un papel importante, con continuas miradas y gestos de complicidad. Si en las abrumadoras cadencias son siempre el centro de gravedad sobre el que gira la atención del público, y efectivamente Trpčeski les dio vida con una fortaleza física y pianística y abrumadora –a pesar de optar por la abismal ossia–, fueron realmente los pasajes concertantes del primer movimiento y del final donde se alcanzó el mayor éxtasis interpretativo. El enérgico più mosso, più vivo del primer movimiento fue uno de esos incontables ejemplos de sintonía maravillosa, pero también la recapitulación del Final en la que la orquesta y la Toccata del solista se fundieron en una explosión final insuperable. El éxito abrumador y merecido de Trpčeski fue correspondido por una generosa propina; el Andante de la Sonata para chelo y piano del compositor ruso para el cual cedió el protagonismo a la coprincipal de la orquesta, Anne Yumino Weber.

La segunda parte se abrió con una interpretación de la Isla de los muertos que tras el Rachmaninov romántico y virtuoso, evidenció de forma magistral el talento dramático del compositor ruso. En este caso la química estalló entre Trigueros y sus músicos, extrayendo éste la más intensa sonoridad de maderas gélidas, siniestras trompetas, más que amenazadores trémolos de las violas, y así un largo etcétera de sonoridades orquestales que caracterizaron la narrativa de la obra con una viveza y un impacto sobrecogedor. Un programa tan intenso necesitaba un final relajado, que permitiera liberar semejante tensión. Pero no fue precisamente una obra ligera o liviana la elegida, sino la densísima escritura orquestal del Till Eulenspiegel straussiano. La ya de por sí amplia plantilla de la OSG se reforzó con un amplio número de músicos jóvenes, en su mayoría trompas y trompetas, que procedían de la excelente cantera de la Orquesta Joven de la Sinfónica de Galicia. En este caso el reto del director fue conseguir que no se produjese una congestión entre las múltiples líneas orquestales que se cruzan y entrecruzan de forma casi malabarista. Un hercúleo trabajo técnico desde el pódium, que al mismo tiempo logró que la obra trascendiese a su carácter ligero y episódico y se convirtiese en una auténtica reflexión sobre el humor como elemento subversivo.

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