Punto final a la trigésima temporada de la historia de la Sinfónica de Galicia y fin de ciclo con Dima Slobodeniouk quien tras nueve temporadas al frente de la orquesta abordó su último concierto como titular. Despedida especialmente emotiva pues queda el imborrable recuerdo de una década marcada por una idílica y fructífera relación entre el director ruso-finlandés, sus músicos y la ciudad. Llegó Slobodeniouk como un desconocido, tanto dentro como fuera de España, y se va con el bagaje de haber dirigido a las mejores orquestas del mundo: Filarmónica de Berlín y de Nueva York, Sinfónica de Boston, etc. Gran reflejo de lo que ha sido su crecimiento personal con la OSG, pero también de la orquesta, que de su mano ha alcanzado su máximo nivel. Deja Slobodeniouk a la OSG en una magnífica posición para dar un salto adelante en la esfera internacional, similar al que él mismo ha vivido. Para ello sería necesario un nuevo auditorio, diseñado ex profeso para el disfrute musical, pero también una apuesta que se tradujese en la realización de giras, grabaciones, y la contratación de un director titular de primerísimo nivel. Pero me temo que no son tiempos para utopías.

Dima Slobodeniouk y la Orquesta Sinfónica de Galicia
© Orquesta Sinfónica de Galicia

Fue un programa muy bien meditado en el que Slobodeniouk volvió a tres nombres que han marcado su titularidad. La música de Stravinsky es parte de su ADN, no fue por tanto una sorpresa disfrutar de la infrecuente en los escenarios Sinfonía para vientos. Los metales de la comunidad gallega están a un nivel absolutamente internacional (cosa que el propio director ha subrayado en alguna ocasión) y precisamente estos aportaron a la interpretación un color majestuoso y un sonido portentoso, que se integró a la perfección con las maderas en una masa sonora cohesionada, que desde el fondo del escenario llenó el Palacio de emoción y trascendencia. Esta cristalizó en el yermo final; uno de los más desoladores escritos por el compositor.

El solista en el Concierto núm. 23 de Mozart estuvo a la altura de la ocasión. Seong-Jin Cho es uno de los nombres más reconocidos en la actualidad, no sólo en la obra de Chopin, cuyo premio conquistó en 2008, sino también en la mozartiana. Fue un Mozart preciosista y fluido, tal como demostró la cadencia del Allegro en la que exhibió una articulación infalible que hizo que las escalas de los graves naciesen milagrosamente de la nada para adquirir vida fundiéndose a la perfección con los límpidos agudos. En el Adagio, asombró la forma en que Cho hizo hablar a su instrumento, imprimiendo vida propia a cada nota. El inmaculado soporte de las maderas y las cuerdas constituyó la atmósfera ideal. Un delicioso Allegro assai, extrovertido, exento de ansiedad, fue una brillante conclusión. Cho respondió a los aplausos con una atemporal Gavotta de Handel.

Brahms, junto con Mahler, ha sido la gran piedra de toque del repertorio centroeuropeo de Slobodeniouk. Mundos sonoros lejanos a su impronta musical, pero con los que nunca ha defraudado. Era por tanto a priori estimulante poder disfrutar la hiper-programada Primera sinfonía de Brahms en sus manos, y realmente la experiencia musical no defraudó lo más mínimo. Hubo la química de los grandes momentos; la ocasión no era para menos. El sostenuto inicial marcó las señas de la identidad de la interpretación; un Brahms pictórico, rebosante de luz y temperamento, en el que la arquitectura de la obra, tanto formal como narrativa, pasó a un segundo plano. Todo un reto para la orquesta, pero resuelto con una perfección pasmosa: cuerdas incisivas, maderas empastadas e idiomáticas, metales nobles y un gran timbal en las manos de José Belmonte. Hubo contención en los tempi, tanto en el Allegro como en el Andante sostenuto. El épico final fue un gran triunfo, una vez más para el compositor, pero también para los músicos y el director; una despedida para recordar por largo tiempo.

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