El octavo concierto de abono de la Sinfónica de Galicia estuvo dirigido por el holandés Otto Tausk, actual titular de la Sinfónica de Vancouver. Este presentaba un heterogéneo programa lleno de alicientes. Como intenso appetizer tenía lugar el estreno absoluto de Sol, quizás, o nada, obra encargo de la Sinfónica de Galicia al joven compositor Hugo Gómez-Chao en el marco de los incentivos a la creación musical AEOS-Fundación SGAE. Esta implicación sinfónica unida a la fortaleza del Festival de Música Contemporánea Resis del cual precisamente Gómez-Chao es cofundador pone a la capital herculina a la cabeza de la música viva en el noroeste español.

Arthur (de frente) y Lucas (de espaldas) Jussen durante el ensayo en el Palacio de la Ópera © Orquesta Sinfónica de Galicia
Arthur (de frente) y Lucas (de espaldas) Jussen durante el ensayo en el Palacio de la Ópera
© Orquesta Sinfónica de Galicia

En su primera aproximación a la música sinfónica, Gómez-Chao ha evidenciado un notable giro sobre el carácter poético de sus composiciones camerísticas y ha optado por una partitura primitivista, enérgica, claramente estructurada en tres secciones que siguen un patrón estrictamente simétrico. Las secciones extremas constituyen un flujo sonoro espasmódico, mecanicista, el cual, aunque escrito en un lenguaje conservador –no hay un solo pasaje en ellas que no evoque lugares comunes de las creaciones más vanguardistas del pasado siglo–, engancha al oyente por su sentido de dirección y por la coherencia interior que Gómez-Chao consigue imprimirles. Para ello no deja de recurrir a elementos propios de la música clásica más convencional como es el caso de la casi beethoveniana transición a la intimista sección central, a la cual se llega de forma casi teatral con cuatro repeticiones prácticamente literales del mismo material temático. Otro ejemplo está representado por el impresionismo postmoderno que Gómez-Chao introduce en la tercera sección de la obra. Este le concede al discurso una nueva perspectiva, más luminosa –tal vez una referencia al sol del título– y que se traduce en una conclusión tan lapidaria como convencional.

Fue sin duda un prometedor estreno que no merece caer en el olvido tan tristemente habitual en la creación contemporánea. Sus doce minutos de duración supieron a poco para un público que respondió con un minuto de calurosa ovación tanto para el autor, como para la orquesta, que se enfrentó a las dificultades de esta polifónica partitura –en muchos momentos rozando lo inejecutable– con la máxima profesionalidad y compromiso.

Para aquellos más reticentes hacia la música contemporánea el programa se abrió realmente con un clásico de Francis Poulenc. Su Concierto para dos pianos y orquesta en re menor, pretendidamente descarado, intrascendente y romántico, marcó el máximo contraste con la obra de Gómez-Chao. La interpretación por parte de los hermanos Arthur y Lucas Jussen fue impecable en su transparencia y vitalidad, mientras que la dirección de Tausk no introdujo la más mínima reticencia intelectual al hedonista disfrute. Ni incluso en el Larghetto, en ocasiones objeto de un tratamiento más irónico, Tausk omitió en lo más mínimo el cliché neoclásico. La joie de vivre estuvo presente incluso en la intrascendente propina; una improvisación en base a la mozartiana Sinfonía en sol menor ¿O tal vez se trató de un guiño al sol de la obra de Gómez-Chao?

Cada vez que se presenta al público la archiprogramada Primera sinfonía de Brahms –un dato sintomático: fue la 7ª obra más interpretada en el 2019  según nuestras estadísticas– se pone en un cierto aprieto a músicos y directores. Una Primera de Brahms más, por muy correcta que sea su factura tanto en ejecución como en concepción, ya no es suficiente. El público, en su globalidad avezado con la obra, espera ese plus que justifique su reiterada programación. Eliahu Inbal lo consiguió con la Sinfónica de Galicia hace dos temporadas, pero en esta ocasión no fue así. Tausk mostró su ya conocida solvencia técnica y la orquesta reaccionó ante su batuta con profesionalidad. Sin embargo, faltó ese plus de inspiración y de intensidad. En el Un poco sostenuto inicial faltó el inexorable impulso rítmico que la música requiere. El intimista Andante sostenuto contó sin embargo con unos inspirados solos de oboe que rompieron la monotonía de la interpretación. Un Allegretto un tanto lineal y un viaje final, de la oscuridad a la luz brahmsiana que careció del carácter explosivo que todos hubiésemos deseado, pusieron fin a una velada que fue de más a menos.


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