Tras las restricciones sufridas a lo largo de los dos años de pandemia, la Orquesta Sinfónica de Galicia por fin se reencontraba con sus abonados en el primer concierto del 2022. El programa, atractivo y denso, estuvo a la altura de tan emotivas circunstancias. De entrada, constituyó una oportunidad única para disfrutar del arte de una de las grandes violinistas del momento, María Dueñas. Si hace tres años reseñamos cómo nos había fascinado la desenvoltura con la que había abordado las pirotecnias virtuosísticas de Paganini, en esta ocasión Dueñas se enfrentaba a una de las obras más exigentes del repertorio violinístico del siglo XX, el Primer concierto de Shostakovich. A lo largo de este tiempo, Dueñas no sólo no ha cesado su progresión, sino que ha emergido en el panorama internacional como una de las grandes, y qué mejor prueba que su extraordinario éxito en el Concurso Menuhin. El opus 77 de Shostakovich era una piedra de toque ideal para conocer de primera mano el nivel alcanzado por la violinista granadina.

María Dueñas
© Orquesta Sinfónica de Galicia

El resultado no pudo ser más convincente. Asistimos a una interpretación fascinante, llena de carácter y musicalidad, absolutamente idiomática y técnicamente perfecta. Estamos ante una obra popular que, de hecho, en La Coruña, han ofrecido solistas como Sergey Khachatryan, Arabella Steinbacher y Sarah Chang y en Santiago el gran Zimmermann; todas excelentes recreaciones. Sin embargo, lo que María Dueñas exhibió supera con creces a cualquiera de las citadas. El Nocturno fue abrumador, no sólo en lo musical sino también por su energía emocional. Slobodeniouk consiguió una perfecta integración entre el soliloquio de la solista y las lúgubres sonoridades orquestales, dando vida a un conmovedor fresco sinfónico. Dueñas aportó un sonido milagroso, grave y cálido, enriquecido con un amplio vibrato, nada intrusivo. Todo el terror estalinista que refleja la partitura afloró a la perfección, de forma desoladora, muy especialmente en el clímax central. Es asombroso ver como una jovencísima artista nacida del siglo XXI puede transmitir al oyente de forma tan vívida y consciente el drama de un siglo para ella pretérito. El Scherzo nos mostró a una Dueñas titánica que optó por un sonido ácido al máximo, diabólico, fruto sin duda de un intenso trabajo, no sólo técnico sino también de reflexión sobre la obra. La entrada del violín en la Passacaglia con su sonido lleno humanidad fue un momento mágico. La cadencia resultó hipnótica, arrastrando Dueñas con su carisma al oyente.

La violinista María Dueñas y el director Dima Slobodeniouk junto a la Orquesta Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia
El crescendo emocional de este pasaje se acompañó de una aceleración en el tiempo hasta lo imposible; como pocas veces se escucha en esta obra. Una exhibición de técnica extarordinaria, aunque en este caso sacrificando el aspecto emocional. Este derroche de energía se prolongó de forma más apropiada en un Allegro con brio electrizante que culminó en una stretta frenética, al límite de lo interpretable. Éxito arrollador al que Dueñas respondió con los Recuerdos de la Alhambra de Tárrega, propina de otros grandes como Hadelich, Kavakos y por supuesto su autor, Ruggiero Ricci, con los que María Dueñas ya se alinea por méritos propios.

Parecía imposible mantener el nivel emocional de esta primera parte, y menos aún con una obra tan problemática como la Suite Lemminkäinen de Sibelius, sorprendentemente novedad en los atriles de la Sinfónica de Galicia. Qué mejor batuta para romper ese maleficio que la de un especialista como Slobodeniouk. Fue una interpretación sofisticada, preciosista, en la que la orquesta estuvo deslumbrante en todas las secciones. Disfrutamos de unos metales rotundos, pero al mismo tiempo llenos de color y calor; maderas incisivas y extrovertidas; percusión tan relevante como efectiva, y de unas cuerdas a las que regresaba su líder Massimo Spadano y que son cruciales creando todo tipo de atmósferas wagnerianas a lo largo de los cuatro frescos. Momentos mágicos como el impresionista canon al inicio de Lemminkäinen en Tuonela, o el arranque de El cisne de Tuonela con sus evanescentes cuerdas en divisi y con sordina o el subsiguiente solo de los chelos que precede a la trágica marcha fúnebre. Fue una interpretación abrumadora por su sofisticación, con amplios extremos dinámicos, pero también por sus tempi convincentes. Tras el Shostakovich, una nueva experiencia emocional de primer orden, muy distinta en carácter, pero igualmente reveladora.

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