El Festival de Santander reservaba para su penúltima cita uno de los momentos más esperados de la presente edición: la celebración del tricentenario de los 6 Conciertos de Brandeburgo. Onomástica, si no de su composición, sí de la dedicatoria de los mismos al margrave prusiano. Una excusa excelente para poder disfrutar en una única velada del ciclo completo; algo infrecuente en nuestro día a día musical.

La berlinesa Akademie für Alte Musik, Akamus, llegaba a Santander avalada por casi 40 años de historia y más de un millón de discos vendidos. Eran por tanto máximas las expectativas, aún sabedores de las limitaciones que un recinto tan amplio como el Palacio de Festivales plantea a un grupo camerístico, que por añadidura emplea instrumentos originales. Efectivamente, aunque hubo luces, pero también sombras sonoras, al final de la velada era evidente la satisfacción en el público y en los músicos por haber disfrutado de una de las gemas de la historia de la música; no olvidemos que la grabación del primer movimiento del segundo concierto es una de las tarjetas de presentación de nuestra civilización humana al mundo extraterrestre incluidas en la sonda Voyager 1.

El conjunto Akamus en el Palacio de Festivales
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

La noche se abrió con una espídica interpretación del Primer concierto; hasta el punto de que su duración fue cuatro minutos más rápida que la grabación discográfica del propio Akamus, una de las referencias en este ciclo. Siendo el más sinfónico de los seis conciertos, se enfrenta a la dificultad de empastar el estridente sonido de las dos trompas naturales en el sofisticado entramado orquestal. Acostumbrados al sonido meloso de las trompas de válvulas actuales, y sobre todo, condicionados por las grabaciones discográficas, tan inmaculadas como artificiales, más de uno debió sentirse un tanto sorprendido; pero ciertamente los dos solistas estuvieron a la altura del reto, ofreciendo una interpretación valiente, pero equilibrada. Ausentes del Adagio, este nos transportó a una atmósfera más opresiva, muy especialmente en la modernista suspensión final, cuidadosamente realzada por el grupo. El inagotable torrente de inspiración bachiana se continuó con un exultante Allegro, en el que destacaron los excitantes solos de violín, magníficamente realizados por Barbara Halfter, y un vertiginoso Minuetto, en el que sobresalió el incisivo trío de oboes y fagot.

El trompeta Justin Bland
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

El Tercer concierto, interpretado en segundo lugar, contó con Bernhard Forck como solista, miembro fundador del grupo. Focalizado en las cuerdas, el contraste con el anterior fue máximo. Forck imprimió un tempi contenido, idéntico al escogido en la grabación citada, y sobre todo, consiguió cohesionar al máximo el asombroso entramado de intervenciones del solista con las continuas permutaciones en los tutti, culminando en un sobrecogedor crescendo, antesala del ritornello final. El problema del Adagio -no escrito por Bach- fue eludido por el clavecinista, el mítico Raphael Alpermann, quien optó por la solución más minimalista. La primera parte concluyó con el no menos problemático Segundo concierto, en el cual Justin Bland se enfrentó con su trompeta natural con agujeros a los mismos retos descritos en el Primer concierto para las trompas, pero en este caso en el registro sobreagudo del instrumento. Una misión casi imposible, dificultada por añadidura por el tempi vivacísimo marcado por Forck y por el ímpetu de Bland que más que integrarse en el conjunto se expuso con un volumen excesivo que realzó las imperfecciones. Fue más sutil y empastada su intervención en el Andante y en el Allegro assai final en el que flauta y oboe pudieron finalmente brillar.

El clavecinista Raphael Alpermann
© Festival de Santander | Pedro Puente Hoyos

Tras la afinación del clave, la segunda parte se abrió con el Sexto concierto, el más camerístico e introspectivo del ciclo. Fue el único que se resintió de las limitaciones acústicas citadas. A pesar de ello, el diálogo entre las dos violas solistas y el consort de violonchelo, violone y violas da gamba, no estuvo exento de carácter, aunque es previsible que su impacto no se pudiese sentir por igual en todos los recovecos del Palacio. Un meditativo Adagio, dio paso a un Allegro intenso y vibrante. El plato fuerte de la noche, el estratosférico Quinto concierto, no decepcionó en lo más mínimo, gracias a la vertiginosa y virtuosística aproximación y al magnetismo del clavecinista Alpermann quien, en el Allegro, le confirió a la contemplativa y dilatada sección central y a la subsiguiente frenética cadencia el máximo impacto.

La velada culminó con un impecable Cuarto concierto en el que el luminoso violín de Forck, sin nunca descuidar el empaste con las flautas, volvió a brillar en los movimientos extremos, de terrible dificultad, perfectamente solventadas. La grandiosa fuga que conforma el abrumador Presto final fue un magnífico colofón a un viaje alucinante hacia un mundo sonoro, plenamente vigente en el tiempo y en el espacio, incluso el interestelar.

El alojamiento en Santander de Pablo Sánchez ha sido facilitado por el Festival Internacional de Santander.

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