András Schiff nos dejaba claras sus intenciones desde el título del recital: Bach espejo de Beethoven. Y como sabemos, los espejos tienen la característica de la reciprocidad, por lo que en realidad, el reflejo de uno es a la vez el del otro: Beethoven se refleja en Bach -de forma consciente, claro- y a través de Beethoven se devolvía la revolucionaria imagen de Bach. Esa pareció en efecto la voluntad del pianista húngaro, buscando reforzar los vínculos de dos mundos que ya están fuertemente interconectados.

Sir András Schiff
© Fermín Rodríguez | Festival de Granada

Schiff concibió el programa de manera cohesionada, evitando las pausas entre las piezas más breves de Bach y las sonatas de Beethoven, y estableció la número 32 del compositor de Bonn como un punto de llegada, después del cual nada se podía interpretar esa noche. Esto lo explicó el propio pianista -disculpándose de no hablar español y haciendo el breve discurso en italiano- para justificar que no podría tocar nada después de esa sonata como bis, pero que haría un bis por adelantado. Y así, tras suscitar una inevitable simpatía por esta solución, comenzó con la pieza fuera de programa, el Capriccio sopra la lontananza del suo fratello dilettissimo, compuesto por un joven Bach de 18 años. Schiff trazó la estructura de la obra de manera clara, manteniendo la continuidad a través de los varios motivos que surgen a lo largo de este tipo de pieza, caracterizada por la diversidad y el tono alegre. Puso especial atención en destacar el sentido melódico de cada una de las voces del tejido polifónico y buscó unas texturas luminosas, un toque ligero y amable, aun sin querer reproducir un enfoque específicamente clavicembalístico. 

En la pieza posterior, la Fantasía cromática y fuga en re menor, BWV903, optó por un fraseo compacto, casi por bloques sonoros, en la primera parte, en forma de toccata, para después desgranar el denso contrapunto de la fuga con detalle y, al mismo tiempo, con energía. Schiff logra de manera excelente dar redondez al entramado bachiano de manera tal que la sensación final es justamente de sosiego y conciliación. Sin solución de continuidad, el veterano pianista (aunque debutante en el marco del Festival de Granada) comenzó la Sonata núm. 17, op. 31, conocida como “La tempestad”, de Beethoven. Y aquí surge la cuestión del espejo bachiano: en efecto, Schiff busca poner en evidencia la riqueza polifónica sobre otros aspectos, como por ejemplo, la pujanza rítmica del discurso beethoviano. Es cierto que las cualidades de Schiff destacaron especialmente en el Adagio, con una nitidez ejemplar a la hora de dosificar los recursos, una diáfana simplicidad que nos dejó encandilados. Atacó el tercer tiempo con suavidad y parsimonia para luego crecer y ofrecer un sonido más vigoroso, aunque cabe decir que en Beethoven (también ocurrió en la sonata sucesiva), la gama de los forti sonó por momentos excesiva y más bien poco matizada.

András Schiff en el Auditorio Manuel de Falla
© Fermín Rodríguez | Festival de Granada

El Ricercar a 3 de la Ofrenda musical retomó las pautas de la precedente pieza bachiana, privilegiando la claridad y la proporción, con un hábil uso de los silencios y un fraseo comedido y concentrado, sirviendo así de preludio al culmen de la producción pianística beethoviana. En relación con esta última Sonata, podríamos decir que la interpretación fue algo desigual. En el primer movimiento, además de algún contraste dinámico forzado, se dieron ciertos pasajes más bien emborronados por algún que otro desajuste rítmico; mucho más lograda fue la peculiar Arietta, en la que Schiff supo sacar todo el provecho al juego de las variaciones, plasmando sonoridades rarefactas y delicadas, desplegando una multiplicidad de matices en esos trinos tan típicos del último Beethoven e insistiendo en la urdimbre polifónica de la pieza. Las texturas fueron límpidas, pero robustas y el material se desplegó con suma concentración, destacando su unidad y coherencia.

Sin duda la interpretación de Schiff fue singular, particularmente orientada a ese juego de referencias, de imágenes que se funden en espejos y sonoridades que se entrelazan, así como entrelazadas están las voces de una fuga. Se trató de una lectura personal, íntima, en la que todo parecía dirigirse hacia la meta, hacia una música que no permite nada más que el silencio después de sí.

El alojamiento en Granada de Leonardo Mattana ha sido facilitado por el Festival de Granada.

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