No hay un instrumento que se vincule de forma tan directa con la cultura e identidad de un país como es el caso de la guitarra española. Sainz Villegas expresaba este concepto en una entrevista reciente y lo reiteraba al comenzar este recital, en el que ofreció una panorámica del repertorio español para guitarra entre los siglos XIX y XX. Esta conexión emocional del instrumento con la tierra se hace manifiesta en ese carácter preminentemente andaluz, de ecos flamencos y árabes; al mismo tiempo, de los cuatro compositores que formaron el programa -Granados, Rodrigo, Tárrega y Albéniz- ninguno era andaluz, lo cual muestra que, si por un lado es cierta esa vinculación a la que aludía Sainz Villegas, por otro lado, esa identidad está compartida en su origen, contaminada en el buen sentido, por las influencias y vivencias más variadas.

Pablo Sainz Villegas en el Patio de los Arrayanes
© Fermín Rodríguez | Festival de Granada

Además hay otro elemento que hace tan peculiar al instrumento, a saber, ser de cuerda pulsada, lo cual lo hace más inmediato, como si las ondas sonoras salieran directamente de los dedos de quien lo toca, como si no cupiera mediación entre el intérprete, la música que emana y el lugar donde sea el acto. Esta sensación de aura se engrandeció al darse en un marco mágico como es el Patio de los Arrayanes, donde los destellos del agua confluían con los de las seis cuerdas. Había que mencionar todo esto porque sin ello no se entendería la atmósfera vivida en este recinto dentro de los Palacios Nazaríes y el nivel de interiorización que Sainz Villegas tiene de esta música. Probablemente es esta su cualidad principal, de la cual se deduce todo lo demás: el guitarrista riojano se siente cómodo, domina todos los registros, porque tiene una increíble capacidad de sentir cada una de las piezas, de adoptar los recursos necesarios para que su interpretación suene única.

Desde las piezas iniciales de Granados, Sainz Villegas mostró una capacidad de conjugar la luminosidad de la línea melódica con la melancolía del bajo, haciendo con naturalidad esos cambios de registro -casi de humor, diríamos- que nos lleva a través de los vaivenes de unas obras tan características. La sonoridad era límpida, sin hesitaciones, llena de frescura y al mismo cálida y cercana. La obra siguiente, la Invocación y Danza de Rodrigo, Sainz Villegas mostró otra de sus bazas: hacer de la guitarra un instrumento casi sinfónico. En esta obra, el guitarrista mostró un notable equilibrio entre las voces, garantizando un discurso fluido y muy bien articulado, en el que no se perdió ningún matiz. El bloque dedicado a Tárrega destacó por su lirismo y una entrañable ternura, con la que Sainz Villegas impregnó cada nota. Adoptó unos tempi sosegados, sin prisas, con un fraseo muy elegante y una sonoridad abierta, dejando resonar los armónicos. Intercaló además una obra fuera de programa, Recuerdos de la Alhambra, que tocó impecablemente con visible emoción.

Pablo Sainz Villegas
© Fermín Rodríguez | Festival de Granada

A continuación, las piezas de Albéniz desplegaron aun más el abanico de posibilidades del guitarrista riojano: Torre Bermeja enfatizó ese carácter festivo con un rasgueado decidido, pero nunca excesivo, siempre distinguiendo el sonido emitido por cada cuerda; el clima melancólico de Mallorca inundó una vez más cada rincón del ensoñado enclave y el programa concluyó con Asturias. Aquí no cabe decir más que se trató de una interpretación de referencia: desde la pujanza rítmica hasta la variedad de texturas, pasando por una musicalidad exquisita en el fraseo, Sainz Villegas dio muestra de sus cualidades, de las que se siente evidentemente seguro pero que no desembocan en una actitud de suficiencia. Añadió dos bises: una fantasía sobre el segundo movimiento del Concierto de Aranjuez y la Gran Jota de Concierto de Tárrega, que resumieron bien sus dos facetas. Por un lado, la más íntima y lírica, y por el otro, la más alegre y brillante. La pieza de Tárrega abunda en efectos y variaciones, por lo que es ideal para un gran final con el que el solista puede cerrar por todo lo alto el recital. Y no cabe duda de que fue así: Villegas dejó el Patio de los Arrayanes con una gran sonrisa de satisfacción, al igual que el público, que ovacionó merecidamente al guitarrista, tras un concierto que será para muchos un entrañable y duradero recuerdo de la Alhambra. 

El alojamiento en Granada de Leonardo Mattana ha sido facilitado por el Festival de Granada.

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