Cuerdas nobles y sentimentales las de la Sinfónica de Galicia; protagonistas de un concierto en el que llenaron el Palacio de la Ópera con su fantástica proyección y un sonido empastado y hermoso en los múltiples registros que el variado programa proponía. Slobodeniuk volvía a una de sus especialidades, el repertorio soviético, con un programa revelador en el que se mostraron tres aristas bien distintas: la del modernismo del joven Shostakovich, encarnado en su Primer concierto para piano, la distopía musical que constituye su Segundo concierto y, entre ambos, una muestra de la tragedia soviética representada por la obra de Mieczysław Weinberg, discípulo y alma gemela de Shostakovich, el cual asimiló la música de su maestro con una inteligencia musical que se está traduciendo en un imparable revival de su amplio opus. La obra inicialmente prevista era la espectacular Suite Gogol de Schnittke, pero limitaciones escénicas en Vigo lo impidieron. Slobodeniouk hizo de la necesidad virtud ofreciendo el atractivo estreno: la Sinfonía de cámara núm. 4.

Barry Douglas
© Benjamin Ealovega

Como solistas de lujo, el pianista Barry Douglas, ya habitual en Galicia y, en el Primer Concierto, el trompeta Jeroen Berwaerts. Fue el primer movimiento de esta obra el único momento crítico en todo el programa; no sin razón, pues su frenético discurso musical, pone a prueba la comunicación entre solista y orquesta, y más aún en un enfoque tan incisivo como el de Slobodeniouk. No extraña que el propio Shostakovich, en sus grabaciones de la obra atemperase la interpretación con respecto a la partitura. La dificultad vino de unas dinámicas orquestales excesivas, que en vez de supeditarse a los solistas, acrecentaron el desquiciamiento. El Lento y el Moderato devolvieron la paz, con cuerdas etéreas, un piano sensual al máximo y un mágico fraseo en la trompeta. El Allegro con brio final más homófono, fue ya perfectamente cohesionado. Vertiginoso al máximo, permitió el lucimiento de Berwaerts quien extrajo un sonido elegante y cálido en sus temas cantabiles y exquisita precisión rítmica en las excitantes fanfarrias. Por su parte Douglas exhibió su sonido extrovertido y poderoso para deslumbrar con una furiosa cadencia.

Tras el necesario descanso para adaptarse a un giro emocional de 180 grados se abordó la Cuarta de Weinberg. Slobodeniouk, un inspiradísimo Juan Ferrer en el clarinete y una excelsas cuerdas de la Sinfónica, tanto el colectivo como los solistas, nos adentraron en el shostakovichiano canto del cisne de Weinberg. El desolador paisaje del Lento no fue tan estático como lo hemos escuchado en las referencias existentes en la obra, necesariamente discográficas, pero eso no mitigó su impacto y más aún con la entrada de Ferrer, de una delicadeza y de una profundidad extraordinaria. Nueva exhibición virtuosística de cuerdas y solista en el agónico Allegro moderato. La sucesión de lentos que forman la segunda parte de la obra, al estilo del Shostakovich tardío, fueron recreados con mimo, delicadeza y lirismo, deteniendo el tiempo en el Palacio de la Ópera.

Para culminar el compendio soviético, nuevo fascinante giro con el pompástico Segundo concierto de Shostakovich. Así fue la recreación de Slobodeniouk; descarada en su optimismo y extroversión. Una partitura atlética para el solista, desbordante en notas, en la que a menudo ambas manos doblan en octavas; no en vano la dedicó Dimitri a su hijo Maxim. Douglas abrumó con el impacto de su sonido y la precisión de su galopante gallop final. El público respondió con entusiasmo y el solista, generosísimo, ofreció el Capuletos y Montescos de la versión pianística op. 75 del Romeo y Julieta de Prokofiev. Otro alarde de fuerza, en una interpretación mecanicista, aunque con un buen contraste dinámico. Hubo un desliz, pero entrañable al mostrar que los grandes son también humanos, y como despedida una evocadora interpretación del Otoño de Las estaciones de Tchaikovsky.

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