Asiduo director invitado de la Sinfónica de Galicia, el neoyorkino Andrew Litton es un director que siempre huye de lo rutinario, intentando dotar a sus conciertos de un carácter lúdico, aunando en ellos música y espectáculo de una forma ejemplar. A su indudable carisma con el público y los músicos suma la elección de un repertorio ameno en el que combina obras orquestalmente espectaculares con otras relativamente infrecuentes. En esta ocasión fue más allá de lo habitual, mostrando su casi inédita faceta de virtuoso del piano, dirigiendo desde el teclado la Rhapsody in Blue de George Gershwin.

De forma premeditada, la obra más larga y densa del programa, la Sinfonía núm. 3 de Nielsen, Sinfonia espansiva, fue abordada sin mayor preámbulo en primer lugar. Fue la parte más exquisita de la noche. Es inevitable establecer una continuidad entre la idiomática y convincente interpretación de Litton y la figura de su mentor Leonard Bernstein, quien en 1965 recibió el Léonie Sonning Music Prize en Copenhague por su defensa profética de la música de Nielsen, justamente con la interpretación de esta Espansiva.

Esta sinfonía, con su alarde de orquestación e inspiración, que se refleja en la riqueza y variedad de sus ideas musicales y en la libertad de su discurso –a pesar de estar encuadrado en el contexto de los cuatro movimientos tradicionales– encajó como anillo al dedo en la dirección intensa y dramática de Andrew Litton. Qué mejor prueba que el Allegro espansivo inicial con su rotundo y atípico arranque y su orgánico desarrollo, vibrante de principio a fin. En el hermoso Andante Pastorale, los cantantes Marga Rodríguez y Christopher Robertson, situados en ambos extremos del escenario, empastaron a la perfección con la orquesta, creándose una atmósfera de máxima sensualidad.

El director Andrew Litton © Steve J. Sherman
El director Andrew Litton
© Steve J. Sherman

Esta dio paso a una segunda parte de la obra mucho más expansiva en carácter. Litton acentuó el carácter ceremonioso del Allegretto, el cual dio paso en el Allegro final a un feroz estallido orquestal, en cuyos tutti brillaron las cuerdas de la orquesta, mientras que en los interludios más camerísticos maderas y metales entablaron un diálogo que resultó de lo más idiomático. La conclusión, poderosísima en carácter y dinámica fue un brillante punto final a una nada convencional primera parte.

La segunda parte, atípica en su combinación de dos compositores tan contemporáneos como ajenos –Richard Strauss y Gershwin- fue menos satisfactoria. En la recurrente suite de valses de El caballero de la rosa Litton dejó que el lirismo y la sensibilidad de la música pasasen a un segundo plano, optando por la búsqueda del máximo impacto, hipertrofiando para ello al límite dinámicas y acentos. No es fácil conferir unidad y consistencia a una suite de esta naturaleza en la que se desligan de su contexto operístico fragmentos tan diversos, pero el enfoque de un Litton, excesivamente expansivo –tal vez todavía imbuido de la fuerza atávica de la sinfonía de Nielsen– no resultó el más apropiado.

Si en la recreación que Strauss hace de un viejo imperio centroeuropeo, testigo de su propia autodestrucción, Litton no acabó nunca de encontrar su sitio, en la Rhapsody in Blue y en la propina al piano –Sweet Little Angel en el arreglo de Oscar Peterson–, volvió a sus raíces biográficas y musicales, ofreciendo una interpretación desinhibida que rebosó ritmo y fantasía por los cuatro costados. Fue decisiva la implicación de los músicos de la Sinfónica, quienes ya desde el rutilante glissando de clarinete inicial, dieron una lección de versatilidad. Si bien desde el piano Litton no pudo dar una clase magistral de virtuosismo, sí asombró a propios y extraños con una interpretación llena de carácter y por la facilidad con que se multiplicó para integrar su discurso en un todo efervescente que hizo las delicias del público asistente.

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