En este cambiante e impredecible escenario al que la lucha diaria contra la pandemia nos tiene abocados, surgen de forma inesperada hermosos destellos que nos devuelven la esperanza de encontrar la luz al final del túnel. Así, tras dos conciertos de la Sinfónica de Galicia sin público más allá del streaming, el levantamiento parcial de las restricciones autonómicas permitió no solo el retorno de un tercio del aforo a la música en vivo, sino que también y para sorpresa de todos, hizo posible que este reencuentro tuviese lugar en el que ha sido el hogar de la orquesta a lo largo de sus ya casi treinta años de existencia; el Palacio de la Ópera. Retorno por un día, pues éste ha sido sólo posible gracias al moderado número de músicos requeridos por el programa. Eternamente criticado por propios y ajenos debido a sus muchos imponderables, el Palacio de la Ópera adquirió en esta ocasión una dimensión emocional única, hasta el punto de que este concierto quedará en la memoria de los aficionados y de los propios músicos como uno de los recuerdos más impactantes de esta pandemia.

El pianista Javier Perianes
© Igor Studio

En lo estrictamente musical, la ausencia del inicialmente previsto, Steven Osborne, por motivos fáciles de deducir, se subsanó muy acertadamente con la figura de Javier Perianes, pianista ya clásico en la temporada de la orquesta, como también lo es en la mayoría de las españolas. Si en su última visita Perianes se adentró en el modernismo de Bartók, en esta ocasión, tuvo que abordar una vez más el Cuarto concierto de Beethoven. Nuevamente, pues ya hace cinco años lo había interpretado bajo la dirección del titular Slobodeniouk. En esta ocasión la dirección recayó en la alemana Anja Bihlmaier, quien debutaba con la orquesta. Es llamativo como los tiempos de ambas interpretaciones, a pesar de la distancia temporal, han resultado muy similares; sólo ligeramente más extendidos en los movimientos extremos en el caso de Bihlmaier, pero mostrando que el carácter de la interpretación vino definido en ambos casos por la concepción de la obra del propio Perianes.

Del ciclo beethoveniano, es este Cuarto concierto el más ensoñador e intimista y, por tanto, el más afín al pianismo rebosante de sensibilidad del pianista onubense. No fue sin embargo una interpretación introvertida; al contrario, el Allegro moderato fue de principio a fin una amena exhibición de una amplia paleta de colores pianísticos. Perianes exhibió una armoniosa combinación entre los pasajes más intimistas y los más heroicos del movimiento, como por ejemplo la poderosa reexposición, preludiada por la incipiente aparición del famoso tema del destino de la Quinta sinfonía. En el sublime diálogo del Andante con moto nos deslumbró su preciosista fraseo y las cuidadas dinámicas. El Rondó final, en este caso premonitorio del final de la Novena sinfonía, permitió a Perianes exhibir en una vertiginosa cadencia un sonido pleno de carácter y vigor.

A lo largo de toda la obra el acompañamiento orquestal estuvo perfectamente integrado por Bihlmaier, quien supo extraer lo máximo de la evidente empatía entre músicos y solista. Inevitable no realzar la labor de la flautista María José Ortuño, cuyo instrumento desempeña un papel crucial en los pasajes más evocadores y nostálgicos del primer movimiento. Asimismo, son de resaltar las cuerdas perfectamente cohesionadas y los enérgicos metales y timbal, tan esenciales en el Rondo final. Perianes respondió a los aplausos calurosos con una propina chopiniana, la Mazurka, op.63, núm. 3 en la que mantuvo el insuperable tono del concierto.

En la segunda parte disfrutamos de una pieza del gran repertorio clásico, la Sinfonía núm. 41, "Júpiter", mozartiana. Fue una interpretación muy convincente, plena de carácter y personalidad. Así el Allegro vivace respondió a un paradigma muy incisivo, casi bélico con una gran presencia de los metales, pero sin que en ningún momento el discurso resultase machacón o repetitivo. Únicamente en el tema bufo que concluye la exposición se echó en falta el sempiterno humor mozartiano, siempre presente, incluso en movimientos tan profundos como este. El Andante cantabile se inició de forma leve y sensual, pleno de nostalgia, pero aprovechando la enérgica entrada de los cellos y los contrabajos, Bihlmeier acentuó acertadamente el carácter trágico del movimiento. El Minuetto fue recreado con cierta vivacidad, pero preservando el carácter galante. Las virtuosas intervenciones de oboes y clarinetes de la Sinfónica le confirieron un sabor inconfundible a la interpretación. El Molto Allegro final se construyó de forma modélica sobre una base perfectamente labrada por la cuerda grave. Cada uno de los cinco temas en los que se basa el movimiento fue expresado de forma convincente, con unas cuerdas cristalinas y unas maderas perfectamente integradas y precisas. Bihlmaier graduó a la perfección la emoción y la intensidad de cada tema para alcanzar la conclusión de forma exultante y vertiginosa.

La respuesta del público a la interpretación -una dilatada ovación de cinco minutos- no fue suficiente para que este diera rienda suelta a todas la emociones desatadas a lo largo de la velada. Espontáneamente, toda la audiencia se puso en pie sin parar de aplaudir y su ejemplo lo siguieron los propios músicos, para unirse todos en una inolvidable ovación mutua. Una ovación que no sólo mostró la satisfacción de reencontrase en la casa propia. Mostró y demostró que la música, con más fuerza que nunca en estos tiempos de pandemia, es el verdadero alimento espiritual del ser humano.

*****